Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (III)

madre

Carta abierta a la gente joven (continuación de II)

La maternidad constituye la más sublime realización de la mujer. Ser madre es lo más importante que una mujer puede ser. Entiendo que una afirmación como esta, por una parte tan categórica, y por otra tan escasamente compartida, resulte extraña o parezca que está fuera de lugar y de tiempo. ¿Ser madre es lo mejor que la mujer puede ser? Sí, por varias razones. Pero antes de entrar en algunas de ellas, déjame que te diga que en esto no mandan modas. La maternidad y la paternidad son como el lecho y las riberas, respectivamente, que forman el cauce por donde discurre la vida del hijo. Del mismo modo que no hay río si no hay cauce, no hay hijo si no hay padre y madre. Paternidad y maternidad son, por necesidad, siempre actuales porque son intemporales. Igual ocurre con asuntos como el amor, la libertad, el liderazgo, la amistad, el problema del mal, las dudas de la conciencia, la rivalidad entre los pueblos, etc. Estas cosas, y un sinfín más, dejarán de ser actuales cuando deje de ser actual el hecho de ser hombre, o sea nunca; mientras exista un mundo poblado por hombres y mujeres, las cuestiones humanas esenciales estarán aseguradas. Otra cosa son los modos como se viven en cada momento, pero ese es un tema aparte.

Ahora trataré de explicar cómo se puede sostener este criterio número tres: “La maternidad constituye la más sublime realización de la mujer”. Con varios argumentos. Yo voy a señalar dos, uno de orden objetivo y otro subjetivo. Empiezo por este último.

La experiencia de las madres

Una manera aceptable es acudir a la experiencia de las mujeres que son madres. La inmensa mayoría de las madres coinciden en dos cosas: una, que la maternidad ha sido su gran experiencia irrenunciable, por encima de cualquier otra, y dos, que acarrea muchos y grandes sufrimientos. Que esto sea así, que la inmensa mayoría de madres coincidan en que por ser madres hay que pagar una cuota de sufrimiento muy alta -con lo repelente que nos resulta el sufrimiento- y a pesar de ello digan que no cambian la maternidad por ningún otro de sus acontecimientos biográficos, quiere decir que la maternidad es lo más grande y hermoso que la inmensa mayoría de las mujeres han conocido en su vida, y muy probablemente que la maternidad sea lo más grande y hermoso que una mujer puede experimentar en cuanto mujer.

Digo ‘probablemente’ porque siendo rigurosos con las leyes de la verdad, hay que decir que ni el consenso amplio ni la unanimidad garantizan la verdad de una afirmación, ya que la verdad de lo que se afirma no depende de cuál sea la opinión ni el número de opinantes. En el que caso que nos ocupa, ese consenso por el cual las mujeres sostienen que ser madre es lo más grande de su vida podría no ser verdadero y la inmensa mayoría de madres del mundo estarían en un error, pero reconocerás conmigo que sí tiene mucho peso y que para negarlo habría que admitir que todas las madres del mundo mienten y además habrían debido de ponerse de acuerdo en mentir; hipótesis, como ves, bastante burda, bastante difícil de sostener y más difícil aún de aceptar.

El valor de la persona

El segundo argumento, el de orden objetivo, está en el valor de la persona. En “Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (I)” se dejó dicho que “cuando una mujer da a luz pone en el mundo un ser absolutamente nuevo y singular que no ha existido nunca y que no volverá a repetirse”. Añadamos ahora que ese ser absolutamente nuevo y singular llega al mundo completamente inerme y desvalido, siendo absolutamente incapaz para vivir de manera autónoma, pero a pesar de esta incapacidad absoluta, ya posee una riqueza infinitamente superior a toda la creación no personal. Cualquier recién nacido se muestra ante nuestros ojos como alguien cuya única actividad consiste en reclamar cuidados básicos, un pequeño cuerpo biológicamente muy inmaduro, completamente dependiente de las atenciones externas sin las cuales le sería imposible vivir; pues bien, ese ser tan precario y tan sumamente frágil encierra en sí mismo una riqueza que supera en valor a todo el conjunto de astros que se mueven en el universo con todo lo que contienen, incluida la tierra con sus bosques y montañas, minas y volcanes, ríos y mares, con sus plantas y animales, con sus obras de arte y de ingeniería y con todo el bagaje cultural acumulado a lo largo de la historia humana.

¿Cómo puede haber una desproporción tan grande a favor de un cuerpecillo inmaduro frente a la inmensidad casi infinita de la creación material? ¿Cómo puede ser verdad que un neonato valga más que cualquiera de los recursos naturales y más que la totalidad de todos ellos juntos? La respuesta es porque es persona. Quizá esto te cueste entenderlo. No te inquietes por ello, pero si acaso te cuesta, eso significa que aún no has profundizado lo suficiente en el concepto de persona. No te dejes engañar por las apariencias, la  persona humana es un misterio que encierra una riqueza y una profundidad mucho mayor que la idea que podemos hacernos a simple vista frente a un hombre o una mujer cualquiera. “Persona -dejó escrito Santo Tomás de Aquino- es lo que en toda naturaleza es perfectísimo”. Todas esas maravillas naturales (astros, animales, bosques, aguas, etc.) que he señalado y todo lo que pueda seguir descubriéndose de valioso, llegará un día, no sabemos cuándo, de lo que no quedará absolutamente nada. Todo ese mundo hecho de materia es por necesidad caduco mientras que la persona no lo es. Desaparecerán para siempre todos los seres impersonales y la persona, toda persona, seguirá existiendo. Pero te digo más aún, aunque la persona no siguiera existiendo, este tipo de vida que disfrutamos los humanos antes de nuestra muerte (vida inteligente, creativa, libre, amorosa, trascendente, etc.) viene dotada de unas cualidades incomparablemente superiores a las que poseen el resto de los seres. Toda persona es una joya única que está llamada a embellecer este mundo de un modo singularísimo y extraordinario, aportando cada uno su propia especificidad.

Y todo ello gracias a la acción conjunta de los padres, pero sobre todo de la madre cuya contribución es cualitativa y cuantitativamente muy superior a la del padre y cuya maternidad tiene un protagonismo que no encierra la paternidad.

Tu vida, un manuscrito

Lamentablemente todas estas maravillas que Dios ha dispuesto como don para la pareja humana y para el mundo entero, y que están a nuestro alcance en el “libro de la naturaleza”, quedan en nada cuando la mujer renuncia a ser madre y resulta empobrecida en la misma medida que caprichosamente cierra las fuentes naturales de su maternidad. ¿Recuerdas que en “Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (I)” usé la expresión “libro de la naturaleza”, tomada de Galileo ? Pues bien, si trasladamos ahora la imagen a nuestra propia vida en el sentido de que podamos entenderla toda ella también como un libro, un manuscrito autobiográfico cuyas páginas vamos escribiendo día a día, podríamos decir que al final de la vida habrá matrimonios a los que se les entregó un libro de familia que podrán mostrar abiertamente convertido en una verdadera obra literaria (cada hijo bien educado podría compararse a un capítulo) y habrá quien lamentará no haber escrito nada o no haber pasado de hacer unos cuantos garabatos por aquí y por allá.

¿Realizarse como mujer al margen del “libro de la naturaleza” -que es lo mismo que decir al margen de lo que Dios quiere-? Para las mujeres que no hayan sido llamadas a la maternidad, bien está, pero aquellas que han sido bendecidas con el don de traer hijos al mundo, realizarse como mujer significa sobre todo y por encima de todo lo demás, ser madre. Como Dios manda, me falta por decir, que también se puede ser madre de manera muy deficiente.

La familia mínima, responsabilidad de todos

No sé si esta expresión, “realizarse como mujer”, sigue siendo de uso frecuente porque se viene repitiendo mucho desde hace bastantes años y con el tiempo y el uso también las palabras pierden vigencia. En cualquier caso hay que señalar que lo frecuente es oírla referida a las conquistas de la mujer en el mundo académico, laboral, deportivo, etc., y siempre en el contexto de una especie de carrera comparativa, tratando de que la mujer alcance objetivos considerados tradicionalmente masculinos. Me parece muy bien que unos y otras puedan desarrollar todo su potencial individual, sentirse orgullosos de ello y ponerlo al servicio de sus familias y de la comunidad, pero me parece muy lamentable que tenga que ser a costa de familias mínimas y de sociedades envejecidas. Y esto no es responsabilidad exclusiva de la mujer sino de todos. De todos en general porque esta cerrazón a la vida es un criterio predominante en el ambiente, y de lo que ha tomado cuerpo en el ambiente somos autores todos los que contribuimos a ambientar este mundo. Cada cual sabrá de su contribución y sálvese quien pueda. (Al hablarte de esto, permíteme un apunte personal, porque quiero ser absolutamente claro. Por mi profesión docente he contribuido desde la educación a fomentar y a aupar a niños y niñas tanto como he podido, y en el último cuarto de mi docencia a adolescentes y jovencitas en un colegio exclusivamente femenino. Cuando empecé, a comienzos de los años setenta del siglo pasado, a muchos había que abrirles horizontes porque sus objetivos iban poco más allá que completar lo que en aquel tiempo era la EGB -Educación General Básica-. En cambio, en mi última etapa como profesor de Secundaria y parte de Bachillerato, que acabó hace tres años, la aspiración generalizada, casi unánime, era la Universidad, lo cual obligaba a educar con el mayor grado de excelencia posible. Dicho con la mayor sencillez y humildad, me cabe la satisfacción de haber contribuido, en la medida que me ha tocado, a la formación y promoción de las chicas tanto o más que la de los muchachos). No tengo nada en contra de la formación de la mujer, de su acceso a trabajos y responsabilidades de igual rango que las masculinas, y no solo no tengo nada en contra sino que cuento con razones sobradas para decir que la mujer añade un plus de buenas cualidades que enriquecen la vida social en todos los órdenes.

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