Separaciones, divorcios y otras series de éxito veraniegas (y IV): Existe el amor, existe la esperanza

Cuando Chesterton era un chaval que comenzaba a trabajar en una oficina, los adultos le decían una y otra vez que su cabeza estaba llena de cue…

Cuando Chesterton era un chaval que comenzaba a trabajar en una oficina, los adultos le decían una y otra vez que su cabeza estaba llena de cuentos, que eso no era el mundo real. Que él soñaba con Blancanieves, con Cenicienta, con literaturas y filosofías, con la verdad pura y la belleza. Y Chesterton creía precisamente que el mundo real era el de Blancanieves, donde una chica guapa e inocente se esconde gracias a la generosidad de un grupo de seres enanos (seres que no son aceptados por ese mundo de los mayores “real”), donde huye de la maldad cínica agotada y materialista representada por una bruja; Chesterton creía precisamente que una joven chica vestida de harapos, que limpia suelos, aplastada por la injusticia y la mentira de los fuertes y poderosos, a la que le es negada su origen noble, es vestida de princesa por el hada de la justicia y enamora a un príncipe azul que rechaza la presunción, la apariencia y busca precisamente el corazón de cristal que alberga una belleza apartada del mundo salvaje de las apariencias. Es la esperanza, la fe en la belleza, en el amor, lo que mueve a las personas al sacrificio. El trabajar por una hipoteca es una estupidez. El trabajar para tener una casa donde tu amor y donde tus hijos puedan vivir tranquilos y felices es un gran ideal. Eso sí merece la pena.

El amor existe, y está más allá del yo. Nos falta pisarnos, hacer mosto con nuestro propio yo, para que macere, madure, y sirva para alegrar la fiesta de la vida a los que tenemos cerca. Nos falta salir afuera, como dice el Papa Francisco. Romper las cadenas propias volviendo al origen de aquel día donde nos enamoramos de nuestra chica, aquella buena chica, que sigue siendo buena, con un corazón de oro que arde como una brasa debajo de todas aquellas cenizas de la rutina, de las obligaciones, de demasiadas horas de televisión, etc. Sigue allí. Volver a ella, decirle te quiero, perdón, ayúdame. Volver a comprarle flores. Quiero ser tuyo.

Decirles a los hijos que su madre es para él más importante que ellos, porque ellos están allí porque él quiso, quiere y querrá a su madre, a pesar de sus depresiones, a pesar de su gordura, a pesar de sus grandes defectos, a pesar de sus limitaciones. No soy yo el fuerte. Soy frágil, y necesito amarte para ser buena persona, para mostrarle a tus hijos que ellos no son el fruto de un azar momentáneo de un destino ciego, sino el fruto de un amor fundante que va más allá del tiempo, el fruto de un amor que reniega de la libertad propia, del tiempo propio, de la salud propia, de la fuerza propia. Es un amor que sabe que él no puede llegar a ser bueno si olvida que quiso ser bueno porque conoció a tu madre, porque quiso quererla para llegar más allá del tiempo propio mediante vosotros.

Pedir las fuerzas

Para todos aquellos que hayan sido tocados por el Amor de Jesucristo, pedirle que nos haga como Él: anonadado hasta el extremo en la Hostia, en ese pedazo de pan, donde ha renunciado a toda potencialidad: sin brazos, sin manos, sin pies, sin poder alguno. Fuera de sí. Alimento para todos. Él es la fuerza para volver a empezar a pedir perdón, para volver a comenzar, para pedir perdón primero, aunque no veamos donde hemos metido la pata, aunque el otro sea mucho peor, que no es verdad, nosotros queremos ser mucho mejores para que ella o él se refugien en un gran amor que no cabe en el pecho.

Los hijos, en primer lugar, serán más. Si somos así, habrá confianza, habrá esperanza, y merecerá la pena hacer un hueco adicional en nuestra existencia a otra vida que cure de su podredumbre a este mundo podrido. Porque habrá esperanza, porque el mundo está en las manos de Dios, del Jefe Verdadero que dirige el timón del Mundo de forma misteriosa. Y los hijos serán felices, porque Dios nos ayudará a ver nuestra fragilidad, a ayudar a ella o a él viendo que nosotros somos frágiles también. En la vida habrá crisis, habrá cosas durísimas, quizá no podamos darles a nuestros hijos tres idiomas, darles un buen trabajo, darles más. Pero les habremos dado la roca sobre la que proyectan sus vidas, la roca a la que volverán una y otra vez cuando todo parezca desaparecer, la roca donde se fundamentan sus vidas: el amor irrompible, duro como un diamante que brilla más allá del túnel de nuestra existencia, que emite destellos que vienen del más allá de la locura, de la maldad, de la fragilidad de este mundo que muestran el camino de lo único que merece la pena: el amor.

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