Rugby para educar

Por su interés reproducimos el artículo publicado en la Vanguardia el 2 de septiembre de 2016

El Campeonato del Mundo de rugby, celebrado el otoño pasado en Inglaterra, fue ganado por los míticos All Blacks, el equipo de Nueva Zelanda. Una vez repartidas las medallas de oro, los jugadores daban la vuelta al estadio cuando sucedió un hecho insólito protagonizado por un niño, Charlie Lines, y un all black, Bill Williams. Lo que sucedió lo explica él mismo: “Yo estaba dando la vuelta de honor con mis compañeros y vi que un niño venía agotado y fue atrapado por un miembro de seguridad, que lo abordó. Me dio lástima. ­Cogí al niño y lo llevé con su madre. Traté de hacer la noche más memorable para él. Mejor que la medalla cuelgue de su cuello que del mío”. El jugador fue capaz de abandonar la gran fiesta para ocuparse del pequeño ­admirador, y le regaló su medalla. Celebró su momento de felicidad haciendo feliz a otro. Esto es rugby, un deporte de hooligans jugado por caballeros, en el que se enseña de pequeño que no se juega contra, sino con otro equipo. Después, de mayores, salen al campo, chocan y se persiguen con dureza, pero una vez acabado el juego, celebran el tercer tiempo, comiendo y bebiendo juntos. Es una buena forma de entender la vida: fortaleza, sacrificio, respeto, fraternidad y celebración.

El rugby es un deporte en crecimiento, tanto que sus mundiales son el acontecimiento más visto después de los de fútbol y los Juegos Olímpicos. En Catalunya, sin embargo, todavía ocupa una posición secundaria, descuidado por las administraciones públicas, educativas y los medios de comunicación. De su potencial da una buena muestra la final de la Copa del Rey, jugada el 17 de abril en el estadio Zorrilla del C F Valladolid, entre el VRAC y el ganador, El Salvador, dos equipos de aquella capital, y que contó con la asistencia del propio Monarca, hecho que no se producía desde Alfonso XIII. El estadio se llenó por cuarta vez en toda su historia con más de 25.000 personas. El comportamiento del público fue excepcional, animando a los propios y respetando a los adversarios y árbitros. Y es que acostumbrados al griterío de insultos y silbidos en el fútbol y el baloncesto, impresiona el silencio del campo para facilitar la concentración del jugador que chuta a palos, a pesar de que vaya contra los tuyos.

Catalunya fue pionera en este deporte, tanto, que su federación formaba parte de la internacional hasta el franquismo. Un equipo puntero de nuestro país lo constata: la Unió Esportiva Santboiana, que cumplirá su centenario el 2021. La Santboiana es la introductora del rugby en el Estado, y siempre se ha mantenido en la categoría máxima.

Junto con esta maestría encontramos otro equipo de Primera División, el FC Barcelona, y muy cerca del primer nivel un ejemplo extraordinario de formación amateur, el Sant Cugat. Y también el Buc en Barcelona, el Sitges, y muchos más. En el transcurso de los últimos años han surgido por toda Catalunya una enorme cantidad de equipos.

Pero toda esta realidad continúa muy ignorada, hasta el extremo de que TV3, que tuvo un contrato de patrocinio con el USAP de Perpiñán de la Liga francesa, nunca ha que­rido comprometerse con las necesidades de equipos catalanes formados por ciudadanos que la mantienen. El rugby es un poderoso y completo instrumento de formación física, y en contra de lo que muchos creen es un juego para todo tipo de chicos. Corpulentos, grandes, delgados, altos y bajos, porque dife­rentes son las posiciones de los jugadores y variadas las exigencias. Después, con el tiempo, todos mejorarán.

A pesar de las ventajas físicas, mi interés por el rugby no nace tanto de esta faceta como de su papel en la formación del carácter, porque ofrece aquello que más necesita nuestra sociedad, que vive una profunda crisis educativa. El rugby aporta respeto, autocontrol y disciplina, espíritu de sacrificio, resistencia a la frustración y voluntad de superación. Inculca las virtudes necesarias para alcanzar el compañerismo y la cooperación. Educa al calibrar las consecuencias de los propios actos. Estas razones son las que nos han llevado a integrar la práctica del rugby en algunos de los programas que la Fun­dación para el Desarrollo Humano y Social, con la colaboración de la Fundación La Caixa y la Fundación Roviralta, venimos desarrollando para reinsertar al estudio o a la formación sociolaboral a jóvenes que ni estudian ni trabajan, y a adolescentes con dificultades en la ESO.

La sociedad catalana, sus insti­tu­ciones, están despreciando un gran y necesario recurso, que va más allá del deporte. Un recurso en términos de más capital social y capital humano, lo que constituye una razón fundamental para dar un fuerte impulso al rugby. Y no sólo las instituciones.

Harían bien las empresas en ayudarlo desde su responsabilidad social corporativa, y mejores resultados alcanzarían las escuelas si lo integraran –ya lo hacen algunas– en su pedagogía. Necesitamos una especie de amigos del rugby para ayudarlo a prosperar, como herramienta necesaria para la educación de nuestros jóvenes.

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