¡Que solos se quedan los abuelos!

abuelos

Me encontraba en un box de urgencias en un hospital de una gran ciudad para curarme de una piedra en la uretra. Los boxes estaban separados por ligeras cortinas y en la habitación había seis camas, por cierto, ocupadas.

Dentro de los boxes solo podía entrar una persona ajena al servicio sanitario y normalmente era un familiar. Entrada la noche una mujer ya muy mayor, como pude ver después, gritaba: “¡Que venga mi hija!”, “¡Enfermera, por qué no llaman a mi hija!”, “¡Enfermera, por favor, llame a mi hija!”. Los gritos se oían no solo dentro del box, sino por todo el pasillo de Urgencias. Era verano y la temperatura en Urgencias era bastante agradable por la refrigeración.

Las enfermeras –que son la columna vertebral del sistema sanitario y sobre todo hospitalario—respondían con voz tranquila a aquella abuela: “Ya la hemos llamado al teléfono que nos dio, pero no respondía nadie. Ya vendrá”. La anciana seguía pidiendo a gritos a su hija, pero la hija no venía. Pasaron más de dos horas. El tempo es muy lento en Urgencias. Entonces pensé: ¡Qué solos se quedan los abuelos!

Interesado en conocer la situación de miles y miles, de millones de abuelos y ancianos en general que viven por el mundo y si reciben maltrato. Me llevé la sorpresa por las pocas noticias que había sobre el maltrato de los ancianos, cuando la OMS (Organización Mundial de la Salud, de Naciones Unidas) asegura que en un mes detectó que uno de cada diez ancianos sufre maltratos o violencia.

Dice la OMS: “Este tipo de violencia constituye una violación de los derechos humanos e incluye el maltrato físico, sexual, psicológico o emocional; la violencia por razones económicas o materiales; el abandono; la negligencia; y el menoscabo grave de dignidad y la falta de respeto”. ¡Qué solos se quedan los abuelos!”

Además, cuando es verano, muchos hospitales tienen las camas ocupadas por ancianos que, a pesar de haber sido dados de alta, no tienen donde vivir porque son dependientes, necesitan a alguien que los atienda. Y se quedan ocupando una cama de hospital. Casos de este tipo han sido denunciados un poco por doquier: el abandono de los mayores.

Aunque los datos rigurosos son escasos, un estudio ha aportado estimaciones de la prevalencia de los tipos más frecuentes de maltrato en países de ingresos elevados o medios:

  • maltrato físico: 0,2-4,9 %
  • abuso sexual: 0,04-0,82 %
  • maltrato psicológico: 0,7-6,3 % (basado en criterios liminares sustantivos)
  • abuso económico: 1,0-9,2 %
  • desatención: 0,2-5,5 %.

Los datos que maneja la OMS sobre el alcance del problema en establecimientos institucionales como hospitales, hogares de ancianos y otros centros asistenciales de largo plazo son escasos.

Sin embargo, en una encuesta realizada por la OMS al personal de hogares de ancianos en los Estados Unidos de América se apunta la posibilidad de que las tasas sean elevadas:

  • un 36% había presenciado al menos un incidente de maltrato físico contra un paciente de edad avanzada en el año precedente;
  • un 10% había cometido al menos un acto de maltrato físico contra un paciente de edad avanzada;
  • un 40% admitió haber maltratado psicológicamente a pacientes.

¡Qué frías son las cifras y qué solos se quedan los abuelos!

Consulté al papa Francisco, paladín de la lucha contra los pobres y abandonados, a ver si me daba alguna luz. Encontré muchas cosas. Especialmente su Exhortación Apostólica “La alegría del amor”. Con qué energía rechaza el Papa la “cultura del descarte” y con qué fuerza defiende la vida cuando empieza y cuando termina, que es donde corre más peligros, en el seno de la madre y en la vejez.

Dice Francisco: “la Iglesia no puede y no quiere conformarse a una mentalidad de intolerancia, y mucho menos de indiferencia y desprecio, respecto a la vejez. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad” (Amoris Letitiae” n. 191)

Y después: “Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que estuvieron antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra diaria batalla por una vida digna ». Por eso, « ¡cuánto quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos! »… Muchas veces son los abuelos quienes aseguran la transmisión de los grandes valores a sus nietos”.

El Papa pide a gritos como aquella anciana que encontré en el hospital: “¡No abandonéis a los ancianos!”. Centenares de miles de ancianos viven solos en Europa en las grandes ciudades, a veces en condiciones de abandono. ¡Dios mío, qué solos se quedan los abuelos!

Artículo publicado en Aleteia

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