Suspicacias postmodernas V: El Juez

La percepción ciudadana de la justicia no es, probablemente, justa, pero expresa una actitud de permanente suspicacia frente a sus máxim…

La percepción ciudadana de la justicia no es, probablemente, justa, pero expresa una actitud de permanente suspicacia frente a sus máximos representantes y su funcionamiento administrativo.

En el imaginario colectivo postmoderno, la justicia es lenta, burocrática y, además, injusta. Se desconfía del proceso, de los actores implicados en el proceso, de la defensa, del fiscal y del mismo juez y, además, también se deposita nula confianza en la posibilidad que tiene ésta de reparar el mal sufrido.

Este escepticismo frente a las instituciones de justicia es particularmente grave, porque tiene como consecuencia la búsqueda de formas alternativas, de modos que realmente hagan justicia, puesto que, según la percepción colectiva, los modos formalmente establecidos no cumplen el objetivo asignado.

Esta búsqueda por libre de la justicia acarrea serios problemas y jamás puede justificarse moralmente en un estado de derecho, aunque, en ocasiones, es explicable desde un punto de vista racional. En un estado de derecho, expresión de una democracia participativa y responsable, la justicia, en sentido legal, emana del pueblo dignamente representado por los partidos que canalizan su voz.

El escepticismo no sólo se refiere a la figura del juez, sino también al sistema penitenciario. Se parte de la idea que las instituciones penitenciarias deberían ser ámbitos para la reeducación del convicto y que deberían garantizar su posterior incorporación en la vida social de un modo pacífico y respetuoso.

Este objetivo está claramente expresado en el espíritu y la letra de nuestra constitución y de otras tantas constituciones europeas. Y, sin embargo, la impresión que tiene el sujeto postmoderno es que la cárcel es un ámbito donde, generalmente, se reproducen los esquemas de la delincuencia y que, además, no sólo no educa, sino que deseduca.

Fábrica de llanto –dijo de ella el poeta Miguel Hernández. Fábrica del resentimiento se la puede también llamar.

Muy a menudo, la presentación que de ella se hace en los medios de comunicación de masas es nefasta. Se magnifica el delito que por enésima vez ejecuta el exrecluso reincidente, pero raramente se pone de relieve el éxito de la reinserción y de la incorporación en el terreno laboral. Muchas organizaciones no gubernamentales, algunas de ellas de titularidad cristiana, trabajan para hacer posible este sueño.

El ciudadano postmoderno tiene, a menudo, la impresión que no merece la pena recurrir a la justicia, porque, a pesar de la queja, todo seguirá igual, pues los máximos responsables están saturados de trabajo y no van a poder atender a nuevas solicitudes. Muchas veces, en el inconsciente colectivo postmoderno se contempla la justicia como un modo de venganza institucionalizada, como una especie de ajuste de cuentas entre el agresor y la víctima.

Ser justo, en el sentido clásico del término, significa a dar a cada cual lo que es suyo, distribuir correctamente, esto es, equitativamente, algo. Es una virtud y, en tanto que virtud, un hábito excelente. En este sentido, la venganza que es una pasión negativa y cuyo fin es la destrucción del otro no puede ser jamás identificada con la justicia, ni la justicia puede ser jamás un eufemismo de la venganza. Cuando muchos gritan justicia, lo que están gritando en la cámara oscura de su ser es venganza. Recuperar la confianza en la justicia es fundamental.

Recuperar la confianza en la labor que educadores, psicólogos, trabajadores sociales, maestros y funcionarios en general desarrollan en las instituciones penitenciarias es fundamental.

Debemos confiar en la posibilidad de redención del ser humano, en la capacidad para descubrir a través de mediaciones oportunas que otra vida es posible, que se puede vivir de otro modo, que es preciso arrepentirse y reparar el mal causado.

Hasta que el milagro del perdón y de la reconciliación no se haga realidad, se van a reiterar indefinidamente la negatividad, el odio, la venganza, la cultura del resentimiento y de la muerte. Como recuerda Paul Ricoeur en Amor y justicia, la utopía es una sociedad vertebrada por personas justas, en instituciones justas y en sistemas justos.

El postmoderno desconfía de las posibilidades del ser humano. No se fía de las instituciones y, menos aún del sistema. Y sin embargo, la vida social se articula a partir de este triple entramado: personas, instituciones y sistemas.

El ciudadano postmoderno desconfía de la neutralidad del juez, de la legitimidad de las leyes, producto, -según él- de pactos estratégicos entre las fuerzas políticas que rigen el país. Desconfía de las penas, de su cumplimiento y, por supuesto, del carácter regenerador y restaurador de las instituciones penitenciarias.

Franz Kafka expresó, proféticamente, esta suspicacia frente a las instituciones de justicia. Nadie como él recreó literariamente la sensación de indefensión, de injusticia y de desamparo que experimenta, muy a menudo, la víctima. Nadie como él ahondó en el drama de la burocracia, en la deshumanización de las instituciones y en la fragilidad de los mecanismos legales para restablecer la justicia. Sus narraciones cobran realidad en esta postmodernidad nihilista.

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