Suspicacias postmodernas, I: El maestro

La cohesión social depende, entre otras variables, de la virtud de la confianza. Cuando los actores sociales dejan de confiar los unos con los …

La cohesión social depende, entre otras variables, de la virtud de la confianza. Cuando los actores sociales dejan de confiar los unos con los otros, cuando se instala la suspicacia, los vínculos que mantienen firmes el funcionamiento de la sociedad se destruyen y esa red invisible que une a las personas se deshilacha.

Hace unos años, el polémico pensador norteamericano Francis Fukuyama, el que profetizó el fin de la historia, se descolgó con un libro sobre la confianza. Constataba una fuerte crisis de confianza en las sociedades occidentales, en el sistema capitalista vigente y en el ámbito laboral. Sentenciaba la fractura del pacto fiduciario necesario para poder vivir en paz. No se refería solamente a la crisis de credibilidad de algunas instituciones sociales, ni al clima de inseguridad urbana y a la violencia y agresividad que se impone por doquier, sino a la desconfianza en relación con determinadas figuras sociales que, en otros momentos de la historia, no muy lejanos, gozaban de una plena y total confianza por parte de los ciudadanos.

Desde mi punto de vista, no sólo nos hallamos frente a una sociedad regida por la desconfianza, sino caracterizada por una constante práctica de la suspicacia. La confianza, tal y como se define tradicionalmente, es una forma de fe (fides), de adhesión personal a una persona o a una institución por la autoridad moral que se le reconoce. La confianza no se puede imponer y menos aún someter a coacción. Es libre y es el fruto de la autenticidad. La desconfianza, por el contrario, es la pérdida de esta fe, una pérdida que jamás es gratuita, sino que obedece a una razón: la crisis de la autoridad moral del sujeto que albergaba dicha confianza.

La suspicacia, en el diccionario de María Moliner, se dice del suspicaz, del receloso, del que tiene tendencia a ver malicia o mala intención en los actos o palabras de los otros. Se trata, en el fondo, de una actitud que no está contrastada, que parte de un juicio de intenciones que no corrobora la realidad. Es lógico perder la confianza cuando se ha producido una traición, pero la suspicacia es una actitud apriorística que no viene avalada por un hecho anterior. Es la actitud de quien viene de vuelta de todo, de quien ya no se sorprende de nada, porque, según él, todo es corrupto. La suspicacia es la actitud fundamental del cínico postmoderno.

Una de las figuras sujetas a esta permanente desconfianza en nuestra sociedad es la del maestro. No me refiero solamente al maestro de secundaria, que tiene frente a sí alumnos adolescentes y que, por definición, se oponen a cualquier principio de autoridad, ya sea el maestro, el padre o el sacerdote; sino a todos los maestros, desde los niveles primarios de la educación, hasta el sacrosanto recinto de la universidad. El maestro es objeto de suspicacia. El alumno pone en tela de juicio sus afirmaciones, sus valoraciones morales y sus ideas en torno al mundo. Desacredita sus puntos de vista, pero se traga como auténticos dogmas de fe cualquier opinión de la estrella mediática de turno.

Se somete al maestro a una constante fiscalización y su auctoritas, ésa que se le reconocía en otros tiempos, está por los suelos. Pero no sólo es sujeto de desconfianza por parte de los alumnos, sino también por parte de los padres.

Muy a menudo, los maestros se sienten fiscalizados por los padres de sus alumnos y sienten que éstos delegan en ellos funciones que no les corresponde, pero que los padres han dimitido de realizar. Funciones tan elementales como educar el sentido del respeto, del esfuerzo y de la cortesía. Los padres sospechan del maestro, sobre todo cuando el maestro es crítico con los resultados y la capacidad de su sacrosanto hijo. Raramente los padres reconocen la debilidad de la criatura. Más bien sospechan de la incapacidad del maestro para domesticar a ese alumno.

El maestro es una figura objeto de suspicacia también desde las más altas instancias del Estado. Se le somete a un marco educativo muy estricto, a un diseño curricular que viene de arriba; fácilmente es objeto de intrusiones políticas en su tarea y se limita extraordinariamente su autonomía profesional lo que tiene como consecuencia una fuerte crisis de autoestima. El gobierno de turno trata siempre de colocar una ración de su ideología en la escuela, para garantizar el bueno orden y la buena conducta de los ciudadanos.

Socialmente, los maestros carecen de autoridad y de reconocimiento público. Se sospecha permanentemente de la eficacia de su acción educativa. Determinados informes recientemente publicados, todavía ponen más en entredicho la eficacia de nuestro sistema en relación con el sistema educativo de otros países, lo que todavía perjudica más gravemente la credibilidad del maestro de a pie.

Y, sin embargo, el maestro constituye el nervio fundamental de una sociedad, la única esperanza en un futuro más digno. Como dice Jaime Balmes, el maestro, aunque aparentemente no tenga influjo, puede llegar a tener más influjo que un político o un periodista. Su persistente dedicación a un grupo de personas es lo único que realmente puede suscitar en ellas un cambio, una transformación, una mejoría social. Debemos creer en los maestros, en su capacidad, en su autoridad, en su dedicación, en su infatigable entrega, en su pericia para transmitir conocimientos, lenguajes, habilidades y, sobre todo, valores. Eso, valores.

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