Soy cristiano por la gracias de Dios

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La primera pregunta del Catecismo ‘homologado’ con el que yo me preparé para mi Primera Comunión decía “¿Eres cristiano?”. La respuesta era, es y será “Soy cristiano por la gracia de Dios”. Aparentemente es una verdad de perogrullo para niños. En realidad hoy es una carencia generalizada para adultos, para muchos adultos de misa que se creen en sí mismos cristianos comprometidos. A priorilo son. En muchos adultos alejados de la práctica cristiana que no discuten en su fuero interno la gracia de Dios aunque no la vean por sí mismos en sus propias vidas. A posteriori lo son.

Lo son. Comprometidos los primeros. Creyentes los segundos. Son mejores que yo. En sus obras. No sé si tienen más fe o menos que yo. No entro hace años en juicios comparativos ni a posteriori ni a priori. Anhelan, sufren, viven y aman. ¡Cumplen!
Estoy leyendo ahora este artículo en la firma del lunes 22 de octubre de 2012 titulado En qué creemos cuando nos decimos creyentesEs el razonamiento propio de toda catequesis. Debería serlo siempre para niños y para adultos más allá de su conceptual formalización o fórmula de presentación doctrinal. Al final lo que vale son nuestras obras pues “Creer que Jesús es el Señor significa tratar de vivir como él vivió, amar como él amó, hasta dar su vida por los amigos, repetir a todos que Dios es el Padre que nos ama, nos perdona y nos salva, aunque muchos piensen que no necesitan salvación ni perdón”.
Ahora bien, aunque sepamos y seamos conscientes que “Entre la razón y la fe no hay ningún abismo insuperable, siempre que entendamos que las verdades de la fe no se apoyan en demostraciones científicas sino en la confianza que nos merecen los que nos las transmitieron” la dificultad se presenta en nuestro entorno en cómo presentar esto a los que discrepan. Me dirán ustedes que con el testimonio personal. ¡Cierto!
Pero ¿dónde está la racionabilidad intelectual de nuestro discurso evangélico? La respuesta hay que razonarla y encontrarla en el pensamiento. Estoy leyendo un libro de estudiante. Estoy en el capítulo III titulado “Posibilidad de la demostración”. Estoy en el primer apartado que trata del ‘agnosticismo teológico’ de Kant, del señor Immanuel Kant, aquel filósofo prusiano del siglo XVIII que, desde su fe protestante en Nuestro Señor Jesucristo, negó toda posibilidad de la demostración de la existencia real de Dios. La redujo a un predicado lógico en su famosa Crítica de la razón pura de 1781.
“La quidditas es el objeto propio de nuestro entendimiento. Ya que no tiene esencia, el ser no tiene quiddidad y no puede haber conocimiento discursivo de él. La existencia es extra genus notitiae, es decir, está fuera del orden, no del conocimiento, pero sí del conocimiento discursivo. Puede haber discurso para afirmar el ser, pero no de él. El ser es el elemento del ente que, porque no es esencia, no se puede tener en la definición quiddditativa de él”. La quididad es la peculiaridad distintiva de una cosa o persona; en la terminología filosófica medieval, esencia en el ser creado” (Página 40 del libre Metafísica que ya he referido recientemente en largo y ponderado escrito)
El problema actual es que creamos muy fácilmente sin bases intelectuales suficientes que no es posible demostrar científicamente la existencia de Dios, por haber creído sin oposición racional un discurso filosófico discutible instalado en la teología moderna que afirmó y afirmaque el tercer grado de abstracción, el metafísico, no tiene nada que decir a la Humanidad del siglo XXI. Quién crea eso es su problema. Quién me requiera en eso me tendrá a su lado. Pero que nadie me presente su fideísmo de apariencia ontológica como razón de su fe cristiana católica. ¡También es la mía!
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