Steven Pinker, o cómo vender el relato de la élite cosmopolita

Pinker

Este catedrático de Harvard dedicado a la psicología cognitiva, y que tiene en Bill Gates uno de sus más decididos seguidores, lo cual no es nada extraño dada la ideología que postula, está de actualidad entre nosotros porque su editorial en España está promoviendo la campaña publicitaria en torno a su último libro de divulgación. Porque Pinker, adalid del materialismo de las actuales élites liberales cosmopolitas, se añade a la consigna de “todo va estupendo”, que se resume en la idea de que vamos mejor que nunca gracias al cosmopolitismo (léase globalización), la liberalización de las costumbres y la Ilustración, y además sostiene que toda crítica y reacción contraria serán barridas por la historia. Síntesis: lo que hay es lo mejor y quien lo critica es un populista que predica el fin del mundo.

¿Pero realmente es así?  ¿Nuestras sociedades evolucionan tan bien como sostiene Pinker?, y en el caso de que fuera así, ¿acaece porque vivimos en una época ilustrada? A los autores de este discurso- consigna- les llaman los “Nuevos Optimistas” y tienen a Steven Pinker como sumo sacerdote, al que se añaden otros nombres como el divulgador científico Matt Ridley, aunque sin duda el pionero en la materia es Hans Rosling que pronunció en 2006 una conferencia de título explícito Las mejores estadísticas que has visto nunca.

A pesar de ello, en nuestro mundo occidental predomina la angustia por el presente y pesimismo respecto al futuro.  ¿Somos quejicas y vemos la realidad deformada o es que nuestro psicólogo y los que le acompañan, ven las cosas a su manera? Porque lo que ellos nos ofrecen es una amplia muestra de datos que así lo indican, pero el malestar y los daños, por otra parte, son bien evidentes. Y es que ya se sabe, las estadísticas las carga el diablo, y que dos se repartan un pollo no significa axiomáticamente que a cada uno le corresponda medio

 

Al igual que una distribución normal puede convertirse en otra paranormal.

En la física cuántica se asume que la observación modifica el fenómeno observado. Posiblemente, en este caso se cumpla el mismo principio en el mundo de los seres razonadores: las cosas han mejorado para una parte de la población mundial, empeoran en relación con otra, la percepción del futuro no genera esperanza y, sobre todo, quienes viven mejor que nunca son las élites cosmopolitas de la globalización.  Sea cual sea el balance, lo importante es no perder de vista el fenómeno global, porque tomado por partes siempre será posible afirmar que el vaso este medio lleno o medio vacío.

Se debe discutir la pretensión de que la Ilustración sigue guiando nuestros pasos, porque el actual vástago de ella, la posmodernidad, o sociedad desvinculada, ha devorado sus presupuestos. Pero, en todo caso, esa es otra cuestión, y ahora deseo centrarme en el discurso objetivo de los datos

Ciertamente la pobreza se ha reducido de una forma extraordinaria, esto es obviamente cierto, sobre todo en China y parte de Asia, pero lo que no nos dice Pinker es que simultáneamente los superricos han crecido más. Para ir al grano, y sin pensarnos que es la biblia, la llamada curva del elefante del economista Branko Milanovic nos aporta una visión esquemática de lo que ha sucedido en términos económicos.

 

La curva expresa el incremento del crecimiento por cada uno de los percentiles de ingresos en un periodo de 20 años previos a la crisis. Los resultados señalan una gran transferencia de renta de las clases medias de los países desarrollados, que incluyen a los trabajadores industriales y más cualificados, hacia los países emergentes y en vías de desarrollo, que no solo ha reducido la pobreza, sino que ha forjado una nueva clase media en lugares como China, donde no existía. En contrapartida el aumento de los ingresos de las clases medias de los países avanzados han resultado negativos descontada la inflación, o han sido muy modestos. Pero, y esa es la clave, las transferencias solo las han hecho los de en medio en un sentido amplio; el trabajador de SEAT en Barcelona, para entendernos, porque los niveles máximos de ingresos, el famoso “1%” no solo no han visto mermada su renta, sino que esta ha crecido de una forma extraordinaria. Después, ha venido la Gran Contracción que empezó en el 2008, que acabó de pasar la lija en la clase media, y además pauperizó en la sociedad occidental, al menos en buena parte de esta, al sector de ingresos más bajos, desarrollando una nueva clase social: el precariado.  La respuesta en este esquema no es blanca ni negra: a unos les ha ido bien, y a otros mal, que son los que se quejan y reaccionan, mientras que a la élite, que saca doble ventaja de la globalización, le ha ido siempre chipén, porque gana con la trasferencia de renta hacia los países en desarrollo donde instala los sectores de producción industrial de su negocio y determinados servicios, y gana con la devaluación interna -es decir reducción salarial- en los países desarrollados.  El resultado de todo ello es un aumento de la desigualdad en las sociedades occidentales.

Es cierto que viven mejor que en cualquier otro momento, pero esta afirmación encierra tres elusiones.  La primera es que en realidad este estadio ya se alcanzó en los “gloriosos treinta” en Europa, que se inician en 1945, y que tiene un correlato en Estados Unidos. La segunda, ligada con la anterior, es que en aquel periodo las expectativas de futuro -a pesar de la Guerra Fría- eran mejores, porque ahora se narra el fin del trabajo y la crisis de las pensiones, y entonces ambas cuestiones señalaban un futuro mejor.  Por tanto, “no vamos”, sino que “venimos”. Y la tercera y definitiva: los buenos años se realizaron reduciendo la desigualdad, mientras que ahora sucede todo lo contrario.

La paradoja del tiempo actual es evidente: el PIB si es el más alto de la historia, pero el empleo va a peor en términos salariales, y el sistema de bienestar está en crisis, mientras que con economías de dimensiones más pequeñas se construyó y funcionaba bien. Hay más riqueza sí, pero ¿quién goza de esta mejora en occidente? La respuesta es que fluye hacia las élites liberales de la globalización cosmopolita. Según Taxe Justice Network la evasión fiscal de las multinacionales genera unas pérdidas de recursos para los estados de 50.000 millones de dólares, y se ha producido incluso una especialización en las big four (KPMG, PWC, Ernest&Young y Deloitte) para crear y vender estructuras que separan la tributación del lugar donde se logran, para dirigirlas a alguno de los 50 paraísos fiscales, entre listas negras y grises. La tributación empresarial microscópica es una plaga en Europa, donde hay países de la Unión que se han especializado en ofrecer una tributación mínima. Luxemburgo, en primer término, que es una realidad un paraíso fiscal tuneado, pero también Irlanda, Bélgica, y Holanda se nutren financieramente por esta vía tan dañina. Amazon, Facebook, Microsoft, Google, pero también la china Alibaba y otras más tienen una tasa fiscal efectiva inferior al 10% totalmente distantes de las empresas de los propios países con tasas del 23%. También el empresariado que no pertenece a la élite paga las consecuencias de la polarización. En contrapartida, el porcentaje del salario bruto dedicado a impuestos se sitúa entre el casi 40% de Alemania y el 21% de España. Son los salarios los que mantiene el estado del bienestar y no las grandes compañías globalizadas. ¿Cómo se puede decir en este escenario que vamos bien? Europa, Estados Unidos viene de ir bien -lo repito-, pero van a mal. Porque no es ir bien que en España las retribuciones de los directivos empresas del IBEX crecieran entre 2016 y 2017 un 3,72%, mientras que el de los empleados resultó un pírrico 0,03%, es decir, por encima de un cien por cien menos. Y en términos absolutos la diferencia de retribución entre la alta dirección y los trabajadores es la que va de los 938.026 euros a los 51.258, una relación que se aproxima a un 20 a 1. Nadie posee un valor de producción tan elevado que justifique esta escala salarial, que es impropia de la Europa surgida del Tratado de Roma.

El ascensor social está averiado, aunque sigue funcionando, mejor en Europa que en Estados Unidos, pero la polarización social y la desigualdad de oportunidades, que tiene la tentación de convertirse en biológica de la mano del discurso posthumanista, hacen que sus resultados sean incapaces de supera las barreras marcadas por las grandes diferencias de ingresos. A Piketty se le podrá criticar por diversas razones, pero sumado y restado, no le quita ni un ápice a su tesis central: el capital crece más deprisa que el PIB. Sin capital inversor, las ventajas del crecimiento se difuminan, y esa es la condición de la mayoría de la población, si descontamos el valor de la casa en la que vive; para muchos, tal descuento no es necesario, no la poseen

Hay muchas más cuestiones en el balance, la depredación del medioambiente, la multitud de guerras invisibles, el poder sangriento de las grandes mafias también globalizadas, la crisis de las instituciones representativas, y la masiva emigración hacia Europa y Estados Unidos, con las cifras más altas de toda la historia. Algo no funciona en buena parte del mundo cuando todo eso sucede simultáneamente.

Claro que Pinker y Bill Gates van de la mano. El primero como palmero y animador de la fiesta y el segundo paga las copas. Y encima quieren que sonriamos

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