Suicidios conyugales

Es sabido que la institución matrimonial –que es lo mismo que decir el amor de pareja y familia, que es lo mismo también que decir el ser humano– no a…

Es sabido que la institución matrimonial –que es lo mismo que decir el amor de pareja y familia, que es lo mismo también que decir el ser humano– no atraviesa por uno de sus mejores momentos.
 
He sostenido en múltiples ocasiones que el problema no es del matrimonio en sí, sino de esta sociedad para con él, de la percepción que tenemos del mismo y de la actitud con que lo afrontamos. Curiosamente, parece que todavía andamos lejos de buscar soluciones de verdad a este problema, y una gran parte del mundo continúa achacándole al matrimonio la naturaleza de sus conflictos conyugales, y otra buena parte sigue haciendo chistes de esta realidad tan seria y trascendente.
 
Pocos parecen advertir –y si lo hacen y lo manifiestan públicamente son tachados de reaccionarios– que los divorcios son una tragedia que conlleva daños no sólo para los hijos –esto es tan evidente que ni los más progres se atreven a negarlo, aunque en una pirueta fantástica he oído a alguno afirmar que un divorcio que da paso a nuevas uniones favorece a los niños al multiplicar los progenitores oficiantes–.
 
Los miembros de la pareja también padecen de muchas formas, desde la sentimental a la económica, las consecuencias de la ruptura, que, para quien haya contraído su matrimonio convencido de que inauguraba una nueva vida constituida por dos personas, no podrá parecerle menos que la consumación de un suicido de esa existencia compartida, con el resultado de sentirse un fantasma que pese haber traspasado el umbral del más allá arrastra cadenas por lo que dejó.
Esto se podría calificar como ceguera, pues la crisis familiar comienza a convertirse en pandemia. Pero no todos los problemas se fraguan en la inconsciencia. Hay muchos a los que al menos se les podría acusar de imprudencia temeraria, o incluso de inducción al suicido conyugal. Cada vez con menor escándalo se informa de fracasos matrimoniales, pasados o futuros, como si no se tratase de una enfermedad que se contagia de oído.
 
A la vuelta del verano hemos asistido con pasmo a la noticia de que la mayor parte de las rupturas en las parejas acontecen al regresar de las vacaciones, debido, por lo visto, a que la convivencia de días completos se hace insufrible para muchos acostumbrados a quererse sólo fuera de la jornada laboral. Siendo esto lamentable, de ser cierto, no es peor que la forma en que el presunto periodista informaba del fenómeno: «miles de parejas se romperán después de las vacaciones». Esto fue dicho, puedo asegurarlo, sin el menor dramatismo, como quien afirma que «miles de personas acudirán a las rebajas» o que «miles de personas van a asistir a tal concierto».
 
Para el que haya tenido que soportar algún enfado o desengaño de más, este anuncio de normalidad rupturista puede suponer una llamada de mal pastor a despeñarse.
 
Inducción al suicidio, y no exagero. ¿O no saben bien los psiquiatras que cuando alguien se tira por un puente, enseguida otros se sienten impulsados a emularlo, sabiendo cualquiera que nunca hay razones suficientemente graves como para quitarse la vida?
 
Por tal motivo existe una cierta prudencia periodística que silencia los acontecimientos de esa índole, porque, al fin y al cabo, si un suicida con éxito puede hacer que otros se animen, y si la vida humana todavía es algo protegible, lo más sabio parece que es correr un tupido sudario sobre el desgraciado fallecido, no demos malas ideas a quienes no tienen ánimo para pensar.
¿Y es que el matrimonio o la familia no son bienes valiosos y protegibles? Al menos, dado el nivel de escepticismo de hoy ante los valores, no se podrán negar los males que arrastran los divorcios. Si esto se sabe, no cabe admitir comportamientos tan censurables –sí, censurables– como el de ese periodista que, hablando de la cantidad de divorcios por los que han pasado los hijos de una famosa aristócrata, se atrevía a añadir «porque no son diferentes a la mayoría de las personas».
 
Gracias a Dios, todavía no es la mayoría de las personas la que se divorcia. Pero las cifras continúan creciendo, y con la ayuda de irresponsables o enemigos de la normalidad familiar, pronto se desbordará el embalse de las desgracias que la sociedad es capaz de soportar sin resquebrajarse. Un poco de cabeza, por favor, o al final a todos se nos van a atragantar los chistecitos sobre el matrimonio.  
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