¿Solidaridad qué? O cuando se incentiva el orgullo y se castiga la donación

solidaridad

Ciertamente el título podría ser otro Por ejemplo Cómo se engaña a la sociedad con los valores que dice que profesa. Pero es demasiado largo así que lo dejamos en algo breve y poco comprensible que a menudo incita más a la lectura

¿Cuáles son los valores que profesa nuestra sociedad? Seguro que, a la pregunta, bastantes, ¿muchos?, sobre todo bajo la sabia guía del pensamiento políticamente correcto, responderán que es la solidaridad. Véase sino el entusiasmo con que reclaman más refugiados, y a la vez la incapacidad para solventar un mal crónico de mucha menor dimensión como son los pobres sin hogar. Claro que existe un amor por la solidaridad, pero es superficial y se mueve a golpes mediáticos, de imágenes. Es como un fulgor que se apaga y vuelve a iluminarse, pero a la hora de la verdad, la solidaridad constante, entregada, fiel, no tiene ningún reconocimiento social. Y si no veámoslo. ¿Dónde se encuentra la mayor y continuada práctica solidaria en nuestra sociedad? ¿A dónde acuden las personas que, sin nada, ni tan siquiera papeles, necesitan un refugio? ¿A la Delegación del Gobierno, a la administración autonómica? No, eso es obvio. ¿A un ayuntamiento? Quizás, en ocasiones. Pero allí donde es seguro que los encontraremos será en alguna parroquia, en Caritas. Porque la Iglesia Católica es, con diferencia, quien más la práctica y además lo hace en términos incondicionales. No pregunta si es de los “suyos”, no te pide nada a cambio, no es algo limitado solo a los suyos, como hacen otros grandes confesiones. Si la sociedad tuviera la solidaridad como un valor real y no solo como una reacción sensible, la valoración de la Iglesia sería muy alta, prescindiendo de si lo que dice interesa o no. Pero es justo al contrario.

Desplacémonos ahora a otro estilo de vida, el LGTBI, el que patrocinan y exhiben en sus manifestaciones masivas locales de alterne, saunas y demás centros de socialización de esta comunidad. Su principal preocupación es pasárselo bien, practicar el sexo a más y mejor, patrocinar una imagen llena de plumas y calzoncillos, como son sus Prides, que además muestran con “orgullo”, primero adjetivado de gay, y ahora intentando quedarse solo con la etiqueta del orgullo por antonomasia, que es precisamente lo contrario a la virtud; un vicio y las fiestas del orgullo gay, ahora en proceso de quedarse solo en “Orgullo” por antonomasia. Su otra reivindicación es una combinación de poder y victimismo, solo para sí y para nadie más. Como van mostrando las leyes en Madrid, Catalunya y otras comunidades autónomas, solo ellos merecen leyes que les protejan de la discriminación, que muy fuerte no debe de ser cuando se manifiestan de forma tan abundante y regular (¿los discriminados reales tienen capacidad para manifestarse en cosas tipo “orgullo”?). Solo ellos se reclaman sujetos con derechos especiales, con privilegios por su condición homosexual, y sus entidades reciben mucho dinero por motivos variopintos y de todas las administraciones. Está por describir el monto total que reciben. Su lógica es la opuesta a la solidaridad de dar sin pedir. Y, además, no piden, exigen. Reciben mucho y no son solidarios con nada que no sea su propio bienestar. Pero a pesar de ello su prestigio social e institucional es extraordinario. Ser gay militante es una carta de presentación política, mientras que ser cristiano declarado es fuente de problemas en el mundo de la comunicación, la cultura y la política. Siendo así, ¿qué estímulos genera esta sociedad y las propias instituciones públicas? ¿Son incentivos a la solidaridad o a cultivar el propio orgullo?

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