Si es verdad que Dios tiene entrañas de infinita misericordia, también es cierto que de Dios no se ríe nadie

Que una mujer, sencilla madre de familia, sea agraciada con un don de sabiduría es siempre una buena noticia. Se trata de Consuelo (seud&oacute…

Que una mujer, sencilla madre de familia, sea agraciada con un don de sabiduría es siempre una buena noticia. Se trata de Consuelo (seudónimo) y el libro que comentamos se titula La Verdad, espada que divide (II). Y en particular citamos fragmentos de las páginas 50-51:

“La idea que muchos tienen de Dios no se corresponde con la realidad. Unos piensan que es un Ser justiciero y sin entrañas, que se goza con el exterminio de las criaturas. Pero “no saben, no entienden, su corazón no comprende” que “Dios no hizo la muerte, ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera. Pero los impíos, con gestos, palabras y obras, se aliaron con el mal y se perdieron”.

“Otros, en cambio, ‘razonando erróneamente’ dicen: ‘Dios es misericordioso y a todos perdona, incluso a los que no piden perdón y viven una vida de vicio y desenfreno. Así piensan, pero se equivocan, pues les ofusca su ignorancia. No conocen los secretos de Dios, ni esperan recompensa para la virtud, ni valoran el premio de una vida intachable’”.

“Sorprende sobremanera la actitud de muchos creyentes que, viviendo una vida desordenada y de pecado, hablan sin ningún respeto de la misericordia divina y esperan recompensa del Altísimo, […] no os engañéis; de Dios nadie se burla, pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna”.

“Ciertamente ‘grande es la misericordia del Señor y su perdón para los que se convierten a Él’. Pero este remedio saludable, salvífico y redentor obra eficazmente sólo en aquéllos que, arrepentidos de sus pecados, se acogen a su divina misericordia”.

Sin reconocer la verdad, es decir que hemos pecado, sin confesar que merecemos el desdén y abandono del Señor, sin admitir que Dios tiene razón, sin dolernos de haber ofendido a la única santidad y bondad, sin proponer repudiar el mal en adelante, sin confiar en la infinita piedad de Dios para quien se duele de corazón de haberle repudiado, no podemos alcanzar misericordia de Dios.

La salvación, que en potencia es para todos y cada uno, no se aplica a cada cual de forma automática, como si fuera una etiqueta que se pone desde fuera. El hombre es libre y la salvación es fruto de un diálogo entre el Señor misericordioso y el pecador. Así, si es cierto que sin la gracia de Dios no puede haber salvación, también es cierto que sin la colaboración libre del hombre tampoco puede darse. En realidad, la salvación es un estado en que el pobre amor sincero del hombre es elevado por el Amor indefectible de Dios, pero si no existiera ni una chispa de amor verdadero en la criatura humana, el hombre se condenaría por mucho que sea el amor infinito del Creador, ya que Dios respeta nuestra libertad, y salvarnos implica que comulgamos libremente con su Bondad infinita.

“Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, decía gráficamente San Agustín.

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