Soberbia ante la muerte

Estos días he visitado a un anciano con un cáncer terminal, al que los médicos no pueden dar ya más tratamiento que el pur…

Estos días he visitado a un anciano con un cáncer terminal, al que los médicos no pueden dar ya más tratamiento que el puramente paliativo. La familia y los médicos, por ese afán tan común de no asustar al anciano, no le dicen la verdad sobre su estado, y con la falsa sensación de mejora que proporcionan los cuidados paliativos, el anciano cree que su enfermedad evoluciona favorablemente y se muestra optimista ante los que le visitan. Ahora bien, yo me pregunto: ¿es lícito ocultarle a alguien la proximidad de la muerte con la excusa de evitarle sufrimiento y proporcionarle una falsa tranquilidad mientras llega? Esa actitud implica la negación radical de la existencia de una vida eterna para la que debemos prepararnos en esta, puesto que supone negar al moribundo la posibilidad de esa preparación para afrontar el momento culminante de la vida. Y supone algo tal vez peor: la soberbia terrible, hasta tal punto asumida que ni siquiera reparamos en ella, de considerarnos infalibles y omniscientes, iguales en nuestro conocimiento al Dios que negamos, puesto que damos nuestras opiniones y suposiciones por tan ciertas que ni siquiera consideramos remotamente la posibilidad de estar equivocados.

En efecto, cuando decimos "yo no creo en Dios", o "yo no creo que haya otra vida después de ésta", lo que estamos manifestando es una opinión, una suposición. Si fuéramos verdaderamente seres razonables, deberíamos estar dispuestos a dar a esa opinión el mismo margen de duda que damos a cualquier otra opinión, especialmente a las manifestadas por los demás, sobre las cuales estamos siempre dispuestos a dudar. Sin embargo, damos tal carácter de certeza a lo que no es más que una opinión, que no dudamos en negar a los demás, o incluso a nosotros mismos, los beneficios que podría proporcionarles -o proporcionarnos- una actitud nuestra realmente razonable, con tal de no apearnos de nuestra asumida infalibilidad.

Nuestra soberbia es tal que no nos permitimos siquiera preguntarnos "¿y si fuera verdad?", "¿y si yo estuviera equivocado?". ¿Podría asumir mi conciencia la gravísima responsabilidad de haber negado a un moribundo, incluso a mi propio padre, la oportunidad de prepararse para la otra vida, si realmente esa otra vida existiera y mi suposición fuera errónea? ¿Podría asumir mi conciencia la gravísima responsabilidad de haber negado a un niño, a mi propio hijo, los inmensos beneficios espirituales del bautismo y del resto de los sacramentos, si realmente esos beneficios existieran y mi opinión fuera incierta?

Sin embargo, nos autoproclamamos dioses, en cuanto que infalibles y omniscientes, y no dudamos en negar a los moribundos la oportunidad de ponerse en paz con un Dios que nuestra soberbia no está dispuesta a admitir, ni siquiera como posibilidad. No dudamos en negar a un niño los beneficios del bautismo y de los demás sacramentos, puesto que nuestra infalibilidad nos indica que eso no sirve para nada. Y no experimentamos el más mínimo temor a haber cometido una barbaridad, a haber obrado erróneamente, a asumir sobre nuestra conciencia los funestos resultados de un error cuya posibilidad ni remotamente estamos dispuestos a admitir.

Y nos consideramos personas razonables. ¿De qué extraña clase de razón estamos imbuidos?

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