Sin ira: A Mas le ha faltado sentido común, a Rajoy corazón e inteligencia emocional

Mas y Rajoy siguen enrocados, ensimismados, cuando no hay otra posibilidad de salir del atolladero que abrirse al diálogo Mas y Rajoy siguen enrocados, ensimismados, cuando no hay otra posibilidad de salir del atolladero que abrirse al diálogo

Imposible decir que analizar los resultados de las elecciones catalanas del pasado día 27 de septiembre pueda hacerlo sin apasionamiento. Me resulta imposible habiéndolas vivido en directo, asistido a presentaciones de casi todos los candidatos, palpado la patente división de criterios entre los propios miembros de mi familia, detectado tensiones contenidas entre amigos y vecinos, sentir el peso de la propaganda agobiante y manipuladora, leer o escuchar informaciones a menudo intencionadamente distorsionadas de muchos medios de comunicación.

Aun con tanta inmersión pretendo esforzarme en guardar distancias a la hora de valorarlo. Nadie es del todo objetivo, porque nos lo impiden nuestro propio ser, convicciones, cultura, ambiente… pero sí es posible esforzarse para intentar ser imparcial, procurar dejar de lado prejuicios y expulsar con fuerza el sectarismo que ciega la vista, tratar de situarse bajo la piel de unos y de otros. Y, en positivo, poner los ingredientes para la concordia, buscar más el trazar pasarelas que el dinamitar puentes.

El titular de periódico que la mañana del lunes, día 28 de septiembre, reflejaba mejor el resultado electoral era el del diario “El País”: “Los independentistas han ganado las elecciones y han perdido el plebiscito”.

De los hechos concretos vale la pena observar las lecturas que partidos y medios de comunicación de uno y otro signo han ido haciendo, desentrañar aspectos y trazar un paralelismo entre los medios de Madrid y los proindependentistas de Barcelona.

Los independentistas han reiterado y aireado, magnificándolo, que han ganado las elecciones. Y es cierto, y con amplitud, porque “Junts pel sí” tuvo más del doble de votos y de diputados que la candidatura siguiente y de signo contrario, “Ciudadanos”. Tienen en sus manos todas las perspectivas de ser quienes gobiernen. Ganan en escaños, pero al no alcanzar la mayoría en votos han perdido el plebiscito. Con un agravante fundamental en su contra: fueron ellos, los independentistas, quienes a toda costa atribuyeron carácter plebiscitario a estas elecciones aunque sus contrarios fueran reacios. Por ello, por muchos malabarismos que introduzcan, han perdido “su” plebiscito. Un partido tan radicalmente independentista como la CUP ha sido más realista, aceptando que solo era válido ir hacia una declaración de independencia si se ganaba en escaños y en votos. En lugar de asumir tal hecho, al menos en la imagen que dan, Artur Mas y los de “Junts pel sí” practican la huida hacia adelante.

El Gobierno de Madrid, varios partidos de ámbito estatal, la prensa de la capital, se han abocado en tromba hacia el extremo contrario: los independentistas no han logrado la mayoría de votos y por tanto han perdido el plebiscito. Lo han vestido de estruendoso fracaso sin calibrar la importancia de que aquéllos han ganado por goleada las elecciones, ni discernir que algo serio debe ocurrir cuando dos millones de votantes catalanes apoyan a los partidos que proponen separarse de España, y que instituciones ciudadanas han protagonizado manifestaciones de enorme dimensión desde hace tres años. Desde Madrid lo ven como lavado de cerebro de una propaganda persistente, metódica, interminable desde la escuela hasta TV3. Mucho hay de todo esto, pero no han atinado que lo del independentismo no es un suflé que sube y baja sin más, ni es fruto de una indignación momentánea. Ni deriva de la reciente crisis económica, porque tiene una larga andadura. Si el ansia secesionista hubiera surgido con la crisis económica no tendría sentido el voto de los ciudadanos de la provincia de Girona, los más independentistas, porque es la más rica de las provincias catalanas y acusa menos la crisis.

La repetición mecánica de que hay que cumplir la ley y la judicialización de este embrollo político es la respuesta diaria de Rajoy y los suyos. Tiene razón en que la ley debe cumplirse. En ello estriba el Estado de Derecho y un Gobierno debe exigir tal cumplimiento. Pero a la vez no se pueden cerrar los ojos a la realidad. Si existe un problema de gran dimensión hay que buscar salidas, y también las leyes pueden cambiarse. Mientras estén vigentes hay que cumplirlas pero acelerando su transformación. Algunos se han fosilizado y no han captado algo tan esencial como que el ser humano, y con él las sociedades, no son solo economía, sino también corazón, sentimientos.

Los nacionalistas catalanes viven de las emociones, del entusiasmo, de la exaltación, se movilizan a partir de ello, pero han dejado en el camino grandes dosis de sentido común que les impide darse cuenta de los problemas a que aboca su proyecto. Han creado en sus mentes una Arcadia feliz y perfecta sin conexión con la más elemental realidad. Hasta el extremo de hacer oídos sordos a las advertencias de los líderes y las personalidades políticas más importantes de Europa, considerándose ellos más enterados y con más capacidad decisoria que todos aquellos. A Mas y a los suyos se les ha escapado el sentido común.

El Gobierno español y otros en líneas similares quizás han conservado la cabeza más fría, pero mostraron un corazón tan petrificado y tan carente de inteligencia emocional que son culpables de buena parte de lo ocurrido. Y lo que es peor, incapaces de actuar en positivo y de presentar una alternativa ilusionante frente a la utopía del independentismo.

Madrid ha sido incapaz de generar ilusión, Barcelona de apoyar los pies en el suelo.

Ambos siguen enrocados, ensimismados, cuando no hay otra posibilidad de salir del atolladero que abrirse al diálogo con el deseo de construir sino autopistas al menos veredas para empezar la relación y sabiendo que nadie tiene la razón al completo. Hay que llegar a las negociaciones con grandes dosis de respeto, de amor, de buscar el bien de las personas por encima de banderas. Con la mente despejada teniendo criterios tan elementales y quizás difíciles de asumir como que la Ley Natural nada establece ni de que las fronteras de España son inamovibles ni de que Cataluña deba ser independiente. Esto queda en las diputas y los criterios de los hombres. Pero las disputas pueden ser civilizadas.

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