Sencillez (III)

Tercera pregunta: ¿somos de verdad amantes de la ecología?

(Viene de ‘Sencillez (II)‘) Uno de los pilares de la filosofía estoica está en sostener que, para el hombre, la vida feliz consiste en vivir de acuerdo con su naturaleza. Aunque no podemos idealizar la naturaleza creada porque en su estado visible tiene demasiadas máculas, la máxima es aceptable porque tiene mucho de verdad y aquí vamos a tomarla como punto de arranque. Me parece que es un buen nexo para unir lo que se pretende explicar en el presente artículo con los dos precedentes dedicados a la sencillez (I y II), en los cuales se ha repetido que una de las consecuencias de vivir en una sociedad complicada está en que hace la vida complicada y “la vida complicada -decía- artificializa en demasía al hombre poniéndole en riesgo de vivir al margen o en contra su naturaleza”.

Justamente esta frase entrecomillada es eso que se pretende explicar en este artículo, pero antes he de comenzar diciendo que esa frase encierra una “petición de principio” evidente y necesaria, referida a la existencia de la naturaleza humana. Si se quiere hacer ver por qué la sociedad actual pone al hombre “en riesgo de vivir al margen o en contra de su naturaleza”, se está dando por sentado que existe una naturaleza humana. Para quien no acepte previamente la existencia de esa naturaleza, toda explicación sobra. Digo esto porque vivimos en un momento en que son muchas, muchísimas, las voces que niegan la naturaleza humana, en favor de un extraño concepto de libertad. Se trata de un planteamiento filosófico de hondura y de largo alcance, con raíces en el pasado lejano y reciente, y de consecuencias de largo alcance en el presente, muchas de las cuales están en la base de esta vida difícil y este corazón complicado a los que he dedicado los artículos anteriores ya mencionados. En el pasado reciente el mayor rechazo sufrido por la naturaleza humana ha venido de la mano del existencialismo ateo. Recordemos las palabras de J. P. Sartre: “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”. No se necesita mucha perspicacia para ver su continuidad en la actual ideología de género y su propuesta de autoconstrucción de la identidad sexual al margen o en contra de la dotación biológica masculina o femenina con la que toda persona humana nace.

Conviene advertir que la negación de la naturaleza humana no es una cuestión meramente intelectual cuyo debate pueda afectar solo a los interesados por disputas filosóficas. Basta con mirar el panorama derivado de la entrada de la ideología de género en el escenario público, para entender que la negación de la naturaleza humana tiene una enorme incidencia en la configuración social de nuestra época. Hago esta mención a la ideología de género por la incidencia actual de la misma, pero la ideología de género no es sino un apunte, una de las múltiples concreciones de la negación de la naturaleza humana. Esa negación trae como consecuencia necesaria la negación de otras realidades naturales cuyo peso en la historia, en la civilización y en la vida ordinaria ha sido y es determinante. Si negamos la naturaleza humana, hemos de negar la mayor parte de la filosofía y de la ética, el derecho natural, la teodicea, la ley natural, y también realidades domésticas mucho más cercanas, de andar por casa, como son el matrimonio natural, la familia natural, el valor de los lazos de parentesco o la existencia misma de la sociedad en cuanto comunidad política natural. Todo esto es muy fácil de ver, pero hay que decir más. Si negamos la existencia de la naturaleza humana, tenemos que negar también a la persona humana, porque sin naturaleza no hay hombre. Cada persona humana nos identificamos (porque lo somos) con un yo singular e irrepetible, pero este yo singular e irrepetible no existiría sin el asiento y el soporte de una naturaleza que es la misma para todos los humanos. De no haber un acervo natural común, una esencia humana compartida por todos, no podría existir la Antropología en ninguna de sus ramas: física, cultural, filosófica, teológica. De no haber un acervo natural común, no habría un ADN humano, ni existiría la reproducción entre nosotros, cuando lo cierto es que cualquier varón es, en principio, sexualmente compatible con cualquier mujer. Si de entre todos los varones y todas las mujeres que pueblan la tierra y que están capacitados para la relación sexual, tomáramos al azar uno de cada sexo, la unión carnal sería posible, y si además fuera fecunda, aparecería un hijo cuyo origen biológico se podría rastrear en ambos y cuyo ADN habría de ser humano por necesidad. ¿Cómo que no hay una naturaleza humana?

De los datos que hemos señalado antes, quedémonos ahora con solo dos: la ley natural y la persona humana. Si no hay naturaleza humana, no cabe tampoco una ley natural, y sin estos dos datos, el fenómeno histórico del cristianismo habría sido imposible. El cristianismo y su extensión, solo son posibles por la acción conjunta y unificada entre gracia y naturaleza humana. (La gracia -dice un principio teológico básico- se apoya en la naturaleza y la perfecciona). Es un hecho incontestable que nuestra civilización, la civilización llamada ‘occidental’ -eufemismo con el que se elude la referencia al cristianismo-, se ha construido a lo largo de los siglos sobre la base del cristianismo. Ahora bien, el cristianismo no se ha establecido sobre la nada ni se ha propagado por el aire, sino sobre hombres y mujeres concretos que después de acoger esta fe en sus personas, la han contagiado a sus prójimos con su palabra y con el testimonio de sus vidas hasta el punto de hacer de ella el valor social más apreciado. Dentro del racimo de explicaciones racionales que podemos dar sobre el éxito histórico de la propagación del evangelio, está el hecho fundamental e imprescindible de la racionalidad de la fe cristiana, o lo que es lo mismo, del encaje perfecto de esta fe con la racionalidad, rasgo definitorio del hombre, y no solo con la racionalidad, sino también con el resto de dimensiones de nuestra naturaleza. El cristianismo ha enraizado y crecido sobre el humus de la ley natural que en la Europa precristiana había alcanzado unas cotas de desarrollo muy altas. En palabras de Benedicto XVI, “la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral”. El derecho, la filosofía, la moral y las artes precristianas no fueron anulados por el cristianismo sino fecundados por él, que asumió e hizo suyo todo lo producido con anterioridad a su llegada siempre que no se opusiera a la doctrina revelada. Ahora podemos explicarlo en unas cuantas líneas pero no fue una carrera sin obstáculos; al contrario, se cobró la sangre de innumerables mártires y costó mucho esfuerzo intelectual y mucho tiempo. El evangelio no alcanzó el grueso del continente europeo hasta el siglo X, y la totalidad hasta el XIV.

Este ayuntamiento perfecto entre fe cristiana y respeto a la naturaleza humana nos da luz para entender por qué crecieron al tiempo y por qué corren pareja suerte. El paso siguiente al respeto por la naturaleza humana es el respeto por cada una de las encarnaciones concretas de esa naturaleza, es decir, por cada persona. Cada uno de nosotros somos un ejemplar válido, aunque imperfecto, de la naturaleza humana, una encarnación incompleta de la misma. Esas imperfecciones no anulan el respeto que nuestra dignidad merece. No es casual, sino causal, que el concepto filosófico de persona apareciera dentro del pensamiento cristiano y con la aparición del concepto, los benéficos efectos de su desarrollo, que alcanzan a la humanidad entera. Y por la misma razón, no es casual sino causal, que el actual desprecio por la naturaleza humana vaya de la mano del abandono de la fe de Cristo. En consecuencia, no hay manera de pensar en una revalorización de los conceptos de persona y de naturaleza humana sino desde una renovada evangelización, por este orden, sabiendo que el orden no es indiferente, la evangelización como causa y la recuperación de los conceptos de persona y naturaleza humana como efecto.

El punto de llegada de las explicaciones anteriores está en una doble afirmación. Por una parte hay que decir que la vida humana es tanto más sencilla cuanto más respetuosa sea con la naturaleza humana y tanto más complicada cuanto más se aleja de ella. Por otra, es del máximo interés, contar con el papel imprescindible de las aportaciones de la fe cristiana en orientar la vida del hombre hacia la comprensión de la naturaleza humana en toda su extensión y detalles, y el respeto exquisito para no violentar las exigencias de esa naturaleza y los cauces por donde ha de discurrir. Este respeto procede no tanto de una preocupación ecológica -que no se excluye- cuanto de una doble certeza; la primera, que la creación entera es obra de Dios, y la segunda, que, dentro de la creación, el  hombre constituye el broche final de esa obra, la joya maestra más preciada de la misma. Al decir esto no estoy recurriendo a un argumento complementario ni estoy echando mano de una explicación añadida, sino del primer artículo de nuestra fe. Dicho con palabras del Catecismo, “la catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: “¿De dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” “¿Cuál es nuestro origen?” “¿Cuál es nuestro fin?” “¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?” Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar”. (Punto nº 282).

Damos un paso más, y de los conceptos de naturaleza humana y persona humana, pasamos al resto de la creación de este mundo: el conjunto de seres materiales que constituyen el universo entero y de manera más accesible, los que poblamos la tierra. Con estos datos queda establecida la siguiente secuencia lógica: 1) Fe en la acción creadora de Dios – 2) respeto a la naturaleza – 3) respeto a la naturaleza del hombre – 4) respeto a la persona humana. Por ser una secuencia, nos hallamos ante una serie de saltos o pasos, pero la secuencia responde a una visión de totalidad, una cosmovisión, sin la cual serían imposibles el “sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar”.

Ahora bien, en toda secuencia el riesgo de fragmentación está servido. Fácilmente puede darse la aceptación de cualquiera de sus saltos al mismo tiempo que se rechazan los demás. Los hombres tenemos una capacidad más que demostrada para entender las cosas parcialmente y para negar las relaciones causales verdaderas al tiempo que inventamos otras imaginarias. Referido a la secuencia anterior, no es raro ver cómo se acoge uno de sus pasos mientras se rechazan cualquiera de los otros tres o los tres a la vez. Procediendo así, la visión resultante de la creación, de la naturaleza del hombre, de la persona humana o de Dios Creador queda mutilada y pierde perspectiva. Es una obviedad que cuando se incurre en parcialidades el resultado global no puede ser sino una visión muy parcial. Veamos un ejemplo que es habitual entre nosotros. Nos encontramos con excesiva frecuencia con activistas convencidos de la necesidad de preservar las más diversas especies de animales o plantas, al tiempo que muestran un enorme desinterés por el ser humano. Supuesta su rectitud de intención, ¿cómo es posible que hagan tanto ruido por salvar “a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno” (Mt 6, 30) mientras se aprueba sin rechistar el gigantesco número de abortos voluntarios? ¿Qué clase de ecologismo es este donde lo humano queda fuera? Cuando esto ocurre (y ocurre a diario) es bastante claro, a mi parecer, que falta la visión de conjunto de la secuencia lógica anterior; o bien no se aceptan sus pasos o se aceptan solo parcialmente, y en este caso la complicación brota sola porque hay que sustituir esos pasos que no se aceptan por otros que ocupen su lugar aunque sea espuriamente.

Solo una visión de conjunto, integral, de la secuencia completa nos puede dar la luz necesaria para entender estas relaciones con sencillez. Creer en la omnipotencia de la palabra creadora de Dios es un acto extremadamente simple. Han participado de él todos los hombres sin necesidad de otros apoyos que su razón hasta hace poco más de doscientos años y lo sigue haciendo la inmensa mayoría. De igual manera ocurre con los niños. Tanto el niño como el hombre natural de toda época y cultura (ahora no importan las variantes religiosas), aceptan sin mayores dificultades el misterio de la creación, sin que la oscuridad propia de todo misterio sea motivo de rechazo ni de increencia. Y algo parecido puede decirse de la aceptación de la existencia de la naturaleza humana, del respeto merecido por cualquier persona o el respeto por los seres creados. La asunción de estas verdades es mucho más sencilla que su negación y más aún que su sustitución por explicaciones alternativas.

Hay que volver a la creación. Necesitamos con urgencia volver al contacto directo con la creación, tanto socialmente como en el plano individual. Y a quien no la haya abandonado, o ya haya vuelto, le vendrá bien profundizar en ella. Galileo hablaba del Libro de la Naturaleza en paralelo con las Sagradas Escrituras, los dos libros cuyo autor es el mismo Dios. Este paralelismo nos puede ayudar a entender que esta vuelta a la creación hay que hacerla desde la fe, del mismo modo que cabe también el regreso a la fe partiendo de la creación. Ya va para dos años que el papa Francisco escribió la encíclica Laudato si’. Un texto luminoso, actualísimo y al alcance de todos, escrito con enorme sencillez, cuyo eco ha tenido, en mi opinión, un recorrido muy corto tanto dentro como fuera de la Iglesia, al menos de esta parte de la Iglesia en la que nos toca vivir. Su lectura reposada y la meditación del mismo es todo un programa para ahondar en esta cualidad de la sencillez tan necesaria y tan poco apreciada.

Me ha parecido que para echar el cierre a la actual entrega pueden venir bien estas palabras del papa Francisco tomadas de los puntos 117 y 118 de la citada encíclica. Por si acaso no ha quedado bien explicada la relación de todo lo dicho con la sencillez, que es la cuestión que nos ocupa, hay que hacer notar que dentro de esta cita aparece la palabra “esquizofrenia”, que se sitúa justamente el extremo patológico y contrario a la sencillez de la que venimos tratando. El papa dice así:

“Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, “en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza”.

Esta situación nos lleva a una constante esquizofrenia, que va de la exaltación tecnocrática que no reconoce a los demás seres un valor propio, hasta la reacción de negar todo valor peculiar al ser humano. Pero no se puede prescindir de la humanidad. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología”.

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