Ser hombre: varón y padre (II)

En esta segunda entrega me ha parecido conveniente ahondar algo en la expresión cabeza de familia. Si hemos dicho que el padre y la madre son c…

En esta segunda entrega me ha parecido conveniente ahondar algo en la expresión cabeza de familia. Si hemos dicho que el padre y la madre son co-directores y co-responsables de la familia, ¿como se compagina esa igualdad con el hecho de que solo uno, el varón, sea el cabeza de familia?, ¿no hay de fondo una situación de inferioridad para la mujer?

La respuesta es no, pero vamos por partes.

En primer lugar hay que señalar que el varón es cabeza de familia porque es cabeza de la mujer, aunque al mismo tiempo hay que decir que hombre y mujer, en tanto que personas, son iguales en dignidad y en derechos. En la actualidad esta segunda afirmación goza de crédito y reconocimiento generalizados, pero la primera no y no hay razón para que una parte de la verdad sea dicha y la otra silenciada.

Hablo del varón como cabeza no desde una toma de postura personal, una ideología concreta o una opinión, sino desde la Sagrada Escritura. Nos movemos, pues, dentro de la sabiduría bíblica y de su doctrina, que entiende al varón y a la mujer con vistas al matrimonio y desde el matrimonio (el celibato era extraño al mundo judío y la fornicación un pecado muy grave). Jesucristo, recogiendo toda esta doctrina, da un paso más y hace del matrimonio ya existente desde la creación del hombre y de la mujer, algo que hasta entonces no era, un sacramento. Con Cristo el matrimonio es elevado a una categoría que no tenía antes de él, y es la de ser sacramento, signo que significa y realiza algo sagrado. Con Cristo el matrimonio, con minúscula, pasa a ser el Santo Matrimonio.

El matrimonio, por ser un sacramento, es un signo, es decir, remite a otra realidad distinta del propio signo. El signo y la realidad significada se explican mutuamente; el signo nos hace entender la realidad y la realidad nos hace entender el signo, hasta donde ello es posible. Esto puede parecer un juego de palabras pero es literalmente así. La pregunta brota sola: ¿De qué es signo la unión en matrimonio entre un hombre y una mujer? Para personas de fe o con alguna cultura religiosa la respuesta es bien conocida: La unión sacramental del matrimonio es signo de otra unión más excelsa y más íntima, la de Cristo con su Iglesia, Cristo Esposo desposado con su Iglesia. Por la relación entre signo y realidad significada a la que acabamos de aludir, para entender cuál es el origen y el alcance de la unión en matrimonio entre un hombre y una mujer, hay que entender el origen y el alcance de la unión entre Cristo y su Iglesia.

Es doctrina católica que el origen de la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia está en la cruz. La Iglesia nació del costado abierto de Cristo. A quienes no tengan fe esto les podrá parecer una explicación carente de sentido o un discurso errático. Que se lo parezca así a los no creyentes, eso cualquiera lo puede entender, lo que ya resulta más chocante es que andemos perdidos en la niebla de la ignorancia quienes decimos creer y sobre todo quienes hemos contraído nupcias sagradas dentro de la Iglesia. En todo caso, se entienda mejor o peor, o no se entienda, hay que decir que la cruz es la fuente del matrimonio cristiano, ese es su origen y no hay otro. El matrimonio sacramental cristiano no surge de la libre iniciativa de un hombre y una mujer bautizados que un buen día se acercan a la Iglesia a pedir la celebración de su boda por el rito sacramental. Dos novios que le solicitan a la Iglesia casarse en su seno, están pidiendo un don. Si solo fuera iniciativa suya no habría don por ningún sitio. Sin la perspectiva del don no se puede entender ni este sacramento ni ningún otro, ni se puede entender cosa alguna en la vida cristiana. La celebración del matrimonio católico es un don que se lleva a cabo en un doble frente, por una parte entre los esposos, y por otra, entre estos y la Iglesia. Mutua y recíprocamente entre ellos porque eso son uno para el otro, un regalo de Dios; y entre ellos y la Iglesia porque gracias a la Iglesia hay sacramento válido. Dicho con otras palabras, de la Iglesia reciben los esposos la posibilidad y la gracia de ser constituidos en signo sacramental. Al hilo de esta reflexión no está de más recordar que todo sacramento siendo signo, no se agota en significar sino que además es signo eficaz de lo que significa, es decir, produce eficazmente aquello que está significando. Gracias a la acción de la Iglesia ejercida por medio del rito litúrgico, el matrimonio puede ser signo ante el mundo de la unión esponsal de Cristo con la Iglesia. Ahora conviene hacer un alto y caer bien en la cuenta de lo que venimos diciendo. Porque lo que se acaba de decir es que una esposa viva (la Iglesia) nace del costado de un esposo muerto (Cristo) y resucitado. “Gran misterio es este” dirá San Pablo a propósito del matrimonio, y añade, “y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. No le falta razón, pero en cualquier caso esta es nuestra fe.

A la luz de este nacimiento de la Iglesia se comprende con relativa facilidad la creación de la mujer relatada en el libro del Génesis. Es bien sabido que el texto sagrado dice que la mujer, Eva, fue creada de una costilla de Adán. ¿Será difícil de captar que estamos ante un paralelismo que hasta un ciego es capaz de ver? La mujer esposa (Eva), nacida del costado del varón dormido (Adán) no es sino la imagen real de otra esposa, la Iglesia, nacida del Varón Dormido (Cristo muerto) en la cruz, de cuyo costado manó sangre y agua, es decir, Eucaristía y Bautismo, es decir, la propia Iglesia.

En segundo lugar, tampoco será difícil de entender que solo puede salir afuera lo que previamente está dentro. Si la Iglesia nació del interior de Cristo es porque Cristo la llevaba dentro, la había concebido dentro de sí. Pues exactamente esta es la situación que corresponde al varón y a la mujer. La mujer (esposa) tiene su origen en el interior del varón y puede salir desde su interior si el varón la lleva dentro. Adán no había visto nunca a Eva, pero cuando se encuentra por vez primera con ella, sabe que no está ante un ser extraño sino ante alguien a quien reconoce como formando parte de sí mismo y por ese motivo puede exclamar que Eva es “carne de mi carne y hueso de mis huesos”.

Esta, esta es la clave. Aquí está el fundamento de la relación esponsal, en que los esposos -sin perder la condición personal de cada uno y su igual dignidad- no somos dos extraños, ni siquiera dos afines, ni dos amigos, ni puede el matrimonio entenderse como un contrato entre partes, ni como el pegadizo de dos elementos que se yuxtaponen, sino la unión que tiene lugar entre dos después de que una de las partes (la esposa) ha sido concebida en el interior del esposo, una “ayuda semejante” que le ha sido dada al esposo pero no desde fuera sino desde dentro de él. Hablamos de un estar dentro que no es físico, como el que se da entre madre e hijo, sino psicológico y afectivo. El hecho de que el llevar dentro el varón a la mujer sea de tipo psicológico no le hace menos real que si fuera físico, sino al revés, le da una intensidad mayor. Por este motivo no existe, no puede existir, entre personas humanas otra unión comparable a esta del matrimonio (ni siquiera la que se da entre madre e hijo), una unión que nos constituye en unidad, en “una sola carne” y que solo la muerte puede romper. San Pablo rematará la idea al exhortar a los maridos a amar a sus mujeres como parte de sí mismos, “como a su propio cuerpo”, y así “el que ama a su mujer, a sí mismo se ama; pues nadie jamás odió a su propia carne” (Efesios 5, 29).

Ahora, querido lector, además de estas reflexiones me gustaría ofrecerte un dato de experiencia que viene a confirmar lo que acabo de escribir. Me refiero al sentimiento común de tantas mujeres enamoradas que sin haber oído jamás explicaciones como estas, saben por sus propias vivencias que el amor al esposo les empuja a sentir el deseo de algo que por otra parte es irrealizable: entrar en el interior del varón, encerrarse en su pecho, volver a su lugar de origen. La poesía lírica, en general, viene a certificar esta tendencia imposible, que precisamente por ser imposible, no puede pasar de ser tendencia, aunque eso sí, tendencia permanente.

No será preciso decir que entender el ser varón y mujer, esposo y esposa, padre y madre desde la fe cristiana admite escasos puntos de encuentro, si es que admite alguno, con los modos sociales al uso y cualquier otra unión no sacramental. El hecho de que sean muchos los matrimonios cristianos que viven al margen de lo que son es muy de lamentar pero no anula el Santo Matrimonio instituido como sacramento por el mismo Jesucristo, ni tampoco lo devalúa, por más devaluada que esté la consideración social del mismo.

Mil gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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