Suspicacias postmodernas, II: El político

Un político de primera línea acude a una universidad para explicar su programa electoral para los siguientes cuatro años. Una peq…

Un político de primera línea acude a una universidad para explicar su programa electoral para los siguientes cuatro años. Una pequeña minoría de estudiantes asiste al acto. Como el decano tiene miedo de quedar mal, “sugiere” al personal de administración y servicios que acuda al acto para “rellenar”. El político, debidamente asesorado, trata de abordar la cuestión con un lenguaje adecuado al entorno y haciendo hincapié en sus proyectos para la juventud, el primer empleo y expone sus ideas para facilitar la adquisición de la primera vivienda.

La cara de los alumnos que asisten al acto es sumamente expresiva. En esos rostros, uno puede observar fácilmente escepticismo, desconfianza, pero sobre todo, suspicacia. La inmensa mayoría están en el bar, ese departamento tan popular y frecuentado en la universidad. El poco rebaño que ha asistido al evento, mantiene una actitud suspicaz que se pone de manifiesto en el turno de preguntas, turno que se interrumpe debidamente cuando las preguntas adquieren un tono demasiado crítico y el asesor de turno considera que el candidato debe marcharse a otro lugar.

Es una escena real, pero también un síntoma que probablemente indique un problema muy grave: la suspicacia frente al político. La credibilidad del político ha sufrido una caída libre en los últimos veinte años, su imagen pública se ha deteriorado a la velocidad de la luz y su autoridad moral está francamente en un estado crítico. El político es una figura que en el escenario postmoderno se le asocia fácilmente con el escalador, el holgazán, el corrupto, pero, sobre todo, con el demagogo. Se le culpabiliza de todos los males y problemas que sufre la sociedad y se desconfía de su capacidad para resolverlos eficazmente. Al político se le observa con lupa, se registran sus pasos y sus movimientos, mientras que a otros agentes sociales se les permite todo.

Esta desconfianza se pone de relieve en el bajo índice de participación juvenil en los comicios, en la desvinculación política de los jóvenes estudiantes, en el desinterés por los discursos y los temas políticos. El joven prefiere acudir a la ONG de turno que a la sede del partido, porque en el partido se encuentra, sobre todo, con gente mayor y, además es objeto de suspicacias por parte de sus amigos. El mundo de las ONG’S tiene para él una especie de virginidad moral que sólo el tiempo se encargará de poner en tela juicio.

En cualquier caso, esta suspicacia postmoderna frente a la figura del político no es, naturalmente, una casualidad, pero tampoco es una fatalidad cósmica. Cabe la posibilidad de una lenta y esforzada regeneración moral de la vida política o cuando menos, creemos en ello, pero la pérdida de credibilidad tiene que ver con la multiplicación de casos de corrupción, de demagogia y de prevaricación en los dos últimos lustros. Con todo, la generalización es un incorrecto modo de pensar. La parte nunca explica el todo, pero puede contaminar la imagen colectiva del todo, puede convertirse en tópico o estereotipo y acabar estigmatizando una figura social.

Cuando se aborda la figura del político, tan necesario en el seno de las sociedades abiertas, plurales y democráticas, no se piensa jamás en ese político discreto que nunca aparece por la televisión, en ese político de una pequeña población, un alcalde, un concejal, que dedica horas y tiempo familiar y de ocio a mejorar un determinado municipio, a mejorar la calidad de vida de los ancianos, de las viudas, de los jóvenes o de los grupos más vulnerables de ese entorno concreto. Nunca pensamos en él y este político es mayoritario numéricamente y es fuente de riqueza moral y de esperanza.

Contra lo que es tan habitual oír: debemos confiar en los políticos, debemos tener fe en sus palabras. Sólo cuando existan motivos objetivos para sembrar la desconfianza, es legítimo criticar al político, pero no debemos dejarnos llevar por el tópico, ni por aquella tendencia tan frecuente en las sociedades de buscar el chivo expiatorio que expíe todos los males. Y para que conste, ésta no es una defensa gremial.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>