Suspicacias postmodernas, III: El periodista

Una de las figuras que en nuestro contexto cultural sufre una grave pérdida de autoridad moral y de prestigio social es el periodista. A veces,…

Una de las figuras que en nuestro contexto cultural sufre una grave pérdida de autoridad moral y de prestigio social es el periodista. A veces, de un modo injusto, se le convierte en el chivo expiatorio de todos nuestros males, se le hace responsable del clima de tensión y de crispación que vive nuestro mundo, cuando, en ocasiones, la principal responsabilidad afecta a otros agentes sociales. A pesar de ello, también hay que reconocer que, en muchas circunstancias, los periodistas magnifican determinados hechos que no tienen ninguna relevancia social o sacan punta a unas declaraciones desafortunadas y generan, con ello, un vendaval político de consecuencias imprevisibles.

Se ha instalado una permanente desconfianza en torno a él y salvo determinadas excepciones que confirman la regla, se practica, por lo general, una constante suspicacia respecto a la labor y el rol que desarrolla el periodista en nuestra sociedad. Esta generalización, siempre problemática, tiende a olvidar esas formas de periodismo menos conocidas, más residuales y minoritarias, que desempeñan una función muy noble en el conjunto de la sociedad. Pero estas formas de periodismo son, desde el punto de vista de la opinión pública, prácticamente invisibles. Me refiero, por ejemplo, al periodismo científico y cultural que desarrolla una función de divulgación en el sentido más noble del término.

La tarea del periodista cultural o científico consiste en realizar la tarea de mediador entre los creadores científicos y culturales y el gran público. Tarea compleja ésta, pues no siempre es fácil hallar las palabras adecuadas para hacer comprender al gran público lo que se teje en las altas esferas de la cultura científica, artística o filosófica. Esta tarea tan noble y necesaria para desarrollar intelectualmente a la ciudadanía y, consiguientemente, su juicio y sentido crítico, apenas es valorada y, sin embargo, juega una baza muy importante en el desarrollo de las sociedades del conocimiento y de la información.

La imagen social del periodista decrece día tras día. Afecta a todo el colectivo de un modo general. Por lo común, se le considera un sujeto incapaz de análisis objetivo y esclavo de los más bajos intereses, ya sea de orden económico, político, social o religioso. La construcción de un titular o la narración de un evento obedecen a lógicas y a implícitos que el lector más avispado descubre y, como consecuencia de ello, pone en entredicho la pretendida neutralidad y objetividad que se exige al periodista desde su mismo código deontológico. Cuando leemos, por ejemplo, dos periódicos de una línea editorial opuesta, tenemos la sensación de que hablan de dos mundos distintos, de dos países, de dos iglesias, de dos sociedades y, sin embargo, se están refiriendo a la misma realidad o, cuanto menos, esto es lo que venden.

Esta pérdida intencional de objetividad tiene como consecuencia la permanente desconfianza frente a lo que narra o explica el periodista. ¿Qué solución le queda al lector? ¿Cómo enterarse de lo que realmente ha sucedido en un lugar? ¿Cómo indagar quién tiene la razón? Sólo tiene una salida: contrastar la información que lee con otras narrativas periodísticas, pues, él, como tal, no tiene acceso a la realidad en sí misma y debe fiarse de quien se ha aproximado a ella. Pero dado que hay presentaciones tan distantes, tan diametralmente confrontadas, sólo puede hacerse una imagen mínimamente compleja y ponderada, si contrasta las distintas informaciones y practica un sabio y equilibrado pirronismo. Con todo, ello supone un implícito, a saber, que la información no está concentrada únicamente en las manos de un poder fáctico, pues, en tal caso, la posibilidad de hacerse una idea equilibrada de lo sucedido es completamente imposible, pues la presentación obedece solamente a una fuente de intereses.

Además de este enorme desprecio por la objetividad, el ciudadano común observa, con frecuencia, que determinados estilos retóricos de ejercer el periodismo son tan agresivos y hostiles que no sólo hieren a un determinado colectivo o sector de la sociedad, sino que intoxican gravemente el clima de convivencia pacífica que necesitamos para poder desarrollar satisfactoriamente nuestras tareas individuales. Insultos, sarcasmos, difamaciones, vejación intelectual y otras prácticas se están convirtiendo en fenómenos habituales en la prensa escrita de nuestro país y todo ello genera una nebulosa que hace muy árida la tarea de vivir. Mucho ruido. Demasiado.

La lógica de la acción y reacción se impone y cuando una de las dos facciones en litigio cae en el insulto, la otra todavía debe ingeniar un insulto más grave y así indefinidamente. Naturalmente, el lector parece alimentar esta tendencia de acción y reacción, pues sigue comprando y leyendo lo que muchas veces no puede denominarse de otro modo que basura panfletaria. Por lo tanto, en cierto sentido, el lector también es responsable de ello y no de una manera pasiva, pues en la medida en que se hace con este tipo de productos legitima prácticas que están fuera de lo mínimamente exigible.

En definitiva, la imagen del periodista crítico, sutil y perspicaz que delata y pone encima de la mesa de la opinión pública los trapos sucios de la administración del Estado, del Ejército o de un determinado grupo económico, se está invirtiendo peligrosamente. El lector parece haber descubierto que el periodista también forma parte del entramado social, económico y político, que no es una voz virgen, ni inmaculada, y que está igualmente liado en las mismas redes que delata. Probablemente ya lo sabíamos, pero nunca de un modo tan enfático como en el presente.

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