¿Salvar personas o salvar instituciones?: una falsa dicotomía en la economía

En una recepción a varios embajadores (16-5-2013), el Papa Francisco advierte: “Hemos creado nuevos ídolos, la adoración de…

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En una recepción a varios embajadores (16-5-2013), el Papa Francisco advierte: “Hemos creado nuevos ídolos, la adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 15-34) ha encontrado una imagen nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. La crisis financiera que estamos viviendo tendría su primer origen en “¡la negación de la primacía del hombre!”

El día 18 comentó el Papa: que vivimos pendientes de los indicadores económicos y en cambio si muere un pobre en la calle eso no es noticia. En otros momentos el Papa subraya que la economía real debe ocupar el primer puesto, y no la referencia principal y casi exclusiva a los términos monetarios y financieros. La economía financiera debe estar al servicio de la economía real. Las necesidades financieras deben estar supeditadas a las necesidades concretas del hombre, de cada hombre y de todos los hombres.

Parecería que está justificado hacer grandes esfuerzos para salvar a un banco y en cambio no estaría justificado hacer un pequeño esfuerzo para salvar a una familia honrada, afectada por la epidemia del paro, del desastre de no poder hacer frente a una hipoteca, que era razonable en tiempos en que se contrató. Y se aduce que en este razonamiento se deslizaría una demagogia ya que si quiebra el banco muchas familias verán en peligro su modesto patrimonio. Pero se olvida que cuando se da medios a una familia para hacer frente a una hipoteca, esta familia podrá pagar al banco, con lo que éste, indirectamente se verá beneficiado y verá como una deuda incobrable es satisfecha, reduciendo el nivel de morosidad.

De la misma manera se justificarán todo tipo de ayudas al sistema financiero y no se encontrará justificación para ayudar a una persona en paro dotándole de un puesto de trabajo. En realidad si se subordinara la ayuda a la banca a que ésta facilitara créditos para la inversión productiva que crea puestos de trabajo se estaría ayudando no sólo a muchas personas en paro, sino a la Economía toda del país. Sin disminuir el paro no habrá disminución de la morosidad, ni aumento de la demanda, ni disminución de la deuda pública, que si aumentara la producción disminuirá vía impuestos de los nuevos ingresos y producción, a plazo medio.

En cambio, si se da ayuda indiscriminada a la banca, lo usual es que se empleen estos fondos en pagar a otras instituciones que son grandes acreedores para tener más tarde que volver a refinanciar a falta de unas bases sólidas económicas que disminuyan establemente la deuda. Y que no destinen la ayuda a abrir crédito a empresas y familias que sería el motor sólido de una recuperación económica estable.

Para que el sistema financiero no se convierta en un saco sin fondo es preciso orientarlo en estos momentos de crisis para que se ponga al servicio de la economía real, de las necesidades auténticas de la sociedad y de los ciudadanos. El Estado, por otra parte, en su función subsidiaria, tiene el deber de encauzar la actividad privada hacia el logro del bien común de la sociedad.

Prestemos de nuevo la voz al Papa, que nos alerta: “Este desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando de este modo el derecho de control de los Estados, aun estando (éstos) encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible…”

“Además, la deuda y el crédito alejan a los países de su economía real: Detrás de esta actitud se encuentra el rechazo de la ética, el rechazo de Dios ¡Igual como la solidaridad, la ética molesta! Se considera contraproducente, demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder, se ve como una amenaza porque rechaza la manipulación, el sometimientos de la persona”.

El desprecio de la persona en aras de un falso ídolo es común al totalitarismo marxista comunista, para el que el ciudadano sólo es un tornillo de la gran máquina del Partido y del Estado, y para el ultraliberalismo capitalista para el que el ciudadano habría de someterse, como si fuera una pieza de una gran artefacto al mito de un mercado todopoderoso y abandonado a sí mismo.

Y acabemos con unas palabras del Papa que enuncian el papel verdaderamente liberador de la fe en Dios: “Dios es considerado por estos financieros, economistas y políticos, como no manejable, incluso peligroso, ya que llama al hombre a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud”.

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