Sobre lo normal y lo corriente (y II)

La normalización del pecado o del error es perversa por varios motivos. Todos ellos atentan directamente contra el hombre, pero lo es aú…

La normalización del pecado o del error es perversa por varios motivos. Todos ellos atentan directamente contra el hombre, pero lo es aún más porque pasa a formar parte del paisaje social, de lo cotidiano, de modo que se introduce en las costumbres. Esto tiene al menos dos consecuencias: Una que se refiere a la generalización ya comentada en el artículo anterior y otra a la dificultad de respuesta ante lo ya normalizado. ¿Quién se va a molestar en hacer frente a lo que se entiende como normal? La normalización del mal acarrea la pérdida de la inocencia y la pérdida de la inocencia disuelve la noción de escándalo. El concepto de escándalo es del todo necesario porque sin él no hay alarma social. Y sin alarma no hay reacción, sino silencio, habituación y modorra, resignación pusilánime y parálisis en la búsqueda de soluciones. Y en consecuencia la acomodación, la aceptación de los males señalados como si fueran traídos por el tiempo y la asunción más o menos dosificada de algunas de estas cosas especialmente cuando nos vienen impuestas por la moda, por lo que se lleva, por lo que es corriente. Dicho con otras palabras, criterios de mundanidad que haremos nuestros si no tenemos otros más firmes y de más empaque.

La moda afecta a todos los ámbitos en los que se mueve el ser humano, desde el hablar o el vestir al pensar y al actuar. La moda, por ser moda, no es ni buena ni mala porque la moda no es sino la formalización del tiempo presente, el conjunto de usos y costumbres de cada momento. Ahora bien hay modas a las que hay que plantar cara porque son inicuas. Eso supone ir contra corriente, levantar la voz contra criterios cuando estos son antievangélicos y por lo que vemos debe ser cosa de titanes porque los ejemplos escasean. Lo que sí abundan son cristianos a la carta que condenando varias de estas cosas antes citadas, aceptan otras sin dificultad. Dicho con palabras de nuestro Padre Francisco, el Papa actual, cristianos aguados. Cristianos que muestran rechazo, por ejemplo, por las prácticas homosexuales pero que no se hacen ningún problema con el uso de anticonceptivos; que se duelen de la pobreza ajena pero que no tienen inconveniente en derrochar sus bienes dándose culto a sí mismos; que jamás matarán a nadie pero no se hacen problema en recrearse con escenas violentas o pornográficas; que condenarán todo lo condenable mientras eso que condenan se da en los otros pero que son muy condescendientes con las mismas cosas si acaso son de cosecha propia.

Comprendo, lector, que mucho de lo que he escrito tanto en esta entrega como en la anterior tiene su carga de dureza, pero la dureza no está en mi denuncia sino en unos hechos inhumanos y perversos que nos rodean por todas partes. Ahora lo que conviene es no quedarnos en la denuncia, sino ver qué se puede hacer. En mi opinión son varias las cosas que hay a nuestro alcance y que sí pueden constituirse en solución, si bien todas arrancan de una misma raíz. La raíz tiene un nombre muy conocido: Conversión. Decir esto no es una salida de tono. Decir que la solución a los gravísimos problemas que estamos viviendo en nuestras propias carnes es la conversión no es otra cosa que aplicar la Palabra de Dios a nuestras vidas. Nos ha tocado vivir en una realidad, la nuestra, que está muy contaminada. Quizá tú seas lector uno de tantos que cargados de buena voluntad ante un panorama como este se preguntan qué podemos hacer o qué tenemos que hacer. Eso es exactamente lo que le preguntaron a San Pedro y a los demás apóstoles aquellos que tuvieron la enorme fortuna de congregarse ante el cenáculo el día de Pentecostés. La pregunta que les hicieron es esta: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Act 2, 37). Y la respuesta fue clara y directa: “Convertíos”.

No deja de llamar la atención, al menos la mía, que en una sola palabra “convertíos” pueda caber tanto contenido. El primer efecto de ese “convertíos” es que acota muchísimo el campo de acción para el que hace la pregunta, evitándole toda tentación de mesianismo. Es algo así como si a cada uno nos dijera: No pienses en arreglar el mundo, tú no eres el Mesías, el Mesías es otro. Hace algún tiempo oí un eslogan de un movimiento religioso que me gustó. Decía así: “Dios existe, pero no eres tú. Relájate”. Porque -reconozcámoslo-, ante un mal tan extenso, viendo lo mal que está todo, muchos son muy dados a dejar volar la imaginación y a pensar en grandes empresas. Eso es lo que les ha ocurrido a los revolucionarios de todas las épocas, tomar medidas drásticas y extensas, que cambien el estado de cosas por la vía rápida. Otros muchos, carentes de vocación mesiánica, no llegamos a tanto y como además no estamos dispuestos a jugarnos el tipo, lo que sí hacemos es proponer soluciones grandilocuentes: “Lo que habría que hacer es…”. Seamos sinceros, eso no tiene ningún valor práctico, eso no pasa, en el mejor de los casos, de buenos deseos. El primer Papa, en el estreno de su pontificado lo que nos dice es conviértete tú, ponte en marcha tú, arréglate tú. Esa es la lección de San Pedro y eso es lo que han entendido todos los santos a quienes les quemaba ver a sus hermanos en el fango. Ningún gran reformador (San Francisco de Asís, por ejemplo, San Juan de Dios o Madre Teresa) comenzó proyectando una gran empresa sino acudiendo a socorrer a una persona, a una sola, que habría seguido en el olvido o en la miseria de no haber sido por la atención concreta de quien estaba respondiendo al amor de Dios con su poquedad. Por eso no dejaban de rezar y de pedir a Dios que es quien sí puede.

El segundo efecto es que cada vez que alguien se convierte ya hay uno menos que contribuye a ennegrecer el mundo y uno más que puede servir de ejemplo a quienes quieran seguirle. El buen ejemplo tiene una capacidad persuasiva muy grande. No es cierto que el mal tenga mayor capacidad de contagio que el bien, aunque pueda parecerlo. “Bonum est difussivum sui”, gustaban de decir los escolásticos. El bien tiende a difundirse por sí mismo, basta con no ponerle cortapisas. Pues dejémosle manifestarse en nuestra propia vida y quien tenga la posibilidad de echarle a rodar, que lo haga. Ojalá se convierta en bola de nieve.

El tercer efecto es una llamada a la unión con otros. El mandato “convertíos” aplicado en singular quiere decir “conviértete” pero está formulado en plural. Es cierto que hay que comenzar por uno mismo pero en ningún sitio está dicho que tenga que acabar en donde empieza; al contrario nos sobran exhortaciones provenientes tanto de la Iglesia como de la filosofía a actuar en comunidad y a evitar el individualismo.

Que Dios te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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