Silencio ensordecedor

La Ley de Reproducción Humana Asistida ha pasado sin apenas debate, por no decir sin el menor debate social. La voz de la jerarquía católica española …

La Ley de Reproducción Humana Asistida ha pasado sin apenas debate, por no decir sin el menor debate social.

La voz de la jerarquía católica española ha sido, junto a algunas organizaciones especialmente activas a favor de la vida humana, prácticamente la única que se ha alzado contra esta norma que ostenta el triste privilegio de ser la más nociva para la vida de los inocentes, superando incluso a la legislación en materia de aborto provocado.

Autoriza la clonación para “fabricar” embriones cuyo destino cierto es ser troceados para que se investigue con sus células; elimina toda barrera en la producción de embriones destinados a fecundaciones “in vitro”, lo que lleva consigo inexorablemente el sacrificio de todos los que no se implanten, y a veces también de los más débiles entre los ya implantados, en esa operación llamada eufemísticamente “selección embrionaria”.

Y, para asegurar el macabro récord, consiente también la fecundación de óvulos animales con esperma humano. Un panorama devastador.

Al presidente del Gobierno no se le ocurrió mejor comentario, en su visita a uno de los establecimientos dedicados a esta matanza, que proclamar que “no puede imaginarse nada más moral que curar enfermedades”.

La zafiedad mentirosa y demagógica de esta frase no conoce, que yo recuerde, parangón con ninguna otra pronunciada por un alto responsable público: ni se ha obtenido duración de ninguna enfermedad con células embrionarias, ni el problema ético que se plantea es éste, sino el de sacrificar individuos humanos aunque sea para buscar remedios a una enfermedad determinada.

Pero es tal la cantidad de frentes abiertos por el Gobierno, polémicos y graves, y es tan acusado el interés de no pocos medios por ocultar el debate bioético a la opinión pública, que la más homicida de las leyes jamás promovidas en España ha recorrido su camino parlamentario sin apenas obstáculos, siquiera dialécticos.

Este silencio ensordecedor da una idea elocuente del grado de anestesia moral de la sociedad española, y también de los partidos políticos instalados en el sistema.

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