Ser hombre: varón y padre (y VIII)

Quinta función del padre: Bendecir a los hijos La quinta y última de las funciones del padre consiste en bendecir a los hijos. Es funci…

Quinta función del padre: Bendecir a los hijos

La quinta y última de las funciones del padre consiste en bendecir a los hijos. Es función de ambos, padre y madre, y sería bueno que ambos la realizaran conjuntamente, pero también en este caso hay que señalar que, por ser el padre el cabeza de familia, su bendición tiene un peso que no tiene la de la madre.

Ahora, tal vez convenga significar en qué consiste eso de bendecir a los hijos. La bendición de los hijos responde a una tradición bíblica que pasó posteriormente a la Iglesia en la cual se ha mantenido durante siglos y que hoy está prácticamente desaparecida. En mi opinión es una de esas prácticas de vida cristiana que conviene recuperar y extender tanto como se pueda porque hacen mucho bien. La bendición de los padres, igual que ocurre con la bendición en los actos litúrgicos se usa como cierre, como colofón de lo que se ha realizado. Del mismo modo que el sacerdote bendice a los fieles al final de la Santa Misa u otras celebraciones, así los padres (y sobre todo el padre) bendicen a sus hijos en las despedidas, al final de cada día al retirarse a descansar, o cuando el hijo tiene que abandonar la compañía del padre, bien sea porque se queda en el colegio, bien porque sale de casa, se marcha a un viaje, etc.

Por si acaso hace falta, digamos que la bendición paterna no es un acto piadoso que se transmite a los hijos como quien inculca una devoción concreta o una práctica religiosa, ni es tampoco solamente un signo de educación cristiana sin mayor trascendencia que las buenas costumbres. No es así la cosa. En eso podría convertirse si no se hiciera personalmente o si se transformara en una rutina carente de contenido.

La bendición de los hijos realizada por los padres es una práctica que tiene su origen en el matrimonio sacramental de los padres y todas las acciones de propias de este sacramento hay que entenderlas dentro del sacerdocio común de los fieles cristianos. Todo cristiano, por la crismación recibida en su bautismo ha sido constituido sacerdote, profeta y rey, de tal manera que cualquier bautizado, por el hecho de serlo, participa de una manera misteriosa, pero viva y real, del sacerdocio de Jesucristo. No será -no es- el sacerdocio ministerial del sacramento del Orden que recibe un presbítero y por tanto no confiere la capacidad ni el poder que confiere el Orden, pero es verdadero sacerdocio. Entre estos dos tipos de sacerdocio (común y jerárquico) conviene señalar al mismo tiempo su enorme relación y su enorme diferencia. Ambos aspectos, relación y diferencia, vienen explicados por el Concilio Vaticano II de esta forma: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual” (Lumen gentium, 10).

No nos interesan ahora las diferencias, sino algo de lo que tienen en común y lo que tienen en común es que en ambos casos se trata de un oficio de mediación cuyo origen y fuente es el sacerdocio de Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres. Las funciones sacerdotales son diversas y variadas, pero lo esencial en el sacerdote es en la mediación. Ser sacerdote es ser mediador entre los hombres y Dios. Aplicado a los padres respecto de sus hijos, su labor de mediación consiste en llevar a Dios a los hijos y llevar a los hijos a Dios. No está la cosa en engendrarlos, sino en engendrarlos para la Vida, con mayúscula, en que sean hijos para el cielo. En esta tarea se inscribe y tiene todo su sentido el sacerdocio común referido a los padres. Se trata de una exigencia de la fe, constituye una altísima responsabilidad y es a la vez un honor que Dios les concede. La Iglesia se refiere a ella diciendo que “los padres son para sus hijos los primeros predicadores de la fe” (Lumen gentium, 11) y califica esta obligación como “gravísima”. ¿Se le hace poco a alguien?

Dentro de esta labor de mediación está el hecho de bendecir, que es común a todo cristiano pero adquiere especial relieve si se trata de la bendición de los padres sobre los hijos. Todo fiel cristiano tiene la capacidad de bendecir. Su bendición no será -no es- como la del sacerdote ministerial, pero es bendición efectiva. La bendición de cualquier cristiano no es una expresión de buenos deseos como cuando nos felicitamos por algún acontecimiento grato o nos deseamos prosperidad para el nuevo año, el nuevo curso, etc. Esto, como cualquier gesto de cortesía o de amabilidad, está muy bien que lo hagamos unos con otros, deja buen sabor de boca y sirve para lubricar las relaciones sociales demasiadas veces ásperas pero no tenemos ninguna seguridad de que nuestros deseos vayan a ser eficaces. Yo, por ejemplo, puedo desear intensamente la salud a alguien enfermo pero ya sé de antemano que mi deseo no influirá ni poco ni mucho en el curso de su enfermedad. Ahora bien, cuando con sinceridad de corazón yo le digo a alguien “Dios te bendiga”, en virtud de mi bautismo, se me ha dado la capacidad de comunicar la gracia de Dios a través de estas simples palabras. No es mi deseo sino la acción de Dios que unida a mi deseo bendice a aquel a quien yo bendigo usando como medio mis palabras y por eso mis palabras pueden resultar eficaces. (Otra cosa es la actitud de quien reciba mi bendición, que puede aprovecharla o no).

Trasládese ahora todo lo que se acaba de decir a los padres y se entenderá el enorme favor que estos, y especialmente el padre, pueden hacer a sus hijos cada vez que en nombre de Dios les bendicen.

Quizá algún lector se esté preguntando cómo se hace esto de bendecir a los hijos, qué hay que hacer y qué hay que decir. No hay una fórmula establecida ni una manera única, al menos que yo conozca. De la Sagrada Escritura podemos copiar bendiciones muy hermosas, que tienen la ventaja de ser palabra de Dios pero que tal vez debíamos reservar para ocasiones solemnes (días como Navidad, Pascua, fiesta de la Sagrada Familia, aniversario de bodas, etc.). Para cada día yo me inclino por una bendición que reúna tres características: que sea muy sencilla, que sea suplicante (pidiendo a Dios que sea Él quien bendiga) y que ser muy sentida. No debe faltar un signo externo; el más acostumbrado es trazar la señal de la cruz en la frente del hijo al tiempo que se invoca el nombre de Dios sobre el niño. Por ejemplo así: “Dios Nuestro Señor te bendiga, (nombre del hijo), en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. A lo que el niño responderá. – Amén. Gracias papá y mamá.

Lector amigo, si eres padre ¿conoces mejor manera de despedir a tus hijos?

Mil gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.

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