Ser hombre: varón y padre (VI)

Tercera función del padre: Educar moralmente, o sea educar. La función de educar es de ambos, padre y madre, pero en la educació…

Tercera función del padre: Educar moralmente, o sea educar.

La función de educar es de ambos, padre y madre, pero en la educación moral el padre adquiere un protagonismo tal que, si falta, difícilmente puede suplirse.

Vaya por delante una mínima reflexión sobre la idea expresada en el epígrafe inicial. Sin educación moral no hay educación. Digamos, por si hiciera falta, que la educación moral no es la educación religiosa, aunque al tiempo hay que señalar que ambas comparten un extenso campo común. Conviene no confundirlas porque en esta confusión la educación religiosa (hablo de la católica) no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. La moralidad es el campo de las acciones humanas en cuanto que hacen en referencia al bien y al mal mientras que la religión tiene por objeto la relación entre el hombre y Dios. La religión abarca la vida entera, todo lo que el hombre es y hace, piensa y siente en relación con Dios, consigo mismo y con los demás. Ya se ve que, sin desmerecer la importancia que la conducta tiene, todo esto va más allá de la conducta del hombre.

Ahora, centrándonos ya en la cuestión que nos ocupa, veamos que la educación moral se justifica desde la propia antropología, es decir, desde la propia naturaleza humana. La educación se puede definir de varios modos, pero si hubiera que buscar una definición amplia, sin entrar en matices técnicos, podríamos encontrarla diciendo que educar es perfeccionar el ser, y si se prefiere, mejor aún, no tanto perfeccionar cuanto a ayudar al educando en su propio perfeccionamiento. Entiéndase este perfeccionamiento en su sentido etimológico, es decir no tanto como refinamiento o brillantez (que también) sino más bien como terminación, como acabamiento, como construcción de algo que aun no está terminado.

Dicho esto, hay todo un racimo de preguntas que se desprenden solas. Yo me voy a fijar en solo dos. La primera es esta: ¿cómo se perfecciona el ser?, ¿cómo se construye? La respuesta está tan abierta como la pregunta. Las vías de perfeccionamiento son múltiples pero para no perdernos en esa multiplicidad nos centraremos en una sola: el ser se perfecciona -o se degrada- con el hacer. Ser y hacer en el caso del hombre mantienen una relación de recíproca dependencia: el hacer depende del ser y el hacer define al ser.

Por nada del mundo me gustaría, lector, que esto pudiera parecerte un revoltijo de palabras que más que aclarar, oscurecieran lo que quiero decirte, que por otra parte es bien simple. La idea es esta: la importancia de la educación moral está en que aporta criterios para conducirse en la vida, enseña qué hay que hacer (el bien) y qué hay que evitar (el mal). Cuando un hombre o una mujer saben lo que tienen que hacer para practicar lo primero y huir de lo segundo y lo hacen, entonces podemos decir que la educación ha conseguido uno de sus grandes objetivos. No es el único, pero sí es muy importante.

La segunda pregunta tiene que ver con la objetividad del bien (y su carencia, el mal). ¿El bien es objetivo o es subjetivo?, ¿existe un bien universal independiente de la persona o bien y mal son conceptos relativos? La respuesta a esta pregunta no es difícil pero el consenso se torna imposible porque la respuesta que demos depende de la idea de hombre que tengamos. (Según voy redactando, voy registrando la incómoda experiencia de estar abriendo varias puertas sin apenas cerrar ninguna. La amplitud de estos temas y las aportaciones del mundo del pensamiento desbordan por todas partes la pretensión de estas líneas. Por eso, permíteme que sea muy parco y que vaya al centro de la cuestión aunque deje muchos flecos sueltos).

Por mi parte te diré que sí existe el bien objetivo -y su déficit también objetivo, el mal-, es decir que bien y mal dependen del objeto, y que esto es compatible con su vivencia subjetiva. El bien y el mal son objetivos aunque en cuanto afectan a nuestra vida bien y mal los vivamos subjetivamente (porque las vivencias no pueden experimentarse de otra manera). Si el bien no existiera por sí mismo no habría manera posible de entendernos, ni de vivir en comunidad, ni de legislar, ni de establecer patrones de comportamiento o educación. A quienes anden un tanto recelosos con esta idea de la objetividad del bien, tal vez les pueda servir como receta la de desempeñar en la medida que se pueda el doble papel de protagonista activo y protagonista pasivo de una misma situación. Pondré como ejemplo la cuestión de la mentira. Si tú dudas, lector, en alguna ocasión sobre la licitud moral de una mentira, deberás resolverlo a la doble luz de quien miente y de quien es mentido. Si eres sincero, mucho me barrunto que acabarías coincidiendo con San Agustín cuando decía que en su vida se había encontrado a muchos a quienes les gustaba mentir pero no se había encontrado a nadie a quien le gustara ser mentido.

Trasladadas ahora estas pinceladas de reflexión (a más no llegan) a la función del padre, que es adonde queremos llegar, hay que decir que la educación moral corresponde especialmente al padre. La educación del hijo -toda la educación corresponde a ambos, padre y madre- pero los acentos son distintos y mientras la madre, por ser mujer se mueve mejor en el campo de la subjetividad, el padre, por ser varón, hace lo propio en el campo del orden objetivo. El padre representa la realidad, el modo de entender las cosas en su verdad, el orden objetivo, el saber hacer, la moralidad. El padre está situado a distancia, por eso conduce con la luz larga y ve las cosas en perspectiva. Esta es la razón por la cual percibe los detalles peor que la mujer, porque los detalles no se ven bien a distancia. Entre las posibilidades que la Pedagogía ofrece para la educación moral, después de haber estudiado estas cuestiones detenidamente, yo me inclino, con diferencia sobre las demás propuestas, por la educación en las virtudes humanas, también llamadas morales. No es verdad que la educación en las virtudes morales sea una cuestión del pasado. A quien use ese argumento hay que decirle que hay cuestiones que son intemporales, como por ejemplo, la necesidad de higiene; no hace falta explicarlas demasiado.

Para terminar, insisto en la idea anterior: las virtudes no son masculinas ni femeninas, son humanas, pero sí hay un modo masculino y uno femenino de vivir las mismas virtudes. Pues bien, aunque haya quien pueda extrañarse, el varón, por el hecho de serlo, cuenta con mucho terreno ganado para practicar la virtud y para educar en ella. No por casualidad el término “virtud”, tiene el mismo origen etimológico que viril, virilidad, etc., la palabra latina “vir”: Hombre, varón, esposo.

Mil gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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