Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (II)

Terminaba la entrega anterior, “Ser madre de familia con la Virgen María al fondo (I)” aludiendo a la necesidad de que nuestros jóvenes miren a la maternidad con mayor atracción que la que muestran actualmente y especialmente ellas, las chicas.

En esta segunda parte quiero insistir y extenderme algo en la misma idea, pero lo haré con un formato distinto, con una carta abierta a cualquier lector joven a quien le pueda llegar este escrito, especialmente a las chicas.

Carta abierta a la gente joven

Querido/a joven:

Esta es una carta abierta para hablarte de la maternidad. Como es bien sabido, entre la multitud de problemas que padecemos en España, hay dos -que en fondo son el mismo- verdaderamente acuciantes: la despoblación y el envejecimiento.

No son pocos quienes lo entienden como un problema sociológico o demográfico debido a la falta de natalidad; quienes así piensan no se equivocan, pero por ahí no encontraremos las claves para su comprensión ni las soluciones porque ese no es el enfoque más adecuado, aunque haya en él una parte de verdad. Si queremos entender bien este problema hay que decir que la raíz no está en los bajos índices de natalidad sino en una toma de postura frente a la vida en general y a la maternidad en particular. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Parece claro que no podemos abordar bien ningún asunto sin entenderlo previamente y, según mi parecer, la causa principal de que no nazcan más españoles , está en el rechazo y/o miedo a la maternidad (digo españoles porque es lo que nos toca más de cerca, pero es un problema que con distinta intensidad afecta a todo el planeta). Se trata de un miedo/rechazo muy extendido, que mirado con perspectiva histórica es muy reciente pues no se ha generalizado hasta la segunda mitad del siglo XX, hace unos cincuenta años, entre dos y tres generaciones. La escasez de nacimientos no es causa, sino efecto de ese miedo/rechazo.

¿Por qué esta carta a vosotros, los jóvenes? Porque vosotros, solo vosotros, tenéis en vuestras manos las dos opciones posibles: remediar esta tragedia o consumarla, salvar al moribundo o dejarlo morir. Para lo primero harán falta muchos redaños y mucho entusiasmo, para lo segundo no hay que hacer nada, basta con dejarse llevar por la misma molicie de quienes os han precedido, vuestros padres y abuelos, o sea, nosotros, los mayores. Porque somos los mayores quienes con nuestra conducta hedonista e irresponsable hemos originado un problemón que ahora no podemos solucionar porque ya se ha pasado nuestro tiempo; vosotros en cambio sí podéis darle la vuelta a esto -no sin muchas dificultades-. No soy nada amigo de buscar culpables porque suele ser un ejercicio inútil, pero si hubiera que señalarlos no sois vosotros, aunque eso sí, si os dejáis llevar por esta inercia de languidez, estúpida y mortal, seréis partícipes y, por tanto, corresponsables del mismo, y, en todo caso, sea cual sea la responsabilidad personal de cada uno, para la España que ha de venir dentro de unos años solo se puede esperar que se sufran efectos aún peores que los actuales porque esta sociedad decrépita, que ahora es un enfermo muy grave, a poquito más que se debilite, será un moribundo irreversible, si es que no acaba en cadáver.

Quizá pienses que no es justo que tengáis que ser vosotros los que carguéis con las consecuencias de este tremendo desaguisado y además poner remedio. Si lo piensas así, tengo que decir que si el problema fuera de justicia, te asistiría toda la razón. Pero la cosa está en que esto no es un problema de justicia, sino generacional, es decir relativo a la continuidad entre padres e hijos, y ni las relaciones sociológicas entre generaciones, ni las relaciones familiares entre padres e hijos concretos son relaciones de justicia.  No lo son y no pueden serlo por aquello que decía el filósofo de que no podemos bañarnos dos veces en la misma agua de un río. La causa está en el dinamismo de la vida, que es una imposición de nuestro ser temporal, sometido a la dictadura de la fugacidad, un discurrir constante, irreversible, sin marcha atrás posible; no hay manera de escapar del flujo de la vida que es renovación, crecimiento y muerte. Por eso a todas las generaciones de todas las posguerras les ha tocado restaurar lo derruido por sus padres y abuelos.

Fuera ya de este inciso y volviendo al tema que nos ocupa de la escasez de nacimientos, conviene saber que estamos ante un asunto muy complejo, con implicaciones profundas en campos muy variados, pero no podemos entretenernos en componendas ni en ensayar planes de mejora. Cuando el enfermo está en urgencias no se le puede someter a experiencias piloto, ni a largos estudios basados en hipótesis, ni le sirven parches; se le salva o se le deja morir porque todo depende de una actuación rápida y decidida.

¿Por dónde empezamos? Lo primero ya está hecho: identificar el problema, que hemos dicho que es el miedo/rechazo a la maternidad. Con su identificación no lo resolvemos, pero es condición imprescindible.

Es un problema de criterios, de falta de luz para ver la realidad como es en sí misma. ¿De dónde podemos sacar luz? Yo, que soy creyente católico, te hablaré desde la fe de la Iglesia que es de donde recibo la luz a la que me refiero. Si tú, lector, también lo eres, tenemos mucho ganado y no nos costará trabajo entendernos; si no lo eres o no estás convencido de lo que la Iglesia enseña, te propongo como campo común de reflexión lo que Galileo llamaba el “Libro de la Naturaleza”. Vamos, por tanto, a tomar algo de la luz de la gran lámpara de la Iglesia (y/o de la que pueda darnos la naturaleza humana, que siempre será mucho menor) e intentar esclarecer lo que podamos. En cualquier caso, arrancamos con una enorme ventaja y es que los problemas de criterios, o sea de luz en el entendimiento, en realidad son problemas de oscuridad y la oscuridad, por serlo, no puede presentar batalla a la luz pues se desvanece con su mera presencia. Es un fenómeno muy simple, del cual la naturaleza nos ofrece un bello ejemplo en cada amanecer: en cuanto llega la luz del sol, la oscuridad de la noche manifiesta su falta de realidad ya que desaparece por evanescencia, ni siquiera le cabe la huida. La oscuridad aparenta ser algo, pero en realidad es nada, ausencia de luz, o sea, pura inconsistencia; basta con una simple luminaria para que desaparezca como por encanto. Veamos algunos de esos criterios:

Los seres humanos no nos reproducimos; procreamos, que no es lo mismo.

Si acaso te has interesado por la historia del siglo XX, quizá sepas que cuando el nazismo alemán llegó al poder, puso en marcha un amplio programa de fomento de la natalidad. Para su política expansiva e imperialista los nazis necesitaban muchos alemanes jóvenes con los que nutrir sus ejércitos. Sin importarles mucho ni poco la dignidad personal de sus mujeres, los dirigentes políticos las estaban usando como hembras reproductoras al tiempo que esterilizaron a aquellas cuyos hijos se preveía que vinieran con taras o deformidades. No llegaron a concentrar a sus hembras reproductoras en granjas de fecundidad porque no les hacía ninguna falta, pero cabe pensar que lo habrían hecho, del mismo modo que concentraron a judíos y otras minorías para su exterminio.

Los humanos no nos reproducimos porque los hijos no son copias de los padres. Procrear no es producir hijos en serie ni no en serie porque procrear no es producir, aunque la producción esté incorporada. Producir hijos es algo que hacen también los animales y nosotros no somos animales. Cada hombre es un ser personal único, con un cuerpo mortal y un alma inmortal cuya unidad nos convierte en seres personales, irrepetibles, llamado cada uno a una existencia y una vocación única, exclusivamente suya. Cuando una mujer da a luz pone en el mundo un ser absolutamente nuevo y singular que no ha existido nunca y que no volverá a repetirse: eso es exactamente lo que se entiende por crear. Ahora bien, como los padres no producen el alma del hijo, ya que eso corresponde solo a Dios, reservamos el término crear para la acción de Dios, el Creador. La acción creadora de Dios no desplaza a los padres sino que los asocia a ella. Los padres humanos son progenitores, pero no son meros progenitores porque están asociados a la función creadora de Dios; por eso decimos que son pro-creadores. No es cosa de enredarse en palabras y menos aún de corregir al diccionario, pero la verdad es que más que pro-creadores, de los padres habría que decir que son co-creadores, es decir creadores asociados al único Creador. ¿Qué resulta de esta creación conjunta entre Dios y la unión hombre-mujer? Varias cosas, de las cuales te señalo solo tres sin detenerme a explicarlas por razones de espacio y tiempo:

Una. La altísima dignidad de la procreación humana que hace elevarse a los hombres al misterio de la creación de Dios, si bien de una manera subordinada a la acción divina. Todo hombre y toda mujer, cuando tienen entre las manos al hijo recién nacido, experimentan en sus propias carnes y el el fondo de su alma que han sido partícipes de un misterio que les supera. Quizá no lo refieran a Dios, pero sí saben que en el hijo, fruto de su unión fecunda, han intervenido fuerzas que ellos han desatado pero que no están en su poder ni son capaces de controlar.

Dos. El carácter sagrado de toda persona humana. Séneca, que no era cristiano, ya tuvo una intuición muy certera de esta sacralidad y la dejó reflejada en un aforismo que se ha quedado grabado en la historia del pensamiento: Homo sacra res homini (el hombre  es cosa sagrada para el hombre).

Tres. De esta acción conjunta padres-Dios resulta que la persona del hijo sea hijo de Dios e hijo de sus padres humanos sin reparto ni división. Totalmente hijo de Dios (no en el sentido del Bautismo, pero hijo), totalmente hijo del padre y totalmente hijo de la madre. El hijo no está repartido entre Dios, padre y madre; todo el hijo es entero de Dios, todo el hijo es entero del padre y todo el hijo es entero de la madre.

Aunque expuesto de manera tan breve, este es en síntesis el núcleo de ese fenómeno natural al que llamamos de manera muy imperfecta reproducción, pero que se eleva muy por encima de la simple reproducción para mostrarse en toda su dignidad de acontecimiento personal en el más hondo sentido del término porque comporta la aparición de una persona, el hijo, al tiempo que irrumpe en el sentido de la vida de varias otras, modificándolo, al menos sus padres.

Vamos a verlo ahora en negativo. ¿Qué ocurre cuando nos salimos de esta vía natural? Ocurre lo siguiente: cuando renunciamos a tener hijos, a tener más hijos, o nos empeñamos en tenerlos de manera artificiosa, al margen de su cauce natural que es a través de la unión de los cuerpos -y que es el único establecido por Dios-, estamos ante un acto de rapiña por el cual los padres arrebatan a Dios su papel de creador, bien impidiendo a Dios ejercer su acción creadora o bien cambiando los papeles y dejándole a Él el papel de co-creador.

La procreación es cosa de los dos, hombre y mujer, pero la gran protagonista es la mujer.

La paternidad y la maternidad, por ser dos hechos asociados a la acción creadora de Dios, son un don. Ahora bien,son dones muy desiguales, la paternidad y la maternidad tienen distinta carga de don. En cada una de las fases de la procreación (concepción, gestación, alumbramiento y crianza) la mujer ha recibido un plus que no ha recibido el hombre. ¿En qué consiste ese plus? En que tanto la maternidad como la paternidad tienen su asiento en el cuerpo de la mujer. Ella es madre gracias a un cuerpo capaz de concebir, albergar, alumbrar y nutrir la vida del hijo, lo cual significa que vive la maternidad en sí misma, intuitivamente y en directo, sin necesidad de reflexión ni de intermediarios. A la madre no tiene que informarle nadie de su maternidad, al padre sí de su paternidad. También el padre vive su paternidad con mucha intensidad y se ha comprobado que también la registra en ciertas vivencias corporales importantes pero hay una distancia insuprimible con el hijo y con la madre y no cabe comparación entre los cambios sufridos en el cuerpo del padre y los que experimenta el cuerpo de la madre.

Este protagonismo materno en la vida del hijo no acaba con el alumbramiento, ni con la entrada del hijo en la adultez, ni con su emancipación; esa estrechez madre-hijo es un continuo psicofísico entre ambos que dura mientras vivan los dos y que ha sido corroborado de varias maneras, entre otras desde la biología con el fenómeno del microquimerismo fetal.

La legislación social y laboral, tan mutante y tan obsesionada en esta época con el rasero igualitario, puede disponer los mismos permisos de natalidad para el padre que para la madre, las mismas funciones, el mismo tratamiento social, etc., puede disponer lo que quiera, pero no puede cambiar los procesos naturales a no ser que irrumpa en ellos con artificiosidad o con violencia.

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