Ser hombre: varón y padre (I)

En este mes de marzo, en el cual se celebra el día del padre, me ha parecido que puede ser oportuno poner el foco de estas reflexiones en la fi…

En este mes de marzo, en el cual se celebra el día del padre, me ha parecido que puede ser oportuno poner el foco de estas reflexiones en la figura del padre. La celebración del día del padre coincidiendo con la gran solemnidad religiosa de San José es una más de las muestras vivas de una sociedad antaño fuertemente cristianizada en sus costumbres y en su calendario. La actividad comercial generada por el movimiento de regalos, por una parte, y el peso de la tradición por otra han venido a conseguir que esta fecha tan señalada no caiga en el olvido. En todo caso creo que no está de más recordar el origen religioso de este día y qué es lo que se celebra.

Celebrar el día del padre, seamos más o menos conscientes de ello, es un canto a la paternidad y un modo de reconocer su alto valor, y esto es muy saludable porque la paternidad no está atravesando sus mejores momentos, la paternidad lleva años cotizando a la baja y no se barruntan atisbos de recuperación, al menos yo no los veo.

A la mentalidad contemporánea generalizada le chirría mucho la figura del padre, pero no podemos prescindir de ella. A los que son afectos a la ideología de género les molesta particularmente y les molestan aún más estas dos hermosas palabras, padre y madre, papá y mamá, las primeras que solemos balbucear. Una aciaga reforma legal de hace unos años las hizo desaparecer y sustituyó las dos, padre y madre, tan llenas de contenido, por una sola, fría y muda, la palabra ‘progenitor’; fría porque carece de resonancias afectivas y muda porque no dice nada. Progenitor es un término biológico y nada impide usarlo en referencia a los hombres, pero puesto al lado de padre y madre se queda muy pobre porque el hombre es mucho más que biología. Padre y madre tienen un significado muchísimo más profundo y de mayor alcance que progenitor. Primero porque progenitor no es solo el padre o la madre, progenitor es también cualquier pariente en línea ascendente, cualquier antepasado (un tatarabuelo, por ejemplo) y en segundo lugar porque progenitores también son los animales, también ellos fecundan nuevos seres a los que llamamos crías. Tal vez haya quienes tengan dificultades para aceptar que las cosas sean así. Si alguien, querido lector, te planteara esa dificultad lingüística, pregúntale, si tiene hijos, cómo quiere ser llamado por ellos, si progenitor o papá, progenitora o mamá.

Volvamos a la figura del padre, malherida y denostada. Hay que recuperarla, hay que colocar al padre en el lugar que le corresponde y hay que hacerlo con carácter de urgencia si es que queremos paliar los desgarros de nuestro tejido social y contribuir a su sanación. Por doquier leemos y oímos hablar de “esta sociedad enferma”; pues bien, buena parte de su sanación está en la recuperación de la figura del padre, que ha sufrido y sigue sufriendo, campaña tras campaña, una auténtica oleada de ataques en varios frentes.

Uno de estos frentes es el feminismo de género. No quiero generalizar sobre el feminismo porque dentro del movimiento feminista hay de todo, pero sí denunciar el enorme daño que a nuestra sociedad le viene produciendo desde hace décadas el feminismo de género, ideologizado hasta los tuétanos, antimasculino y violento. Los promotores de este feminismo, quienes quiera que sean, han diseñado y planteado, en términos de lucha, una campaña de acoso y derribo, de arrinconamiento y desprestigio de la figura paterna; han elegido para ello los campos que más rédito podían darle (lenguaje, publicidad, moda, medios de comunicación, cine, literatura, etc.) y han conseguido lo que pretendían: crear una mentalidad antipatriarcal, estigmatizar socialmente la virilidad y la autoridad paterna, dañando con ello no solo a los varones, sino a todos, hombres, mujeres e hijos.

La victoria de este feminismo avieso no han sido las legítimas conquistas sociales que la mujer ha reclamado con todo derecho, que esas merecen ser alabadas, sino la desaparición de la figura del varón como baluarte, como referencia social necesaria para todos, especialmente para los más jóvenes. Lo que hemos perdido no son tanto unos usos o unas conductas concretas, que esas a fin de cuentas están sometidas, como todo lo demás, al devenir del tiempo que siempre es nuevo. La gran pérdida es la falta de un modelo de varón, el saber en qué consiste ser varón y cómo se es varón. Esta pérdida se ha traducido en la existencia de un sector inmenso de nuestros hombres que no acaban de tener claro ni el alcance ni el modo de vivir lo que son, hombres. Cualquier hombre que quiera manifestarse como tal sabe, sin que le quede margen de duda, que está sometido a tres focos de presión que actúan en contra suya: Una historia de errores y abusos por parte del sexo masculino hacia la mujer, el feminismo de género y el homosexualismo totalitario. Ante tales adversarios, crecidos con la enorme fuerza de los vientos del momento y con las bendiciones de la progresía de todos los colores, a ver quién es el valiente que hace valer su condición masculina; más bien se verá empujado a esforzarse por demostrar una virilidad light, acomplejada, subordinada y lacaya del feminismo, una virilidad que asume resignada papeles de segundo orden. ¿Te has dado cuenta, lector, de que es mucha la publicidad en la que el varón es el torpe, el inútil, el irresponsable, el inseguro, frente a la mujer, resuelta, capaz e inteligente, que todo lo hace bien?

Curiosamente este feminismo que ha arrinconado al hombre no ha arrinconado al prototipo masculino que sí hace daño y sí debería condenar, el macho. El macho, el hombre-cosa, ese sí cotiza al alza y su imagen visible viene dada por un tipo diseñado por la publicidad cuyo reclamo principal es un cuerpo de gimnasio. La imagen que ofrece un hombre así, al menos es la que me ofrece a mí, no suscita altura de miras porque no es portadora de valores nobles, intelectuales ni morales, sino de pulsiones instintivas indisimuladas.

Frente a estos modelos los hombres tenemos que reaccionar mostrando lo mejor de nuestra virilidad porque ni el desmasculinizado, ni el bobo, ni el hombre-objeto pueden ser modelos ni de varón ni de padre. Hombres así no pueden contribuir a la paternidad ni pueden construir la sociedad que necesitamos ni pueden construir nada porque ellos mismos están sin hacer. Hay que reivindicar la figura del padre y necesitamos modelos, lo necesita la mujer y lo necesitan especialmente los niños y los jóvenes. El hombre que a nuestra sociedad le hace falta no es el macho, ni el indolente, ni el eterno adolescente sino el que lleva a término lo mejor de las aspiraciones masculinas, el que actúa como lo que es, hombre, hombre hecho en todos los campos, de virilidad no edulcorada, esposo y padre, co-director de la familia junto a la mujer y co-responsable con ella, pero sin abdicar de su función de cabeza de familia que le convierte en el primer garante de la estabilidad y del recto hacer en la casa. Cuento con que esto que escribo pueda caer mal en determinados casos, pero la cosa no está en cómo caiga sino en ver si hay verdad en lo que se dice. Y si hay verdad -y la hay- hay que decirla, airearla, proclamarla, defenderla, porque la verdad hace bien, sobre todo cuando no se usa como arma contra nadie.

Porque no se trata de ir contra nadie, la masculinidad que aquí se reivindica no está planteada contra la mujer sino a favor suyo. Los hombres y la sociedad entera deberíamos tener hacia la mujer la consideración más alta, su figura nos debía merecer el mayor de los respetos y todo elogio hacia ella debería quedarse corto, pero las cosas en su verdad. Aquí no se defiende la masculinidad misógina y menos aún el machismo irracional ni la barbarie. Por lo que aquí se aboga y lo que se reclama es la figura varonil y paterna depositaria de una autoridad recibida, la cual, como toda autoridad, ha sido dada desde lo alto para servir a los demás -esposa, hijos y sociedad-, portadora de unos valores que en buena parte hemos perdido y cuya pérdida nos está pasando una factura increíblemente dolorosa.

No es verdad que una mujer se baste a sí misma para tener hijos y sacarlos adelante como si el varón no hiciera falta. El papel de padre no lo sustituye la madre y cuando no existe, su carencia se hace notar. Hablo de lo que es natural, de lo ecológico y hablo además de lo que conozco en directo, día tras día después de muchos años dedicándome al estudio de estos temas, tratando con padres, madres e hijos, dentro de mi trabajo y fuera de él. Hablo de algo que no hay que demostrar porque solo se demuestra lo que no es evidente. Y es evidente que para el buen funcionamiento de la vida doméstica y para la correcta formación de los hijos hacen falta los dos, padre y madre, cada uno desde su papel, actuando al unísono, de manera conjunta y coordinada, pero sin igualitarismo que desnaturalice las funciones de padre y de madre, por muy de moda que esté el igualitarismo, pues el papel de cabeza de familia le corresponde al padre y no a la madre.

Si ahora, querido lector, me preguntaras a qué me agarro para poder decir esto con tanta resolución, no me costaría trabajo responderte con argumentos de experiencia y de razón, pero me acogeré solo a uno. El padre es el cabeza de familia por voluntad divina, porque así lo ha dispuesto el Creador. Dios, por ser el creador del hombre y de la mujer es su autor y por eso nos conoce mejor que nadie. Por ser el autor nos conoce como conoce el autor a su obra, no desde fuera sino desde dentro de la obra misma. Y conociéndonos mejor que nadie, sabe mejor que nadie lo que nos hace falta para vivir de acuerdo con nuestra naturaleza y llegar a plenitud. Pues bien, su palabra es esta: “El marido es cabeza de la mujer como también Cristo es cabeza de la Iglesia” (Efesios 5, 23).

Mil gracias. Que Dios te bendiga.

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