Sin virtud no hay solución

virtud y valores

Virtud: palabra casi proscrita hoy en día, tanto que incluso la mayoría de colegios religiosos prefieren inundar un vocabulario de “valores” antes que acudir a la esencia de la educación que es educar en las virtudes, y su práctica, porque sin ellas los valores resultan inaccesibles como edificios sin puertas y ventanas.

Los valores son principios, creencias, horizontes de sentido. Pero, ¿cómo alcanzarlos sin la práctica adecuada? Pues esa práctica es la virtud. El Catecismo de la Iglesia Católica la define como la disposición habitual a realizar el bien (1803). Y esta destreza cotidiana no surge de complicadas disquisiciones con uno mismo, sino de haber sido educado en su práctica- el hábito.

Las virtudes tienen un desarrollo en la sabiduría universal, pero nuestra fuente y tradición nos sitúa en un eje que comienza  hace mucho tiempo con Aristóteles, se desarrollan con Santo Tomas de Aquino, y tiene en nuestro tiempo filósofos tan potentes como Josef Piepper y sus Virtudes Fundamentales,   así como Alasdair MacIntyre. Su obra, Tras la Virtud, publicada por vez primera en 1984, es fundamental para nuestro tiempo.

La tradición católica, como muestra el Catecismo, las agrupa en dos grupos bien conocidos. Las teologales son aquellas que  Dios infunde en el ser humano  para ordenar sus acciones hacia Dios mismo. La fe es la primera de ellas, junto con la esperanza y la caritas, el  amor de donación del que dice San Pablo que es el que nos acompañara siempre, cuando en la eternidad de la compañía con Dios ya no sea necesaria ni la fe ni la esperanza, porque se habrán cumplido todas las expectativas. La fe no es trasplantable al orden secular, aunque, la realidad de los dogmatismos laicistas indique lo contrario. Su equivalente es algo necesario para la vida pero muy cambiable, la confianza. La fe aporta confianza, pero la confianza no es fe. Pero la esperanza y el amor sí pueden anidar en una conciencia no religiosa, aunque su enraizamiento, salta a la vista,  es más dificultoso, y con facilidad se degrada. El índice de suicidios -una verificación empírica de la pérdida de la esperanza: quien se mata es porque no espera ya nada buenos de esta vida- es un buen indicador que muestra  un progresivo crecimiento, de manera que algunos países como Suiza lo han regulado en términos afirmativos. Pues bien, hay poco católico que acuda a él. Y el amor en todas sus variables de donación se está quedando reducido a la cupiditas, la concupiscencia, el amor a uno mismo por encima de todo. Claro que la vida humana necesita de un poco de cupiditas, pero en el marco y la primacía de la caritas. Y este es hoy un enfoque casi exclusivamente cristiano, católico, porque hoy vivimos en la sociedad donde impera la realización por la satisfacción de las pulsiones de los deseos, la sociedad desvinculada, encerrada en los respectivos Yoes hedonistas.

Existen otras virtudes, las cardinales, propias de la vida secular. La principal de ellas es la prudencia, tan mal comprendida. Constituye un tipo de razón práctica para discernir el bien verdadero y elegir los medios rectos más adecuados para alcanzarlo. La definición basta para mostrar cuan alejada está esta virtud de la idea con la que normalmente se sobrentiende. No está reñida con la audacia si el logro del fin la requiere.

La justicia significa dar a Dios y a los hombres, a cada ser humano, lo que le corresponde, y exige respetar los derechos de cada cual, algo  que se muestra con mayor claridad cuando somos capaces de ponernos en lugar del otro.

La fortaleza es la firmeza, la constancia  en el empeño, en la construcción del bien -en torno al cual giran todas las virtudes. Es la capacidad de afrontar las dificultades, resistir las tentaciones, vencer al temor, superar las persecuciones, asumir la renuncia y el sacrificio. Es una virtud profundamente reñida con la cultura de la desvinculación.

La esperanza se corresponde con el anhelo de felicidad que Dios ha depositado en el corazón de toda persona. Purifica los actos, protege del desfallecimiento, preserva del egoísmo y conduce a la caridad.

Finalmente en el grupo cardinal, la templanza, otra virtud incompatible con la cultura hegemónica, porque modera la atracción del placer, todo lo opuesto a lo que se espera del sujeto actual. Promueve el equilibrio de los bienes creados, y está, por tanto, en la base de la recuperación del respeto por la naturaleza. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos, la pulsión de las pasiones, especialmente de las ligadas a la posesión, la cupiditas, el sexo, el poder, el dinero. En el ámbito de lo cotidiano, las plagas alimenticias, en más, como la obesidad, y en menos, como la bulimia y la anorexia, el alcoholismo y las adicciones a todo tipo de drogas, legales e ilegales, son manifestaciones masivas de la debilidad de la persona actual y su educación en esta virtud. En definitiva, se trata de conducir al bien los impulsos de la pasión.

Los virtudes nos señalan algo fundamental, que ya señalo Mounier y su Personalismo. No basta con los cambios de estructuras, con modificar las instituciones y las leyes -el dicho catalán lo acredita “hecha la ley hecha la trampa”- si además no existe un cambio de la persona, un cambio interior. Y esta concepción se articula necesariamente con el  desarrollo virtuoso. Con un añadido: cuando se ha confiado en la transformación de las estructuras, como cuando la revolución comunista, confiando que ellas construirían al “hombre nuevo”, el fracaso no solo ha sido estrepitoso, sino maligno. Cuando todo se ha fiado a la transformación del ser humano, las cosas han cambiado a mejor. Unir las dos fuerzas, sabiendo que la prioridad está en la persona, es el camino de la excelencia.

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