Ser hombre; varón y padre (VII)

Cuarta función del padre: Dignificar a la mujer. No es difícil constatar que las medidas tomadas por nuestros gobernantes para luchar c…

Cuarta función del padre: Dignificar a la mujer.

No es difícil constatar que las medidas tomadas por nuestros gobernantes para luchar contra la violencia doméstica no están sirviendo para acabar con ella (me resisto a hablar de “violencia de género” porque la expresión es confusa e inexacta). Ahí están los datos de esa forma de violencia con su terca inmovilidad. Siempre habrá quien diga que si no se hiciera lo que se está haciendo los casos de violencia serían mayores. Bien, no lo negaré porque tal vez sea cierto, pero es discutible y cabe una duda razonable porque no hay modo de saber qué habría ocurrido si en lugar de adoptar estas medidas se hubieran tomado otras. Lo que sí sabemos seguro es lo que está ocurriendo y lo que está ocurriendo es un mal que va en aumento.

Es claro que el problema está aquí y de algún modo habrá que actuar ante este problema que entre homicidios y suicidios está costando muchas vidas. Si alguien me preguntara qué pienso yo que se debería hacer, honradamente le diría que no lo sé. Lo que sí veo claro es que las medidas que se puedan tomar, sean las que sean, no pasan de ser parches. Esto obedece a que estamos abordando el problema como la medicina aborda los síndromes, que es de manera sintomática ya que en los síndromes las causas suelen ser desconocidas. Pues bien, esto es lo que me parece a mí que no estamos haciendo en el tema de la violencia doméstica, ir a las causas, examinarlas con rigor y eliminarlas de modo que pudiéramos atajar el problema no en sus manifestaciones externas (cuando ya no hay remedio) sino en su misma raíz. Si elimináramos las causas, al menos en la medida en que esté en nuestras manos, no tendríamos que enfrentarnos luego a los cuadros habituales. Todo esto me recuerda a la enseñanza de Jesucristo sobre el remiendo nuevo en el manto viejo y creo que esta enseñanza cuadra a la perfección con la situación a la que me refiero. En mi opinión el manto (o sea el tejido social, la sociedad con los usos habituales tal como hoy se nos presenta) está tan deshilachado y tan débil que cuando se quiere remendar con una pieza de tela nueva (las medidas legales), el remiendo hace un roto mayor. Por eso, lector, si me preguntas cuál es la mejor tela con la que remendar te digo que no lo sé, ni veo que por aquí pueda venir solución alguna.

En cambio sí me parece que podemos dar solución a la cuestión si a esta sociedad nuestra le aplicamos el plan de Dios sobre el hombre y la mujer. En el horizonte social que se nos ofrece no cabe esperarlo de las autoridades, pero nada nos impide llevarlo a cabo en nuestros ambientes y en nuestra vida particular. A quienes nos lo creemos no se nos impide vivirlo, aunque tengamos nuestras dosis de cansancio, y tampoco se nos impide mostrárselo a otros y animarles a hacer lo propio. Por otra parte tampoco es tan complicado; si fuera muy complicado no podría ofrecerse abiertamente a todos sino solo a unos cuantos elegidos y es claro que este es un plan para mayorías. Dicho de manera rápida y breve consiste en aceptar con decisión y vivir con alegría las consecuencias que se derivan de aplicar los criterios que se exponen en estos ocho puntos:

1.- Que la forma de convivencia óptima es el matrimonio entendido como un compromiso indisoluble de amor y fidelidad establecido por un solo hombre con una sola mujer para toda la vida. En el caso de los cristianos el matrimonio es el matrimonio sacramental.

2.- Que tanto el matrimonio como la familia que de él surge tiene rango de institución y no es solo un acuerdo entre partes.

3.- Que el varón es cabeza de la mujer y de la familia y como tal debe ser tenido y respetado por todos los miembros de la misma.

4.- Que el varón debe amar a su mujer como Cristo amó a la Iglesia, desviviéndose por ella hasta el punto de dar la vida si hiciera falta.

5.- Que los padres son para sus hijos la primera y más valiosa autoridad con que van a encontrarse en este mundo. Esa autoridad tiene carácter sagrado puesto que viene conferida por el propio Dios.

6.- Que los padres son los primeros y más importantes educadores de sus hijos y tienen para con ellos el gravísimo deber de educarlos.

7.- Que toda familia es un santuario (el santuario de la vida), un lugar sagrado del cual los padres son los ministros.

8.- Que toda familia realiza su cometido en dos ámbitos, uno de intimidad, de acción ad intra, en favor de todos y cada uno de sus miembros y otro de apertura, de acción ad extra en favor de la sociedad, y especialmente de los más pobres.

Esta institución llamada matrimonio (y la familia que de él surge) ha recibido desde hace décadas, quizá siglos, -y en ello estamos- un auténtico vapuleo en todos los órdenes; está teniendo que soportar descrédito y desamparo permanentes, ridiculizaciones y mofas, comparaciones indignas con otros modos de convivencia, injerencias inadmisibles… Toda una cadena de ataques contra los cuales no hay medios naturales con los que defenderse. Lo digo con toda intención, “medios naturales”, porque sobrenaturales sí los tenemos, lo que pasa es que, vistos los resultados, cabe pensar que estos medios sobrenaturales o no los utilizamos o los utilizamos mal.

También en la Iglesia deberíamos revisar nuestros modos de hacer las cosas en orden al matrimonio y a la familia. Porque tenemos una hermosísima doctrina (la mejor que hay), se nos llena la boca de bellas palabras en torno a la familia y al amor y… por lo demás, en el día a día lo que se constata es vida muy mundana, tradiciones cristianas sí, todas las que queramos, pero muy muy paganizadas: el mismo o parecido miedo a la vida, los mismos o parecidos niveles de natalidad -que son ridículos-, los mismos o parecidos niveles de consumismo -que son escandalosos-, la misma o parecida desatención a los ancianos, el mismo o parecido rechazo por los pobres, la misma o parecida falta de compromiso social en todos los órdenes, etc., etc., etc. En mi opinión somos demasiado descuidados con los novios en su preparación al matrimonio y con los matrimonios ya constituidos; somos además demasiado inconsecuentes con las exigencias de nuestra fe. ¿Cómo puede ser que en una nación como España en la cual una buena parte de la educación ha estado en manos de la Iglesia haya sectores mayoritarios de nuestra sociedad que viven en situación de apostasía práctica?

Siento de veras que algún lector pueda incomodarse pero es muy triste comprobar que teniendo en nuestras manos la solución a problemas de tanta envergadura, andemos perdidos no se sabe muy bien en qué, mimetizados en la masa y nadando a favor de una corriente que ha vuelto las espaldas a Dios y a los hombres. Es muy triste comprobar que estamos pagando una factura altísima y que este modo de vida tiene consecuencias nefastas que recaen sobre personas y colectivos concretos. ¿Sabes quienes están sufriendo las heridas de una sociedad tan errática? Todos, las sufrimos todos, y especialmente los colectivos más débiles, pero además de estos colectivos las están sufriendo con increíble intensidad las mujeres. Las mujeres están pagando con sus vidas -por muerte o por desgaste- los errores de unos usos antipersona.

Ahora vuelvo al principio. No tengo recetas contra los padecimientos de la mujer pero sí sé que solo el varón-cabeza puede dignificarla. Esa labor de dignificación se realiza sobre todo en casa, la lleva a cabo el varón con su esposa en cuanto que es esposo y con sus hijos en cuanto que es padre. El padre en virtud de su autoridad, y con los recursos de su palabra, su ejemplo y su sentido del humor (las tres cosas son necesarias, no valen ni una sola ni solo dos) es quien enseña a los hijos a valorar y a respetar a la madre en cuanto madre y a las hermanas en cuanto mujeres. Si no lo hace él, en su lugar no lo hará nadie.

Para terminar, una palabra de ánimo. Lo que he escrito lo he dicho convencido, pero este no es el único convencimiento. Nuestra sociedad tiene muchas zonas oscuras, muchas cosas que funcionan muy mal, pero este panorama no es irreversible; al contrario, tenemos también sectores muy saneados y muy activos. Estos modos antihumano y anticristiano que nos envuelven son poderosos pero menos de lo que podría parecer y no es descabellado pensar que podemos invertir el sentido de estas tendencias ruinosas. Podremos perder la vida si así se nos pidiera en este empeño pero no podemos perder la esperanza. A fin de cuentas la historia tiene señor y el señor tiene nombre: Jesucristo. El Señor, con mayúscula.

Mil gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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