Sin amor no hay luz

El día 24 de noviembre de 2013 los católicos finalizaban el año dedicado a la fe conmemorando un hecho importante como es los 50 …

El día 24 de noviembre de 2013 los católicos finalizaban el año dedicado a la fe conmemorando un hecho importante como es los 50 años del inicio de Concilio Vaticano II. Esta celebración no es algo anacrónico o sin interés: la historia de la religión católica tiene su origen y permanencia en el hecho de creer. Reflexionar sobre la fe, vivirla y celebrarla son aspectos muy importantes para los creyentes porque son el núcleo sobre el que se construye su vivir cotidiano. La vida cristiana requiere no perder la memoria de la fuente de donde mana para mantener su identidad y no desfigurarse. Así, pues, que los católicos se planteen en profundidad en qué consiste la fe, parece muy importante, no sólo para ellos, sino también para dar explicación de la misma a sus semejantes que quieran compartirla o simplemente conocerla. En esta línea de profundización en ocasiones se produce cierta incomprensión de la naturaleza de la fe sea por los no creyentes como por los propios creyentes. Aunque los expertos consideren que nos encontramos en una época postmoderna que huye de las grandes construcciones teóricas del racionalismo está aún muy extendido el considerar que la fe cristiana es un conjunto de verdades teóricas. En consecuencia la fe sería un sistema de ideas que debería ser sometido a demostración como si de un teorema se tratara. Tal aproximación a la fe es reductiva y como tal -en mi opinión- genera equívocos.

Como han indicado los últimos pontífices y, recientemente ha recordado la encíclica Lumen fidei, la fe cristiana no es una religión “de libro” o un conjunto de frías proposiciones teóricas. En el núcleo de la fe hay, sobre todo, una persona y solo desde el encuentro y el diálogo con ella se produce la transmisión de un mensaje. La revelación surge a consecuencia del encuentro con alguien que nos ama, lo que convierte su palabra en algo que ilumina nuestras vidas. El conocimiento de la fe no es simplemente el de unos enunciados extraídos desde una experiencia meramente empírica o de un razonamiento discursivo. Es cierto que lo primero ancla la fe en la historia y lo segundo la hace razonable, pero en su interior existe siempre una experiencia interpersonal donde se conjugan el conocimiento y el amor. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus Caritas Est). Tal encuentro concentra en unidad la verdad y el amor respondiendo al anhelo más profundo del hombre: encontrar una verdad llena de amor y un amor sin mentira, verdadero.

Parafraseando al Papa Francisco, sin amor no hay luz y sin luz no hay amor. De esta forma la fe, en última instancia, no violenta la condición humana y su dignidad. Responde al carácter interpersonal de la misma. El ser humano no es un frío ordenador ni un ser solo lleno de pulsiones o emociones. Es sobre todo un ser personal con deseos ilimitados de verdad y amor que sólo pueden ser satisfechos por otro ser personal. Decir "creo en Jesucristo" es un acto libérrimo de confianza basado en su palabra y en su amor sincero, que avala esa misma palabra en cuanto que “sin amor la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca” (Francisco, Lumen Fidei). De esta forma en la escucha se da la luz y el oír se convierte al mismo tiempo en visión. Ambas realidades mutuamente se refuerzan pues, en el encuentro con el rostro de Cristo, no sólo su mensaje y su contenido iluminan por el amor que él nos trasmite, sino que la verdad de sus palabras confirma la autenticidad de su amor.

En consecuencia, el acto de creer mantiene siempre en su interior un cierto claro-oscuro, una seguridad que no brota de meros razonamientos. Creer en una persona siempre supone un riesgo pues el conocimiento que nos aporta no va acompañado de la certeza que proporciona una mera conclusión lógica. Pero, al mismo tiempo, ese conocimiento nos lleva a una certeza que está más allá de nuestros propios razonamientos siempre pobres y limitados. Este es pienso el marco en el cual se da la fe cristiana: su “gran noticia” es que la persona que nos busca y que quiere entablar amistad con nosotros, es tanto logos como amor. Aún más, y aquí radica la gran propuesta de la fe al mundo de hoy, esa persona es la misma Verdad y el mismo Amor, por lo cual uno puede confiarse en Él. El creyente por lo tanto no es arrogante, por el contrario, la verdad lo hace “humilde, consciente de que, más que poseerla nosotros, es ella la que nos abraza y nos posee…la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos” (Francisco, Lumen Fidei).

Luis Miguel Pastor García, catedrático de Biología Celular. Universidad de Murcia.

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