Sobre lo normal y lo corriente (I)

De entre las innumerables cuestiones que conforman el mapa conceptual con que nos manejamos en nuestra vida ordinaria, hay una sobre la cual me parece…

De entre las innumerables cuestiones que conforman el mapa conceptual con que nos manejamos en nuestra vida ordinaria, hay una sobre la cual me parece que puede venir bien ofrecer alguna reflexión. Me refiero a la distinción entre lo normal y lo corriente. Quienes conocimos en su época al sacerdote toledano don José Rivera probablemente recordemos bien la distinción que el Siervo de Dios hacía entre estos dos conceptos, lo normal y lo corriente. Lo normal, por definición, es lo que se ajusta a una norma; lo corriente es lo que se lleva, lo que está de moda, lo que vemos que sigue mucha gente. Y continuaba don José haciendo ver que la norma para un cristiano es Jesucristo, su vida y su doctrina tal como nos la presenta y enseña la Iglesia. De este modo, en una sociedad como la nuestra, que es una sociedad secularizada (fue cristiana y ha dejado de serlo aunque conserve raíces e influencias cristianas), lo corriente poco tiene que ver con lo normal y en muchos aspectos lo corriente es hoy simplemente pagano. Acudo a este recuerdo porque desde hace años vivimos instalados en unas normalidades que no son tales. Voy a señalar algunas de esas normalidades que están muy lejos de ser normales (no se ajustan a la norma) aunque son muy corrientes.

No es normal que una persona mate a otra, pero es un hecho normalizado, tan normalizado que cualquiera, a cualquier edad, tiene al alcance de un clic grabaciones reales de homicidios o asesinatos. Desde hace muchos años contamos con estudios en diversos países que ofrecen cifras espeluznantes. Un chico medio de un país desarrollado cuando llega a los dieciocho años ha visto decenas y decenas de miles de actos violentos: contusiones, heridas, torturas, muertes, etc.

Algo parecido ocurre con las escenas de sexo. No es normal la visión de escenas de sexo, pero está normalizada. ¿Cuántas escenas de este tipo nos son ofrecidas a través de los medios de comunicación, sean los tradicionales como prensa, televisión y cine o actuales como los que nos llegan a través de internet? Rara será la película o serie de televisión -si es que la hay- que aspire a algún reconocimiento si no incluye alguna escena de sexo. Si luego alguien pone objeciones por ello, en el mejor de los casos se encontrará con la respuesta de que eso ya es normal. Pues hay que decir que no lo es, será tan corriente como se quiera, pero normal no es.

Más ejemplos: No es normal el derroche de recursos (comida, vestido, energía, etc.), pero está normalizado. No son normales el desdén por la ley, la rebeldía ante la autoridad, los actos de venganza, el robo, el engaño, el ansia de dinero, por más normalizados que estén, y lo están. No son normales las rupturas matrimoniales, la desnudez en la calle, la fornicación -a escondidas o en público- la anticoncepción, el aborto provocado, el matrimonio homosexual, la esterilidad voluntaria. No son normales, pero están normalizados. No es normal el alcoholismo, no son normales los grafitis, las comilonas, la drogadicción, las diversiones nocturnas habituales de jóvenes y menos jóvenes. Aún no está normalizada la prostitución pero en muchos lugares está en vías de serlo… ¿Hacen falta más ejemplos?

Estas cosas -y muchas otras que podrían citarse- no se atienen a la norma de Jesucristo. ¿Y no pueden ser normales sin atenerse a esa norma que es la vida y enseñanza de Jesucristo? La respuesta es no y especialmente para quienes han conocido a la Persona de Cristo. La verdad de las cosas, la bondad o maldad de los hechos no reside en el número de veces que se repitan, ni se mide por su extensión, ni por su consideración legal o ilegal. Si legalizáramos el asesinato o si la totalidad de los hombres de este mundo fuéramos asesinos, el asesinato no sería ni más ni menos dañino de lo que es. En esos supuestos podría estar socialmente aceptado, es decir, sería corriente, pero no sería normal. “Vemos las cosas porque son, pero son porque tú las ves”, le dice San Agustín a Dios en el monólogo autobiográfico de Las Confesiones (13, 38). Las cosas son porque Dios las ve y son como Dios las ve. Por eso el criterio de normalidad no puede ser otro sino lo que Él mismo, al llegar la plenitud de los tiempos, nos ha revelado en su Hijo Único, Jesucristo. Él es la verdad y el camino y no hay otro camino ni otra verdad ni otra puerta.

Todas esas lacras antes referidas son corrientes, demasiado corrientes, tanto que para muchas de ellas haría falta explicar por qué son lacras; tenemos algunas tan asumidas que ni siquiera las vemos como nocivas. Tan corrientes son que no nos escandalizan. Y este es el gran peligro, y este me parece a mí que es el mayor mal, la ausencia de escándalo ante realidades perniciosas.

Estos ejemplos de cosas corrientes pero no normales, y tantas otras, son tan viejas como el hombre, se han dado en todas las épocas y en todos los lugares de la tierra y seguirán dándose porque la naturaleza humana está herida en su raíz, desde Adán y Eva hasta el último ser humano que habite en esta tierra. Solo a un ingenuo podría provocarle asombro que estas calamidades existan y se repitan en el curso del tiempo. Solo a alguien que piense torpemente pueden causarle estupor (digamos de paso que la palabra estupor es de la misma familia que la palabra estupidez). A veces desde una ingenuidad difícil de explicar se usa como argumento el número del año en que vivimos y con cierta frecuencia oímos razonar del modo siguiente: ¿Cómo es posible que en pleno 2014 siga existiendo… (lo que sea, da igual, la trata de personas, por ejemplo)? Y es que uno no acaba de entender por qué en 2014 tenemos que estar exentos de pecados antiguos. ¿Cuál es la razón para aceptar que los hombres del siglo II tuvieran esclavos y no los tengan los del siglo XXI? ¿El hecho de estar en el XXI? ¿Los dígitos que usamos para contar el tiempo? ¿El hecho de que entonces la esclavitud era legal y hoy no? ¿Desde cuándo la ley ha servido para cambiar los impulsos del corazón humano? ¿En qué principio hay que basarse, en qué ley, para dar por supuesto que nosotros no estamos expuestos a los mismos pecados y errores -y aún mayores- que nuestros semejantes de siglos anteriores? ¿No podían haber dicho lo mismo en el siglo X o los del XVIII? Si en el siglo X hubo personas que pensaron con este mismo argumento, ¿qué tiene de raro que se hubieran preguntado cómo era posible que en pleno siglo X…?

Lo grave, pues, no está en que estas cosas ocurran, sino en que confundamos lo normal con lo corriente, que viene a ser lo mismo que perder el norte, que es la gran certeza que no se debe perder para moverse en esta vida. Porque lo malo de perder el norte es que cuando se pierde, se pierden a la vez los demás puntos cardinales, porque los otros tres dependen de él. Si perdiéramos el norte pero pudiéramos conservar el sur, el este o el oeste, no habría demasiado problema, pero eso no funciona así; perdido el norte, los demás desaparecen. El norte es donde está la estrella polar que es la única que no varía de posición; el norte es lo absoluto, el criterio de seguridad que nos dice dónde están el bien y el mal. Tal seguridad no la tenemos por nosotros mismos sino que nos ha sido dada por revelación de Dios que es el dueño del árbol de la ciencia del bien y del mal. Arrebatar el fruto de ese árbol es borrar el norte absoluto y sustituirle por un norte relativo y cambiante con lo cual pierde su función de punto seguro, un norte colocado a nuestro gusto o conveniencia; cuando se hace eso, la consecuencia es que nos quedamos sin saber qué son el bien y qué el mal de manera objetiva, sin que quede la posibilidad de distinguir el uno del otro.

Al menos en eso nuestros antepasados de siglos anteriores sí nos llevaban ventaja; ellos, que fueron tan pecadores como nosotros, podían haber actuado incluso con mayor malicia, pero sí tenían claro el norte. Lo más grave no está en que nos saltemos la norma (que ya es grave) sino en que no sepamos si hay norma o no la hay o en que hagamos norma de nuestro albedrío, cosa a la que también somos aficionados y además sin ser originales. Hace casi trescientos años que Calderón, en esa joya literaria que es La vida es sueño, ponía en boca de Segismundo esta afirmación: “Nada me parece justo en siendo contra mi gusto”.

Que Dios te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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