Señales de lluvia‘, de Kim Stanley Robinson

Kim Stanley Robinson es uno de los escritores más prestigiosos de ciencia ficción, especialmente la rama "hard", es decir, aquella que expli…

Kim Stanley Robinson es uno de los escritores más prestigiosos de ciencia ficción, especialmente la rama "hard", es decir, aquella que explica cosas pausibles a la luz de la tecnología y la ciencia que ya conocemos y con un poco de la que podemos prever.

Dejando a un lado su impresionante novela de ucronía Tiempos de Arroz y Sal -en la que un virus extermina la población europea en el s.XII y China y el Islam se reparten el planeta- el interés de Stanley Robinson por el pensamiento ecológico ya era más que patente en sus obras publicadas por Minotauro: Antártida, Icehenge y las cuatro novelas sobre la terraformación de Marte (Marte Rojo, Marte Verde, Marte Azul y Los Marcianos).

Pero en Señales de Lluvia todo es denuncia y militancia ecológica. El argumento es muy pequeño y bastante prosaico. Un grupo de lamas budistas, llegados de una mini-isla estado de la India, llegan a Washington para trabajar como grupo de presión medioambiental. Los monzones e inundaciones amenazan con hundir su isla, así como la de muchos otros pequeños países, islas del Pacífico, las Antillas, etc… Cuando apareció el libro en español en mayo parecía algo exagerado pero las calamidades del Golfo y del Índico de los últimos tiempos obligan a pensarse estas cosas más en serio.

La razón de estos desastres es el cambio climático causado por el ser humano. Para el autor no hay otra posibilidad: la culpa es de los humanos, y en concreto de los industriales norteamericanos, y más aún, del presidente de EEUU, que en esta novela no es mala persona pero se escuda en la duda para no hacer nada frente al cambio climático. Sus asesores "científicos" son sólo aduladores empeñados en bloquear el Tratado de Kyoto y todo compromiso ecológico serio por ignorancia tanto como por intereses.

Los lamas traban amistad con el matrimonio protagonista: él trabaja en el gabinete de un importante congresista del partido en el gobierno. Ella es científica. Los dos intentarán ayudar a los desorientados monjes budistas. Al final, comienzan las lluvias y los ríos se desbordan. Justo cuando va a empezar el género de "literatura de catástrofes" o el siempre apasionante "supervivencia postapocalíptica" el libro acaba. Así que los lectores nos quedamos sin acción, sin tragedia y sin emoción.

Stanley Robinson lo que quiere con esta novela, que es casi todo costumbrismo y novela realista, son varias cosas. Por un lado, hacer divulgación científica: cada dos o tres capítulos incluye un apartado en cursiva sobre las matemáticas aplicadas a la predicción del clima, o los efectos de las emisiones de CO2, el ritmo de extinción de especies. Asusta mucho saber que para desmontar el clima basta con fundir suficiente hielo de la Antártida como para cambiar la salinidad de la corriente del Golfo, lo que la desplazaría y modificaría todo el clima del hemisferio norte.

Otro objetivo es explicar como se trabaja en una institución científica compleja que recoge fondos públicos y los otorga a distintos proyectos. ¿A cuáles? Precisamente vemos que son muchas las investigaciones que piden fondos… y los responsables de asignarlos toman sus decisiones leyendo muy rápido dossieres voluminosos de disciplinas científicas muy diversas, de las que a menudo conocen poco. La precariedad de medios en la que se mueve la ciencia -¡y hablamos de EEUU!- y sus criterios exclusivamente economicistas son blanco de la crítica del autor.

Un detalle interesante es la atención que se presta al matrimonio protagonista, que tiene que combinar sus respectivos trabajos con algo tan cotidiano como cuidar a sus dos hijos. Uno va al colegio, pero el otro tiene apenas 2 años y hay que pasearlo, atenderlo. Nuestro asistente de congresista tiene que llevarse al niño dormido colgando del cuello a una reunión de trabajo con el presidente. ¡Es importante la conciliación trabajo-familia!

Y resulta muy interesante la confrontación entre la mentalidad abierta de los monjes budistas y la de Frank, un científico radicalmente materialista empeñado en verlo todo como simples agregaciones de átomos, genes y tribus de homínidos que se organizan para sobrevivir y reproducirse.

 
"Un exceso de razón es en sí mismo una forma de locura", dice en una conferencia el lama jefe. (Si lo dice un lama molesta menos que si lo dice un predicador pentecostal, parece pensar el novelista.) "Ésa es la historia de mi vida, un exceso de razón", piensa horrorizado el hiperracionalista Frank. Tarda varias páginas y nunca abandona del todo su materialismo, pero poco después se rinde a la evidencia de que la vida es un misterio:
"La razón nunca había explicado la existencia de vida en el universo. La vida era un misterio; la razón había intentado explicarla en vano y la ciencia no podía generarla desde cero en un laboratorio. Pequeños remolinos localizados de antientropía que cobraban vida brevemente y luego giraban hasta desaparecer: algunos de sus fragmentos eran arrastrados a otro lugar en largas cadenas de códigos que generaban más remolinos. Una sucesión de diablos de polvo. Un misterio, una especie de milagro: un milagro que luchaba en condiciones muy hostiles y sólo tenía éxito cuando encontraba agua, agua que se unía en gotitas en el universo igual que en una sartén y hacía posible la vida. Agua de vida. Un milagro."
Frank, como Tales de Mileto, no pasará mucho más allá del agua como arjé, pero ya es bastante su reconocimiento del misterio. Y además le irá mejor como persona. Lástima que mientras tanto el planeta se va inundando.
 
Señales de lluvia
Kim Stanley Robinson
Minotauro
332 pág.
19.50 euros
Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>