Ser hombre: varón y padre (V)

Segunda función del padre: dar sombra “Dar sombra” es una función del padre que con esta denominación no aparece en …

Segunda función del padre: dar sombra

“Dar sombra” es una función del padre que con esta denominación no aparece en la literatura especializada, ni tiene su origen en la reflexión de los pensadores ni en las aportaciones de la psicología. Entender que una de las tareas del padre es “dar sombra” a la familia, especialmente a los hijos, pertenece a ese acervo universal de sabiduría práctica que llamamos sentido común. Es una expresión que se puede rastrear en el teatro y en la literatura, y aunque a mí me resulta conocida por el uso desde hace muchos años, no caí en la cuenta del auténtico valor de esta función hasta que dicha de esa manera, “dar sombra”, se la oí hace ya bastante tiempo a una esposa entrada en años pero entonces todavía joven. Esta mujer se enfrentaba a la posibilidad de perder a su marido en una complicada intervención quirúrgica a vida o muerte. Convenientemente avisada del riesgo de la operación, lo que más temía no era tanto su posible viudez cuanto que sus hijos, aun jóvenes y aun en el hogar, pudieran verse privados de la sombra de su padre.

La mujer tenía razón y a mí me sirvió para pensar. La razón que tenía procedía de ese centro personal e íntimo de donde brotan las razones del corazón que es la fuente de esas razones que, según Pascal, la razón no entiende y que constituyen las certezas profundas en las que se fundamenta la vida. La buena señora era iletrada pero su corazón de esposa y de madre no le engañaba y por él sabía que, si el marido moría, sus hijos quedarían desprotegidos, expuestos a la quemazón de un sol que se podía tornar hiriente sin la sombra del padre. Tengo que añadir -y lo hago con no poca incomodidad- que el padre cuya vida entraba en riesgo no era lo que se dice un modelo de padre, ni había sido nunca un ejemplo de responsabilidad, ni era precisamente un dechado de virtudes; al contrario, había acarreado a su familia un sinfín de sinsabores. Nadie mejor que la esposa para valorar la situación y cabalmente este cúmulo de circunstancias me hicieron pensar en el valor que ella concedía a la sombra del padre. (Cómo acabó este asunto no viene al caso, pero me parece que no está de más señalar el final de la historia y decir que el hombre superó aquella intervención y su vida además dio un vuelco).

En artículos anteriores se han señalado algunas diferencias entre hombre y mujer, hoy cabe añadir esta otra: La madre da calor, el padre da sombra. Dicho con palabras de hijo: Con mamá te sientes a gusto, con papá te sabes seguro. Mamá protege desde dentro, por contacto, papá desde fuera y a distancia. De la madre esperan los hijos atenciones y cuidados, del padre seguridad. En esto consiste dar sombra, en dar seguridad. Ambos protegen pero cada uno a su modo, la madre acurrucando, el padre fortaleciendo, enseñando a salvar obstáculos, entrenando para moverse en medio del mundo. Me parece que es muy significativo fijarse en cómo conduce cada uno al hijo, en cómo lo lleva físicamente. La madre lo abraza, a veces el padre también, pero en relación al padre es más frecuente ver que este encarama al niño sobre sus hombros. Es claro que esta diferencia viene dada por las diferencias de resistencia física entre padre y madre, pero junto a esa razón evidente aparece otra no menos importante. Llevar al hijo sobre los hombros es ponerle frente al mundo, enseñarle a mirarlo de frente, con seguridad, sin miedo. Esto es dar sombra al hijo. En brazos de la madre el niño duerme y descansa, en brazos del padre el niño mira el mundo despierto.

¿Hasta cuando dura la sombra del padre? La respuesta es hasta siempre. Mientras el padre viva, si el hijo quiere, puede acogerse a su sombra y beneficiarse de ella. Con el paso de los años el niño dejará de serlo y ya no podrá ir subido a los hombros del padre. Algo más adelante tendrá que habérselas con la vida y con el mundo por sí mismo y deberá tomar sus propias decisiones. Podría parecer que con la emancipación del hijo deja de ser necesaria la sombra del padre, pero no es cierto. El hijo necesita del padre mientras este vive porque el padre está dando sombra hasta que le llegue la muerte. Y cuando le llegue su muerte, con ella el padre dará al hijo su última lección. Toda muerte tiene un componente pedagógico aprovechable, pero la muerte del padre encierra una enseñanza única. La muerte del padre le enseña al hijo, como ningún otro podría hacerlo, que también él es mortal. Dicho con palabras del filósofo y político italiano Rocco Buttiglione: “Es la muerte de la persona querida, y especialmente la muerte del padre, la que hace para nosotros concreta la idea de la muerte y, en cierto sentido, anticipa nuestra propia muerte”.

Con esta idea volvemos a la primera función del padre, explicada en el artículo anterior. En él decíamos que la primera función del padre es introducir al hijo en la realidad. Ahora vemos aún más claro hasta donde puede el padre introducir al hijo en la realidad, hasta dónde se alarga su sombra. Lo sepa el padre o no lo sepa, su función de padre alcanza su punto culminante poniendo al hijo frente a la realidad definitiva y última, la realidad de la propia muerte.

Mil gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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