Sobre las profecías

Con relación a las profecías, se me ocurren algunas consideraciones que me gustaría compartir con vosotros. En determinados momen…

Con relación a las profecías, se me ocurren algunas consideraciones que me gustaría compartir con vosotros. En determinados momentos de la historia, cuando los hombres creen reconocer algún signo que parece revelar el cumplimiento de alguna profecía, como sucedió con la renuncia de Benedicto XVI y en referencia a la célebre “profecía de los papas” de San Malaquías, algunas personas se consideran capacitadas para hacer su propia interpretación de la profecía, y todos los demás (o al menos algunos) nos precipitamos sobre esas interpretaciones para intentar hacernos una idea de lo que nos depara el destino. Pero pienso que, con toda probabilidad, ninguna de esas pretendidas interpretaciones da con la verdad, porque la verdad sobre el futuro sigue perteneciendo por naturaleza al dominio del misterio, y lo que conseguimos con nuestra búsqueda de interpretaciones es desorientarnos y perdernos. La búsqueda de la verdad tiene sus caminos, claramente señalados por quien se revela a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida”, y todo camino alternativo probablemente no conduce a ninguna parte, o peor aún, conduce al extravío. Por eso pienso que, más que buscar interpretaciones, debemos simplemente tratar de encontrar la esencia profunda de toda profecía, y atenernos a ella.

La profecía por antonomasia la encontramos en el Génesis, cuando el hombre se condena a sí mismo al sufrimiento y a la muerte por haber usado su libertad para desprenderse de Dios y acogerse al “non serviam” de los ángeles rebeldes. En ese momento, Dios le confirma el camino de dolor y muerte que ha escogido: “maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. El abismo al que el hombre se condena es tan profundo, que ninguna fuerza humana puede liberarlo de él. Por eso el propio Dios asume ese camino de sufrimiento y muerte, porque sólo la muerte de Dios es suficiente sacrificio para rescatar al hombre. A partir de ese momento, el camino de la vida está trazado. Si no nos reconocemos como cristianos, todo esto carece de sentido para nosotros. Pero si nos reconocemos como cristianos, asumimos que el sacrificio de Dios nos convierte en miembros de su Cuerpo, en miembros del Cuerpo místico de Cristo a través de su Iglesia, y que formamos con Él un solo Cuerpo, cuya cabeza es Él mismo. Esa es la virtualidad del sacrificio: Dios nos rescata uniéndonos a Él, aunque siempre sobre la base de nuestra libre aceptación de ese hecho y de sus consecuencias. El respeto de la libertad humana es la única limitación que Dios se impone a sí mismo, y esa libertad no sería tal si no incluyera la posibilidad de rechazar la redención, por lo cual el infierno, el alejamiento radical y definitivo de Dios, es la contrapartida lógicamente necesaria de la libertad.

Pues bien, no se ha dado nunca el caso, ni puede darse, de que los miembros de un cuerpo puedan actuar con independencia de su cabeza y puedan dejar de pasar por donde pasa la cabeza. Si una mano dijera: “mi cabeza ha pasado por esa puerta, pero yo no quiero hacerlo”, la única posibilidad para que eso fuese así sería la amputación del miembro, pero entonces ya no sería un miembro vivo del cuerpo, sino un simple objeto muerto. Todo miembro vivo de un cuerpo actúa solidariamente con el resto de miembros y, en primer término, con su cabeza. Si la Cabeza de nuestro Cuerpo ha pasado por el sufrimiento y la muerte para llegar a la resurrección, ¿qué puede hacernos pensar que nosotros estamos dispensados de tal tránsito? Y si eso es así, ¿qué sentido tiene flagelarnos intentando adivinar con toda precisión el cómo y el cuándo? En primer lugar, porque ese camino lo recorremos a lo largo de toda nuestra vida; en segundo lugar, porque, aunque la humanidad en su conjunto tenga un determinado destino, el camino de cada uno, aún siendo solidario con el conjunto, no deja de ser un camino propio y particular; solidario, pero particular. Por ello, lo importante no es especular sobre el futuro, sino llegar a obtener la disposición de ánimo necesaria para asumir ese camino en su integridad, sean cuales sean sus peculiaridades, como nuestro único camino posible hacia la Vida, aceptando esas peculiaridades como nuestra aportación personal y única a ese proceso común que llamamos redención, y haciendo lo que esté en nuestras manos para facilitar el tránsito por tan ingrato sendero a todos los que nos rodean, principalmente a través de la comprensión del sentido de todo esto.

Hay aún otro poderoso motivo para no atormentarnos intentando buscar el cómo y el cuándo, y es que ningún destino está señalado de antemano, sino que todo depende de nuestra libre voluntad. Es cierto que, tanto individual como colectivamente, ponemos a veces en marcha dinámicas autodestructivas que, de no rectificarse, conducen a tristes desenlaces, pero siempre es posible para nuestra voluntad esa rectificación. Tal vez resulte más difícil la rectificación colectiva que la individual, por cuanto aquélla depende de la posibilidad de aunar un gran número de voluntades, mientras que ésta depende de una sola. Por ese motivo, quizás un cierto determinismo puede deducirse de los destinos de los grandes colectivos, sean civilizaciones, imperios o naciones, pero no por el hecho de que tal destino haya sido preestablecido, sino porque no ha sido posible aunar las voluntades que hubieran podido rectificar las dinámicas autodestructivas generadas por tales colectivos. Vemos también, en consecuencia, que ningún destino individual está ligado a destino colectivo alguno, puesto que siempre es posible para el individuo desligarse de la dinámica autodestructiva del conjunto, si no materialmente, puesto que no siempre es posible hacerlo en ese sentido, sí, al menos, espiritualmente. Y el cielo está siempre dispuesto a apoyar los esfuerzos de las voluntades, sean individuales o colectivas, que inician el camino de la rectificación, como ha sido patente a lo largo de los últimos dos siglos para quien tenga la sensibilidad necesaria para apreciar ciertos acontecimientos, como las numerosas revelaciones que se suceden sin pausa, la última de ellas en acto desde hace 33 años. Hay que recordar siempre que Dios es “lento para la ira y grande en misericordia”, pero esa misericordia precisa de nuestra voluntad de acogernos a ella. Nínive fue perdonada, pero sólo después de que sus habitantes vistieran sayal, se cubrieran de ceniza e hicieran penitencia.

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