Suspicacias postmodernas, IV: El intelectual

Durante un tiempo se escribió sobre la traición de los intelectuales y, posteriormente, se sentenció la muerte de este colectivo….

Durante un tiempo se escribió sobre la traición de los intelectuales y, posteriormente, se sentenció la muerte de este colectivo. Se certificó, así, su defunción. La primera expresión se refería al vasallaje de determinados intelectuales muy relevantes de la escena cultural a determinados regímenes políticos totalitarios del siglo XX.

Hoy sabemos, por ejemplo, que un intelectual de la talla de José Ortega y Gasset, autor, entre otras obras, de La rebelión de las masas, se ofreció a Francisco Franco para redactar sus discursos, oferta que el dictador no aceptó por desconfianza. También sabemos que el gran Martin Heidegger, el autor de Ser y tiempo, fue miembro del Partido Nacionalsocialista y que juró fidelidad al Führer en su toma de posesión como rector de universidad en pleno Dritte Reich.

Grandes hitos han sido puestos en el erial y figuras aparentemente vírgenes desde el punto de vista moral, como Jean Paul Sartre, han encogido notablemente con el tiempo. Las sutiles y prolijas biografías que se han escrito a lo largo de la última década sobre el enfant terrible del existencialismo ateo se han encargado de desmitificar esta soberbia figura intelectual del mundo francés.

Paralelamente a este proceso de reconstrucción moral, también hemos conocido, durante los últimos años, el valor y la coherencia de algunos intelectuales que, en su momento, quedaron como eclipsados por estas someras figuras y que, después de la revelación de su impostura, han adquirido mucho más peso y valor que en su momento histórico.

Debemos recordar, por ejemplo, la lucha por los derechos humanos, por la dignidad de la mujer y por la libertad del pueblo judío de una intelectual de enorme talla como Edith Stein, discípula de Edmund Husserl, autor de Ser finito y ser eterno y exterminada en Auschwitz en agosto de 1942. Debemos también rememorar la intensa defensa de la libertad de enseñanza que realizó Karl Jaspers y su disputa con Martin Heidegger respecto al modelo de universidad en Alemania. En este sentido, no es justo, ni pertinente, considerar que la traición de los intelectuales representa a todo el colectivo. Los hubo que se la jugaron, que vivieron de un modo coherente y hasta sacrificado. Los hubo que murieron por sus ideas.

La segunda expresión, la muerte del intelectual, es más apocalíptica y se utilizó para constatar la práctica desaparición de esta figura en la sociedad audiovisual. Se consideraba que en el gran circo mediático, las posibilidades de sobrevivir del intelectual eran prácticamente nulas para un espécimen como él dedicado íntegramente al trabajo de biblioteca y a la lectura. Pero esta expresión también es hiperbólica, como la que certifica la muerte del libro, pues, a pesar de las metamorfosis y transformaciones que ha experimentado el intelectual, esta figura subsiste y con mucha fuerza en nuestro entorno, aunque para poder ser visto y crear opinión pública, para poder existir para los otros, debe entrar, de lleno, en el tercer entorno, en el mundo de los mass media y rendir pleitesía a los nuevos formatos de las sociedades complejas.

Ni Jean Paul Sartre, ni Martin Heidegger, ni Emmanuel Mounier tuvieron que encargar a un diseñador informático una página Web, ni tuvieron tampoco que pagar el peaje de mantenerla, pero en nuestro universo líquido, sólo elintelectual que juegue bien con las herramientas del mundo icónico va a sobrevivir en lucha por la supervivencia. Los medios de comunicación de masas se han multiplicado por doquier, tanto en intensidad como temáticamente, lo que significa que, de hecho, el intelectual dispone de más foros y tribunas para manifestar sus ideas. En este sentido, esta multiplicación exponencial le ha venido bien, aunque también tiene el peligro de perderse en un universo de voces, imágenes, relatos y narraciones que se superponen y que, en ocasiones, se repelen unas con otras.

El intelectual no es, en cualquier caso, una figura invisible. Su tarea fundamental consiste en pensar y en expresar lo que piensa libremente al conjunto de la sociedad. Esta tarea, sin embargo, suscita algunas perplejidades y desconfianzas en su entorno más inmediato. El agente político le recuerda que sus ideales son tan vagos y utópicos que no pueden encarnarse y que, en este sentido, sus propuestas son increíbles. El ciudadano común descubre que el intelectual no siempre representa esa voz libre de prejuicios y de estereotipos que debería ser, sino que, muchas veces, se revela como un auténtico esclavo de ello y, de ese modo, pierde toda legitimidad. Figura incómoda donde las haya, pero también necesaria, no sólo desde el punto de vista del poder, sino de la ciudadanía. Con todo, la suspicacia también se ha adueñado de esta figura, aunque no en el mismo grado que lo ha hecho del político o del periodista.

En un contexto tan insoportablemente leve desde el punto de vista intelectual como el nuestro, necesitamos voces sólidas y profundas en el campo del pensamiento, referentes libres y auténticos, que se expresen con honestidad intelectual y que sean capaces de superar la peor de las dictaduras invisibles: la de lo políticamente correcto.

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