Sínodo y cultura del encuentro

Llevamos ya muchos años observando un fenómeno que periódicamente ocupa los espacios de los medios de comunicación social….

Llevamos ya muchos años observando un fenómeno que periódicamente ocupa los espacios de los medios de comunicación social. Amplios sectores de las sociedades occidentales reclaman de la Iglesia católica una revolución doctrinal que sea consecuencia directa de la revolución sexual. Ante esta insistente propuesta, muchos católicos nos preguntamos por qué la Iglesia debería de revisar su doctrina para adaptarla a la pluralidad de formas de vivir y entender la sexualidad por una parte muy mayoritaria de ciudadanos creyentes y no creyentes. ¿Qué razones tendría la Iglesia para transformar su magisterio en esta materia?

La respuesta es incómoda porque en sí misma es una trampa. Se nos viene a decir que la Iglesia tendría que cambiar su doctrina en materia sexual por dos razones: en primer lugar, porque la Iglesia tiene que adaptarse a los signos de los tiempos y no puede ser ajena a las transformaciones sociales que se identifican con el progreso de la Humanidad; y, en segundo lugar, por una razón de amor al ser humano, por compasión y por misericordia, se ruega a la Iglesia que abra las puertas de su magisterio a la contracepción artificial, a las relaciones sexuales pre-matrimoniales, al divorcio, a las uniones no matrimoniales y a las prácticas homosexuales.

En el fondo de esa exigencia hay un grave desconocimiento de lo que es el amor y, sobre todo, de lo que es la verdad. Este es el problema real que subyace en la propuesta de cambio, que no es la simple aceptación de unos frecuentísimos modos de vida ajenos a la tradición de la Iglesia, sino la presencia de una verdad del amor humano que no puede ser cuestionada sin que al mismo tiempo se cuestione la verdad del hombre. Si existe esa verdad, la Iglesia no puede más que proclamarla y ayudar a sus fieles a comprenderla y a vivirla, acogiendo a cuantos no quieren comprender o rechazan vivir el modelo afectivo y sexual creado por Dios.

El Sínodo de la familia es una buena ocasión para que la corriente revisionista vuelva reclamar públicamente que la Iglesia adapte ya su mensaje a los postulados de la revolución sexual, pero, sobre todo, es una buena ocasión para que la Iglesia católica siga proclamando la verdad del amor humano. Hay entre el magisterio de la Iglesia y la propuesta revisionista una distancia insalvable, ya que los conceptos de progreso y de amor que defienden son completamente distintos. Pese a esa distancia, se pide al Sínodo que se abra a todas las propuestas como signo de lo que se denomina la "cultura del encuentro". Sin embargo, la apertura que se reclama lleva una carga de revisionismo que es muy peligrosa. Esa apertura significa en realidad que, en nombre de una idea no cristiana de progreso y de caridad, se invite al error a cuestionar la verdad. La posición de la Iglesia es muy difícil: si rechaza esa invitación, pierde la batalla de la imagen pública; si la acepta, sitúa al error doctrinal al mismo nivel del debate que el propio magisterio.

La situación de la Iglesia es nueva. Nunca había tenido en su seno a tantos separados, divorciados, familias rotas o personas que desde su tendencia homosexual reclamen una atención pastoral que respete su dignidad personal tanto como la de cualquier otro miembro de la Iglesia. Son tiempos nuevos para una pastoral que siempre reacciona con lentitud, pero son tiempos viejos para quienes han elegido o sufren determinadas situaciones que les apartan de la plena comunión con los demás miembros.

Es momento de recordar que es misión de la Iglesia defender la verdad, y no configurar su doctrina a las demandas sociales para granjearse simpatías admitiendo cualquier propuesta o situación que implique aceptación de un modelo de amor ajeno a la verdad del hombre. Es momento de recordar que la verdad del amor humano no depende ni del signo de los tiempos ni de los sentimientos individuales que pretenden configurarse como criterio de bondad de los actos. Es momento de acoger a todos en el más profundo acto de amor que pueda dirigirse a los discrepantes: proclamar nuevamente la verdad objetiva del amor y el matrimonio, como con valentía hizo Pablo VI en su Encíclica Humanae vitae en momentos también convulsos para la Iglesia. No es una verdad demasiado grande ni debe el hombre resignarse ante ella, como nos recordó Benedicto XVI. Aunque nuestra libertad nos invite a negar nuestra propia naturaleza y nos sugiera sustituirla por su criterio autónomo, aunque nuestros instintos tengan que educarse, aunque nuestros sentimientos sean volubles, nuestras inteligencias limitadas y nuestras voluntades débiles, podemos, debemos y necesitamos acceder a la verdad del amor.

No somos indiferentes a la verdad de las cosas. O descubrimos la verdad del amor humano o inventamos algo que pueda adaptarse a lo que nos apetece para que así podamos tenerlo por cierto. El Sínodo ha de saber que lo que estéticamente vende en los medios —es decir, sentarse a hablar con el relativismo— puede llevar a pensar que el error es una opción tan legítima como la verdad.

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