Roma inundada: días de muchedumbre abigarrada

¿Cuánta gente ha estado en Roma en el funeral por Juan Pablo II, ya sea en San Pedro, en Via della Conciliazione, ante las pantallas en los estadios d…

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¿Cuánta gente ha estado en Roma en el funeral por Juan Pablo II, ya sea en San Pedro, en Via della Conciliazione, ante las pantallas en los estadios de fútbol, en el circo Massimo, en las abarrotadas basílicas de San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros, en la plaza del Popolo? Hay quien habla de cuatro millones. Otros dicen que tres pero que pueden ser cuatro o cinco si se cuentan los peregrinos que han venido los últimos días y ya han vuelto a su país. Sólo los que han pasado ante su cuerpo en San Pedro ya pueden ser tres millones. De hecho, es otra Roma: la ciudad en sí tiene tres millones de habitantes y se ha visto desbordada.
 
Es bueno poner las cifras en contexto. En 1978, unos 750.000 feligreses acudieron al templo para despedirse de Juan Pablo I. Y los asistentes a los funerales de Pablo VI, fallecido dos meses antes, fueron 55.000. Este tsunami de fervor y masas desencadenado por el terremoto Wojtyla, no tiene precendentes en la Ciudad Eterna.
 
Sin embargo, no es la mayor concentración que ha reunido el Papa. El libro Guinness de los récords registra la Jornada Mundial de la Juventud 1995 de Manila (Filipinas) en 1995, como la concentración humana más grande de la historia, ya que reunió a cinco millones de personas en la misa de Luneta Park, en la capital filipina.
 
La muchedumbre de estos días sí es la mayor que ha reunido Juan Pablo II en Occidente: en el Jubileo del año 2000 reunió en la explanada de Tor Vergata, a 40 kilómetros de Roma a más de dos millones de jóvenes procedentes de todo el mundo, en la mayor concentración de jóvenes en Occidente. Estos días de exequias Juan Pablo II está reuniendo muchos más.
 
Comparando con Nasser y Jomeini

Algunos comentaristas intentan hacer comparaciones con otros funerales masivos. El funeral del presidente Gamal Abdel Nasser de Egipto, en 1970, reunió 5 millones de personas. Se vio llorar como un niño al rey Hussein de Jordania, desfallecer dos veces a Muammar Al Gaddafi de Libia, lagrimear y temblar los labios de Arafat. En una biografía de Nasser se citaba a un rival de Nasser, Sharif Hatata, que aseguraba: "el mayor éxitode  Nasser fue su funeral, el mundo nunca más volverá a ver 5 millones de personas llorando juntas".

 
Pero Hatata se equivocó: en 1989, en el funeral del ayatolá Jomeini, en Irán, unos 8 millones de iraníes acudieron a las exequias del líder chiíta: 10.879 personas resultaron heridas y recibieron atención médica, 438 fueron llevadas a hospitales y 8 personas murieron aplastadas por la muchedumbre que quería ver el cuerpo de Jomeini en unos actos masivos caóticos que desbordaron la organización. 
 
Ante estas cifras, las masas que han llegado a Roma a despedir a Juan Pablo II no parecen tan impresionantes, pero hay que poner los fenómenos en su contexto. Al morir líderes como Nasser o como Jomeini, toda la maquinaria del Estado que gobernaban se ponía en marcha para las exequias. Se decretaba el cierre de oficinas, fábricas, trabajos, escuelas… En el caso de Irán, todo un Estado teocrático, monolítico, sin libertad de prensa, se volcó plenamente en los funerales. Esto no ha pasado con Juan Pablo II: Europa no ha decretado una semana de cierre laboral para facilitar el desplazamiento de los fieles, por ejemplo. Los diarios y televisiones, los políticos y comentaristas, han podido criticar y ridiculizar al difunto y sus seguidores. Pese a todo, Roma se ha llenado.
 
Otro aspecto es la nacionalidad de las muchedumbres: a Nasser le despidieron 5 millones de egipcios, a Jomeini 8 millones de iraníes… pero a Juan Pablo II le despide una masa abigarrada llegada de Europa central, de América Latina, de Italia, de España y una invasión de polacos. Por la televisión y la radio su funeral ha llegado a 2.000 millones de personas; es uno de los acontecimientos más difundido de la historia, en más idiomas y a más países. El funeral de Juan Pablo II no ha sido el más masivo, pero sí el más relevante: jamás se habían reunido tantos líderes políticos mundiales, tanta prensa internacional, tantos representantes de religiones. Jamás el presidente de EEUU había ido al entierro de un papa, por ejemplo.
 
El protagonismo del pueblo
 
Se calcula que un millón de polacos han llegado a la capital italiana. Otro millón se quedó en Cracovia en la misa funeral por el polaco más famoso de la historia. Hileras de autocares, centenares de trenes han llegado a Roma desde Polonia. También de otros países llegan masas, que han desembarcado en hangares, salas y andenes. Allí y en las calles decenas de miles de personas han dormido en el suelo. Abundan los jóvenes, pero también familias con niños pequeños, adultos, ancianos, monjas y curas, todo tipo de razas y colores, estilos y peinados, una babel de idiomas.
 
Estas masas han madrugado para despedir al Pontífice. Han estado en la misa presidida por el Cardenal Ratzinger en la Plaza de San Pedro, pero también en las de Tor Vergata, San Juan de Letrán y San Pablo Extramuros. Muchos son veteranos que llevan días ya haciendo colas, viviendo la vida del peregrino precario. Son los auténticos protagonistas de estos días, el pueblo cristiano llegado de tantos lugares. Y también pueden ser, a su manera, los protagonistas del Cónclave. Los Cardenales escuchan al pueblo y toman nota. No sólo cuando gritan "Santo subito" ("santo ¡ya!") o "Eres nuestro ángel", pidiendo la canonización por aclamación popular de Juan Pablo II. También cuando, con su presencia, expresan la eficacia de la fórmula evangelizadora de Juan Pablo II para el Tercer Milenio. Muchos buscan el perfil de un Juan Pablo III… o mejor aún.

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