Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (I)

Virgen María, Ser madre, madre e hijo

Después de Pentecostés, se celebra con carácter obligatorio para toda la Iglesia la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Un hito más en este mes de mayo que los católicos dedicamos con especial cariño a honrar a la Virgen María, Mujer Única, con mayúsculas, que ha merecido las mejores loas por partes de sus hijos generación tras generación, de manera ininterrumpida desde que viviera en Palestina hace dos mil años. Las ha merecido y las sigue mereciendo. La devoción a la Virgen es una de las constantes en la vida de la Iglesia desde sus inicios hasta hoy y en algunas tierras, como esta nuestra, con devoción especialmente sentida. ¿Cómo no recordar la despedida de San Juan Pablo II en su último viaje a nuestra patria en 2003?: “¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!” En general a los católicos españoles, a poco asumida que tengamos nuestra historia colectiva de fe, no se nos tiene que convencer del valor del amor filial a la Virgen. Por ello sabemos bien que todo cuanto pueda decirse ensalzándola se queda pobre y que toda alabanza que se ajuste a la verdad de Santa María, bajo cualquier aspecto, merece ser cultivada y extendida.

Por otra parte, desde hace años, venimos celebrando civilmente en este mismo mes en varios países, entre ellos el nuestro, el Día de la Madre. Dos eventos, la celebración católica de Santa María, Madre de la Iglesia y la celebración civil del Día de la Madre, que a pesar de sus diferencias esenciales, están unidos por un hecho humano fundamental en nuestras vidas: la maternidad. Un hecho entrañable en todos los sentidos del término, que no pasa por sus mejores momentos ya que hoy -lo digo con profunda tristeza- no son pocas las mujeres que se cierran a la fecundidad, a la vez que muchas otras retrasan la llegada de su primer/único hijo hasta edades límite, mujeres que inician voluntariamente su ser madres casi en tiempo de descuento.

Es claro que el tipo de vida -digamos estándar- que nos hemos dado, no ayuda en absoluto a la maternidad en edades tempranas ni a tener familias de prole abundante. Son muy fáciles de entender las razones de muchos matrimonios y de numerosas madres a quienes les gustaría traer más hijos al mundo si pudiesen verse liberadas de muchas de las cargas a las que se ven obligadas por el patrón de vida impuesto como normal en esta época. Pero el hecho de entenderlo no anula el problema ni a mí particularmente me sirve de consuelo para aliviar la tristeza que me produce ver la falta de valoración con que se mira y se trata a la maternidad. Porque ocurre que al mismo tiempo que muchas mujeres se ven empujadas a una maternidad escasa y tardía, hay también una elevadísima tasa de parejas y matrimonios que renuncian a ella o a tener más hijos por puro hedonismo, porque ven la fecundidad como un fastidio y una complicación de vida, o bien porque anteponen otros intereses al hecho de tener hijos o más hijos.

De manera que unos porque se refugian en las dificultades (más o menos justificadas) que la procreación comporta y otros porque renuncian a ella, lo cierto es que padecemos una crisis de fecundidad como probablemente no se haya conocido en la historia. Que la maternidad está pasando por horas muy bajas es difícilmente discutible. Podremos discutir sobre los motivos y su justificación, sobre las posibles soluciones, pero la decrepitud demográfica de nuestras sociedades es un clamor que empieza a manifestarse con aires de protesta en amplias zonas, sobre todo las rurales porque es donde sus efectos se hacen más patentes. Ahora bien, no deja de resultar chocante que nos quejemos de despoblación cuando socialmente nos hemos empleado a fondo contra la maternidad, castigando a la natalidad con todos los medios a nuestro alcance que en síntesis son tres: métodos anticonceptivos, esterilizaciones y aborto voluntario. Por la misma lógica cabría esperar que cualquier día se lanzaran a reivindicar limpieza en las calles los que más contribuyen a su degradación.

Estamos ante un problema demográfico que reviste dimensiones de calamidad pública, que aún no ha revelado toda su problemática, que es muy compleja, porque no ha hecho sino dar sus primeros avisos; ahora estamos en los inicios de su aparición, pero, a no ser por un frenazo no previsible, seguirá engrosando y revelándose en toda su crudeza. Para ello basta con que no hagamos nada, con que dejemos pasar unos cuanto años siguiendo con las mismas conductas reproductivas. Los datos son incontestables, ciertamente, pero el problema demográfico pertenece a las consecuencias no a las causas. Y esto es lo que a mí me parece más preocupante, que nuestros ojos se centren solo en ver cómo paliar las consecuencias y no en atajar las causas porque de ese modo no solo no saldremos de él, sino al contrario, seguirá aumentando. Si las causas siguen operantes, los efectos no pueden ser sino los que corresponden a sus causas. Porque lo cierto es que seguimos alimentando el debilitamiento de la maternidad. Este modo de proceder (dolerse del problema y pensar en buscar arreglo mientras se fomentan las causas que lo provocan) recuerda mucho a las sangrías que en tantísimos casos prescribían los médicos en el pasado, cuando se suponía que las causas de un abanico amplio de enfermedades estaban en los malos humores de la sangre, de modo que el remedio venía a debilitar al enfermo más aún de lo que estaba.

He traído esta comparación con toda la intención para ilustrar nuestro problema, para su mejor identificación, que es el primer paso para encararlo con alguna esperanza de solución. Porque este no es un problema de números, ni de reparto de población, sino de sangrías, de falta de vida, pues lo que estamos perdiendo es vida y la estamos perdiendo a chorros. La falta de fecundidad no es sino un reflejo y un efecto del rechazo, cuando no miedo, a la vida. Puestos a imaginar, si por un capricho del azar (cosa que no existe), pasáramos de la noche a la mañana de tener miedo a la vida a entusiasmarnos con ella, el problema se acababa en unos cuantos años, más bien pocos, con una generación sería suficiente para darle la vuelta a esta situación calamitosa.

Pero ahondemos un poco más. ¿Qué clase de problema es el rechazo a la vida, “el miedo a la vida”?, ¿de qué índole es? En mi opinión este es un problema filosófico-moral. La inexistencia de buenos planteamientos filosóficos y morales está en la raíz de esta depauperación demográfico-social que nos azota. Recuerdo haber leído hace algunos años unas reflexiones de Rocco Buttiglione sobre la familia en el mundo actual en las que sostenía que una de las causas de la crisis de la familia era la inexistencia de una filosofía de la familia. Creo que el filósofo italiano atinaba en su reflexión, pero si se me apura, yo iría un punto más allá en la concreción del lenguaje y diría que más que una filosofía de la familia lo que yo echo en falta es una metafísica de la familia. ¿No es lo mismo? Para lo que Buttiglione quería decir sí, es lo mismo, porque ambas denominaciones responden a la misma realidad, pero ocurre que con la palabra “filosofía” en la actualidad no sabemos a qué atenernos. Tiene una significación tan dispersa que no sabemos bien qué encierra. Hoy te puedes encontrar con que tal equipo de fútbol ha conseguido un gran triunfo deportivo gracias a la filosofía del entrenador, que los accionistas de una compañía acusen a los gestores de mala filosofía en el negocio o que un rutilante cocinero explique que su éxito se debe a su filosofía en la elaboración de las tapas. Es verdad que ese riesgo se da con cualquier palabra, también con la palabra “metafísica”, pero de momento está menos ajada (no puede estarlo por falta de uso) y, por tanto, menos contaminada.

La pregunta consiguiente es en qué puede ayudar la metafísica a la familia o cómo puede favorecerla. La metafísica solo tiene un cometido: revelarnos el ser hasta donde nuestra razón pueda entenderlo. Ya se ve que se trata de una finalidad tan sencilla de entender como complicada de llevar a cabo porque el ser siempre encierra una carga de misterio. A la metafísica de la familia le corresponde sacar a la luz de manera comprensible lo que la familia es. Con esto no digo nada nuevo. El gran San Juan Pablo II, del que se olvida con mucha frecuencia su condición de filósofo, señaló este camino hace ya unas décadas. En la exhortación apostólica “Familiaris consortio” dejó expresado un deseo con el verbo en imperativo: “Familia, ¡«sé» lo que «eres»!” (nº 17). Idea parecidísima, dicha casi con las mismas palabras que había dirigido años atrás a toda Europa (es decir, a los ciudadanos europeos) desde Santiago de Compostela: “Europa, sé tú misma”. Ser uno mismo, ser lo que ya se es. Tarea siempre inacabada y siempre actual que consiste en sacar a la luz y fomentar el programa contenido en las potencialidades del propio ser para que pueda llegar a la plenitud a la que ha sido llamado. “Familia, ¡«sé» lo que «eres»!” (escrito con exclamaciones y comillas en el texto original): santuario, escuela y taller; el nido del amor humano, manantial de la vida y recinto sagrado para su custodia y de desarrollo, escuela de virtudes y buenas maneras, taller de prácticas de servicio a los demás y de reparación de heridas personales.

Todo un programa para nuestros jóvenes, a quienes debe ser propuesto sin miedo, abiertamente. Todo un programa y todo un desafío dado los tiempos que corren. He dicho a los jóvenes y he dicho bien, pero todavía hay que precisar más la afirmación dirigiéndola a las jóvenes, presentándoles la maternidad con su atractivo humano y su encanto, que es mucho, mucho más de lo que encierran los mensajes de desafecto que les están llegando por todas partes. ¡Ya está bien de desacreditar a la maternidad, de acosarla, de zaherirla, de ridiculizarla, de estorbar a su realización cargada de belleza! Y todo esto con la figura entrañable y única de la Virgen María al fondo, nuestra madre querida.

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