¿Será China la nueva Serbia?

En el imaginario europeo de los siglos XIX y XX, China era vista como una amenaza que nunca tuvo otra traducción que la constatación de su inmensidad …

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En el imaginario europeo de los siglos XIX y XX, China era vista como una amenaza que nunca tuvo otra traducción que la constatación de su inmensidad territorial y, sobre todo, demográfica. Aquel gigante nunca realizó acciones de expansión territorial y sí que sufrió las agresiones de europeos y japoneses que le impusieron condiciones draconianas y humillantes. Esta inercia por fortuna ha desaparecido, pero eso no significa que podamos prescindir de la capacidad de interpretar la realidad. Y ésta pasa necesariamente por el hecho incuestionable del desarrollo económico acelerado de un país de 1.000 millones de habitantes. Su emergencia tiene muchísimos aspectos positivos, pero también posee consecuencias negativas que sería absurdo olvidar.

El caso más inmediato y urgente es la literal destrucción del sector textil como consecuencia de unas importaciones que, en algunos productos, superan en el 400 por ciento las cifras del año pasado. Esto no es deslocalización, sino simple hundimiento. Pero siendo importante, no es ésta la cuestión fundamental. China sigue siendo una dictadura que avanza con tímidos y contradictorios pasos hacia un aflojamiento de la opresión, pero está lejos (pertenece a otra galaxia) de un cumplimiento razonable de los derechos humanos. De todas formas, ya no se trata de una dictadura marxista. ¿Cómo va a serlo si se ha transformado en un híbrido de capitalismo liberal y capitalismo de Estado controlado por un partido único?

Naturalmente el Estado debe imprimir a sus ciudadanos alguna cohesión ideológica para poder mantener la dictadura, y ésta no es otra que el nacionalismo. El régimen chino es nacionalista, y sus pautas de conducta se van a guiar por esta lógica, además con el legítimo orgullo de sus enormes logros económicos. Sin democracia, sólo el nacionalismo es, para los dirigentes chinos, el cemento necesario para que se mantenga la cohesión de un país sujeto a diferencias brutales de riqueza y condiciones de vida.

En su momento se produjo la anexión militar del Tíbet, y todo el mundo miró hacia otra parte. Ahora la nueva ley permite amenazar militarmente a Taiwán y, de modo más reciente, todavía ha hecho explotar un conflicto con Japón por sus diferencias sobre la lectura de la historia, unas discrepancias que tienen su lógica razón de ser en los estragos cometidos en el pasado por el militarismo japonés, aunque evidentemente, de mantenerse, convierten la zona en un conflicto potencial. Es como si Francia y Alemania siguieran disputando por los estragos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial.

En este panorama, ciertamente complicado, emerge un nuevo dato: El desarrollo acelerado de China conlleva el crecimiento de su consumo, la necesidad de materias primas, algunas de claro valor estratégico como el petróleo, y también un impacto considerable sobre los recursos naturales y el medio ambiente. Para dentro de dos décadas, circularán en China más de 20 millones de vehículos. El efecto que esto puede tener para el medio no sólo es de alcance local, sino global, y la demanda de combustible que ello significa, en una producción que puede entrar en rendimientos decrecientes dentro de pocos años, puede llegar a ser insostenible.

Pero es evidente que nadie tiene derecho a negar a China lo que antes ya ha hecho Europa y, sobre todo, Estados Unidos. En todo caso, la tensión está asegurada y el riesgo de fondo es que el Gobierno chino siga retrasando el acceso a la democracia y su nacionalismo acabe derivando en un formula a lo serbio, es decir utilizando el conflicto con el exterior como el fundamento de sus instituciones.

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