San Juan Pablo el Magno

San Juan Pablo II el Magno Quizás ésta sea la denominación con la que al cierre del siglo XXI se conozca al Papa. Ese “atleta de Dios”, como ha sido l…

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San Juan Pablo II el Magno Quizás ésta sea la denominación con la que al cierre del siglo XXI se conozca al Papa. Ese “atleta de Dios”, como ha sido llamado, nos ha dado la presencia de lo que significa una intensa fe en Dios construida sobre la oración y la acción. Contemplativo y hombre de acción, Juan Pablo II resume en su ejemplo vivo los ejes sobre los que los católicos debemos construir nuestra vida y presencia. Él ha conseguido algo necesario, incluso mandado, pero todavía insólito: que el ministerio de Pedro no fuera sólo para los católicos, sino para todos.

 

Los que lo han conocido bien lo describen como una persona cálida, amistosa con una gran curiosidad, abierto a la relación personal, valeroso, resistente al sufrimiento que ha mostrado con una ejemplar dignidad. Es también un gran intelectual, un destacado filosofo de la escuela personalista de Cracovia, una característica sin duda eclipsada por la propia función y fuerza de su papado pero, como contaba Navarro Valls, un hombre de despacho frecuente y muchos años de compartir tareas, éxitos y dificultades. Quizás lo más sorprendente, en un hombre enfermo de más de 80 años, era su buen humor. De joven -decía– puedes serlo, a los 40 y a los 50 años, depende de cómo te ha tratado la vida, pero a los 84, después de un atentado, montón de operaciones, un Parkinson, la dificultad para desplazarse y hablar, ése es un signo de santidad y, como decía un no creyente, un ejemplo del potencial humano.

 

Hay tantas cosas por decir, y tantas serán dichas, que creo que basta y sobra con subrayar una: Juan Pablo II ha tenido el inmenso acierto, la gran visión histórica, a pesar de las críticas, las presiones y los desdenes, de no caer en el error de confundir los signos de la decadencia europea con las líneas maestras del futuro de la humanidad. No es exacto que la Iglesia esté en crisis en Europa, sino que es la sociedad europea la que la sufre, y la Iglesia católica, en esta parte del mundo, la sufre con ella. Juan Pablo II ha sabido salvarnos de quedar atrapados por la crisis de sentido e identidad de la sociedad europea, como por desgracia les ha ocurrido a otras Iglesias cristianas. Protestantes y anglicanos languidecen casi hasta la extinción en Europa, mientras que familias equivalentes tienen un crecimiento expansivo en otras partes del mundo. A las primeras las ha atrapado la civilización de la desvinculación que, sin ser hegemónica en toda la europeidad, constituye una mayoría y avanza rápidamente y con fuerza en nuestro país.

 

Esa capacidad de discernir es lo que ha dado a este papado y a la Iglesia la dimensión más católica, es decir, más universal, de todos nuestros 2.000 años de historia. Lo ha hecho posible él, Juan Pablo II el grande.

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