Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (y V)

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La maternidad en solitario es una situación deficitaria para la madre y para el hijo

En los ambientes juveniles no es demasiado raro oír a algunas chicas plantearse la maternidad en solitario como una más entre las opciones de su vida adulta. Ciertamente lo es, y no son pocas las que lo llevan a cabo: quieren tener un hijo y lo tienen. La mujer que se lo proponga, y para la cual el fin justifique los medios al margen de otras consideraciones, no tendrá que sortear demasiadas dificultades, pues a la futura madre no le costará mucho esfuerzo encontrar a algún irresponsable dispuesto a satisfacer su deseo. Ahora bien, esta práctica, cada vez más extendida, merece algún comentario, porque conduce a la madre y al hijo, a los dos, a un futuro menos halagüeño de lo que puede parecer cuando la mujer decide ser madre en solitario.

Si con carácter general, “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18), hay momentos, quehaceres y situaciones en la vida de toda persona en los que se hace especialmente necesaria la ayuda y la compañía. Y una de esas situaciones es la maternidad, sobre la cual conviene hacer algunas precisiones importantes. En todos los momentos de la maternidad, desde que la mujer tiene la primera noticia de su embarazo, hasta la emancipación del hijo, pasando por la gestación, el alumbramiento y las distintas fases de la crianza, es de una enorme importancia verse acompañada y animada, saber que otros comparten hasta donde pueden el peso de su maternidad, preferiblemente el padre de su hijo y contar con su ayuda sobre todo en las tareas de crianza y educación.

¿Se puede ser madre en solitario? Se puede, pero a costa de esfuerzos ímprobos y de un enorme desgaste para la mujer que por el motivo que sea, se encuentra viviendo su ser madre aislada de ayuda y compañía. No son pocas las madres que se ven privadas de la participación del padre en las cargas familiares por contingencias inesquivables (viudez, separación, abandono, dejación, etc.). Cuando estas situaciones se dan de manera involuntaria ya resultan dolorosas, teniendo que sobrellevarlas como mejor se  pueda, pero no es admisible que sean elegidas voluntariamente. No hay manera de entender que por una opción frívola de la madre, el hijo tenga que prescindir para siempre del gran referente de su identidad: su padre. Para su adecuado crecimiento y desarrollo psicológico, los hijos necesitan de la presencia y de la acción paterna tanto como de la materna, y en algunos aspectos concretos, y en ciertas edades, como la adolescencia, aún más que la materna.

¿Habrá que recordar que el padre no es una figura decorativa? Cualquiera, por su propia experiencia, sabe que no, tanto si la experiencia ha sido buena como si no lo ha sido, pero por si acaso a alguien le puede venir bien, recordémoslo. El padre no es un adorno en la familia, ni es tampoco, como tantas veces se nos presenta, una figura secundaria respecto de la madre. Del padre no se puede prescindir a capricho como se prescinde de cualquier cosa superflua. No vamos ahora a entrar a explicarlo porque en este mismo blog, en diversos momentos, se han dedicado reflexiones abundantes sobre la figura del padre, pero sí es bueno insistir una y otra vez en la necesidad de la presencia de los dos, padre y madre, y el beneficio de su acción conjunta, unificada y concorde. Si además están unidos en matrimonio mejor, y si el matrimonio es sacramental, mejor que mejor. Es la mayor garantía para llevar adelante una vida de familia lo más saneada y feliz desde un punto de vista humano.

Lo que sí vamos a hacer es considerar algunos aspectos que por su interés merecen ser comentados:

El hijo tiene derecho a un padre

Yo sé que el derecho de todo hijo a tener un padre y vivir con él no es el argumento de más peso que cabe presentar contra la maternidad en solitario, pero a efectos prácticos, en algunas ocasiones sí me lo ha parecido y he apelado a él varias veces, tanto en charlas teóricas como cuando se me ha pedido orientación para casos concretos. El argumento es el siguiente: Tú estás deseosa por ser madre; enhorabuena, es una aspiración muy noble y muy legítima para toda mujer. Ahora bien, dices que tú sola, por tu cuenta, rechazando la presencia del padre en la vida de tu hijo. Es decir, tú, porque así lo decides, le dejas a tu hijo huérfano de padre desde el momento cero de su existencia. Tú, por un antojo inexplicable, le privas a tu hijo del derecho a vivir bajo la sombra de su padre y muy probablemente de la compañía de unos hermanos. Te arrogas un derecho que no tienes mientras le quitas a tu hijo el derecho que sí tiene. ¿Quién te concede tal poder, quién te da tal autoridad? ¿Eres, acaso, la dueña de tu hijo, de su vida o de su persona?

Por otra parte conviene tener muy presente que el padre es, además, motivo de complacencia y de orgullo para los hijos, sean chicos o chicas. Fuera de los casos de conductas indeseables, el padre es visto por el hijo, al menos en la infancia, con ojos de enorme admiración; como un héroe indiscutible, cuando no una especie de semidiós. Todos sus movimientos son estudiados y escrutados, observados, absorbidos y copiados por el hijo tanto de manera consciente como inconsciente. Lo que el padre hace o dice, su personalidad, su trabajo y sus aficiones, sus modos de relacionarse, etc., siempre que no resulten dañosos para el hijo, son admirados y celebrados por este como propios. Todo eso constituye gran parte del alimento del alma del hijo durante la infancia, del mismo modo que la leche materna alimenta su cuerpo recién nacido. El modelado que el padre ejerce sobre sus hijos en los años de la niñez es el correlato psicológico de su nutrición física.

Tú, madre en solitario, podrás privar a tu hijo de todos los aportes paternos necesarios, pero debes saber que con esa decisión injustificable, le estás exponiendo a una debilidad psicológica de la no le será fácil recuperarse, si es que puede, por una razón muy sencilla: porque muy probablemente tu hijo no admita sustitutos de su padre, y con toda la razón, porque no hay padres de recambio; otros quizá puedan hacer sus veces y ocupar su sitio, pero difícilmente podrán nutrir su alma. Si acaso tuvieras que darle explicaciones de su orfandad, ¿qué le vas a decir?, ¿con qué razones vas a satisfacer su vacío?

El hijo no es un capricho sino un don

Aquí está la clave de todo este asunto: entender al hijo como un regalo o entenderlo como una propiedad personal de la madre.

Mientras escribo estas líneas me llega un boletín diario de información religiosa que recoge estas palabras del Papa Francisco pronunciadas hoy, 19 de junio, de manera improvisada en un encuentro con asociaciones familiares: “Los hijos son el mejor regalo. Los hijos que se reciben tal y como vienen, tal como Dios los manda, como Dios lo permite, incluso si a veces están enfermos”.

Decir que el hijo es un don puede sonar a frase hecha y a la vez a una idealización del hijo no exenta de poesía. Cada cual sabrá cómo le suena, pero está llena de verdad porque revela dimensiones muy importantes para entender adecuadamente algunas de las dimensiones de hechos humanos tan profundos como la paternidad, la maternidad y la filiación. He aquí tres de esas dimensiones.

En primer lugar está la idea de que la paternidad y la maternidad no están al servicio de los padres, sino de los hijos y en ese servicio bien ejercido se juega la felicidad tanto de los hijos como de los padres. Todo el que recibe un don queda obligado con el dador y con la custodia del propio don, y en este caso la obligación consiste en servir a los hijos para ayudarlos a ser hombres y mujeres conscientes de su dignidad y dueños de sí hasta donde cada uno pueda de acuerdo con sus aptitudes y capacidades.

En segundo lugar está el hecho de que el hijo, entendido como el don que es, conduce a los padres a situarse en una perspectiva que de otro modo tal vez no se situarían nunca: la perspectiva del don. El don del hijo viene a reforzar y a incardinarse en el don recíproco que son cada uno de los dos esposos para el otro. Pero esto solo puede entenderse si los padres son esposos, por este motivo se decía antes que si los padres están unidos en matrimonio, mejor, y si el matrimonio es sacramental mejor que mejor. No digo esto movido por un sentimiento piadoso sino por un motivo bien distinto y es que nada ni nadie como la doctrina de la Iglesia ayuda a entender las relaciones hombre-mujer y la paternidad-maternidad como verdaderos dones. Nada mejor que la fe para interiorizar y hacer nuestra esa perspectiva del don que tanta verdad encierra y que tanto bien nos hace cuando nos afianzamos en ella, entre otras muchas razones porque nos lleva a preguntarnos por el dador. Si hablamos de don es que hay dador y si hay dador, ese no puede ser otro que el propio Dios porque nadie puede regalar personas sino Dios. Los hombres nos regalamos cosas, Dios regala personas: este marido, esta mujer, estos hijos, estos padres… Él a sí mismo en cada de sus tres Personas Divinas. Todo esto ¿para qué  sirve? Para andar en verdad, para caminar por la vida como hijos de Dios, que es lo mismo que decir para poder disfrutar de una anchura de miras y una libertad únicas que resultan desconocidas e inconcebibles para aquellos que no se saben hijos ni se ven como hijos de tan excelso Padre. Una libertad que es “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21) y una anchura de miras como la que proclama San Juan de la Cruz en un texto de cuyo contenido cabría desconfiar si no hubiera salido de la pluma del gran doctor místico. Dice así:

Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre. (Dichos de luz y amor, 27)

En tercer y último lugar porque ubicarse en la perspectiva del don significa caer en la cuenta de que los dones no se eligen porque no son un derecho, sino que se reciben por pura gracia, y, en consecuencia, se agradecen. Esta recepción-agradecimiento es una actitud básica para entender la vida humanas en su totalidad, una cosmovisión donde todo, absolutamente todo, se nos presenta como dado, sin que por ello desaparezca el encargo de hacerlo fructificar y progresar con nuestro trabajo. Pero trabajando como hijos, no como siervos ni como asalariados. Desde aquí se puede entender la propia existencia como un conjunto de posibilidades de disfrute continuo de todo eso que hemos recibido y no tanto como una empresa trabajosa y poco menos que imposible en manos de hombres que no deben nada a nadie, es decir, de huérfanos.

Hemos llegado al fin de estas reflexiones que hemos hecho “con la Virgen María al fondo”. Para ella es la última palabra, también en la cuestión que nos ha ocupado de la maternidad en solitario. Si alguien estuvo capacitada para ser madre en solitario, esa fue ella. Si alguna madre alguna vez hubiera podido encarnar a la perfección el papel de madre en soledad, ese modelo le habría correspondido a la Virgen María. Pero como tal papel no es modélico en ningún sentido, a la Virgen le fue dado un esposo a su medida, es decir virgen y justo, virtuoso, de modo que el hombre que había de ser Jesús de Nazaret, aun cuando no podía ser engendrado por el esposo de su madre, sí debía crecer bajo la guía y cuidados de un padre y una madre, es decir, siguiendo el plan trazado por Dios para todos los hombres.

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