Sobre la eutanasia

Sostengo que no es posible compaginar eutanasia con bienestar y progreso, siempre y cuando no se confunda aquella con el evitar la prolongación artifi…

Forum Libertas

Sostengo que no es posible compaginar eutanasia con bienestar y progreso, siempre y cuando no se confunda aquella con el evitar la prolongación artificial de la vida o el encarnizamiento terapéutico. Estas son algunas reflexiones sobre el por qué de esta incompatibilidad desde el punto de vista de la razón.

Todos los comportamientos sociales relevantes están insertos en una determinada concepción de lo que es la vida personal y social, en unos llamados paradigmas o marcos referenciales a los que también denominamos culturas o civilizaciones.

En ella cada acción toma sentido dentro de aquel sistema de referencia. Si se la extrae de él esta acción se convierte en una anomalía porque no encaja. Esta es la causa de que resulte tan difícil un juicio sobre hechos y comportamientos del pasado si no se consideran el marco referencial de la época.

La eutanasia y el suicidio asistido tenían un sentido pleno en el modelo o paradigma de las llamadas sociedades heroicas –que algunos denominan impropiamente militaristas- La vida heroica –La Ilíada nos ha dejado una pintura extraordinaria de ella- culminaba con una muerte del mismo sentido: en combate, o por la propia mano, donde lo que importaba era cómo pasaba la memoria del sujeto, “el héroe”, a la posteridad.

Porque esta era la única manera de conseguir un determinado tipo de inmortalidad no material: la que quedaba fijada en la memoria de las generaciones posteriores. En este marco de referencia la muerte era un lugar indeterminado –el Hades en los griegos- en el mejor de los casos sin recompensa. Las religiones de esta época no estaban orientadas a una divinidad amorosa, y obviamente, no existía nada parecido a la vida eterna y la felicidad después de la muerte –o no- de acuerdo con la vida vivida.

Esta concepción arcaica se prolonga en algunas sociedades -Japón es el caso más espectacular- hasta el siglo XX, y también en algunas profesiones e ideologías modernas.

El suicidio por ejemplo ha sido una práctica nada infrecuente entre los altos mandos militares en épocas recientes y en determinadas tradiciones castrenses. El nazismo hizo de él una pieza ligada al honor (y aquí es necesario un inciso. No es una coincidencia azarosa que algunos de los grandes males que nos aquejan, el aborto, la eutanasia activa, la política de manipular la genética –la raza- sean características de la ideología nazi; que no de la fascista).

El otro modelo antiguo de sociedad es la religiosa. En nuestras fuentes morales y culturales esto significa el cristianismo. En él, el planteamiento es distinto. En una vida que se realiza orientada hacia Dios, aquella es su regalo y de su propiedad. La vida no nos pertenece y es como un capital del que al final se deben rendir cuentas.

La muerte solo es un paso a la plena realización, un cambio de fase, no el fin. Y la posterioridad se realiza en este plano. En este contexto, el sufrimiento y la compasión (es decir el sufrir con) tienen sentido. Naturalmente en este marco la eutanasia y el suicidio no tienen cabida, son irracionales porque son contrarios a Dios.

En la modernidad el pensamiento ilustrado no opera en este tema en profundidad, no altera las coordenadas de la visión negativa. La razón substituye a Dios pero continua valorando negativamente el suicidio y la eutanasia, que son percibidos en un caso como una cobardía, un huir, y por otro como un grave riesgo para la sociedad, porque el legitimar la muerte del otro y legalizarla no excluye, como en toda ley humana, que sea utilizada con fines no deseados.

A pesar de que el sufrimiento y el dolor resultaban más generalizados e intratables que ahora, los ilustrados, los enciclopedistas y los modernos no presentan como característica central de su pensamiento la introducción social de la muerte provocada, que solo tiene cabida en las ideologías extremas.

Dos personajes encarnan muy bien la actitud ante la derrota. Uno es Jesucristo, que la asume hasta la humillación y el dolor. Lo hace además sin ser estrictamente necesario para él, la tentación radicaba precisamente en evitarlo.

El otro personaje radicalmente opuesto es Hitler, que no soporta la derrota y el posterior juicio, ni la expectativa de una muerte seguramente cierta pero indeterminada en el tiempo y en sus características. Tiene miedo y se mata.

En la postmodernidad, es decir, en nuestro período de civilización, que no es nada más que el resultado de los estertores del cadáver insepulto de la modernidad, privados de la lógica y de la razón, no existe sistema. Hay solo un conjunto de criterios caóticos, en un proceso de ideas donde crece y crece la entropía social, es decir el desorden.

La razón es sustituida por el emotivismo, es decir, el sentimentalismo sin sujeciones, el buenismo. Pero como todas las manifestaciones de nuestro tiempo se basan en la exaltación del yo del superindividualismo desvinculado, se trata de un sentimentalismo en el que solo cuenta “mi” sentimiento y no la situación real de los demás.

Veo las cosas en función de cómo las “siento” yo, y en todo caso las sufro, sin atenerme a la razón y a la realidad de las mismas, y eso hace que personas crean que hay determinadas vidas que no merecen ser vividas, pero no porque objetivamente sea así sino porque ellos “sienten” así. Solo algunos, poquísimos, escasos, tetrapléjicos desean morir.

La inmensa mayoría lo que pretende son medios, recursos, compañías, personas, que les permitan vivir a su manera con la máxima plenitud posible. Y lo mismo podríamos decir de los enfermos terminales, cuyo mayor problema no es la muerte en si, sino el grado de sufrimiento, de dolor que pueda llevar aparejada, y la soledad. Es a esto a lo que temen y no al acto exacto de quedar dormido.

Una sociedad bien construida pararía su atención, no sobre el emotivismo de algunos, sino sobre la realidad de los hechos, sobre la cosa en sí, y el gran debate sería cómo mejorar las condiciones de vida de los tetrapléjicos, cómo garantizar a todos los cuidados paliativos, y quizás lo más difícil, como dar acompañamiento y calor humano en una sociedad de personas aisladas.

¿Por qué goza de tan buena prensa el matar o matarse, y tiene tan escasa acogida lo que significa un progreso real, de condiciones materiales y sociales? No es fácil responder a la pregunta en toda su dimensión, pero sí hay algún elemento que ayuda a entenderla.

En nuestra cultura irracional y contradictoria, la muerte se ha convertido en un instrumento socialmente admitido, que permite liberar a los más fuertes de la carga de los más débiles. Eso es el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido. En este sentido es una manifestación más del hiperindividualismo hedonista de la sociedad desvinculada.

Y también influye un segundo factor, político. Una determinada postizquierda sin norte, bandera, ni símbolos, entregada con armas y bagajes al capitalismo puro y duro, y a la lógica liberal, levanta sus nuevos tótems en torno a aquellos antivalores y lo califican de progreso.

En otra época esto no hubiera sido admitido, pero en la nuestra donde el pensar que da reducido a muy poco, lo único que cuenta es la experiencia nazi y comunista de machacar una idea tantas veces como sea necesaria aprovechando el gran poder del Estado.

Hazte socio

También te puede gustar