Suspicacias postmodernas (y VI): El médico

Según la conocida filosofía hipocrática, el médico debe ser como un amigo para el paciente, alguien preocupado por su salu…

Según la conocida filosofía hipocrática, el médico debe ser como un amigo para el paciente, alguien preocupado por su salud, por su bienestar somático y espiritual, llamado a servirle integralmente y a velar por su intimidad. En el modelo tradicional, el médico entraba en la casa del enfermo, conocía a su destinatario desde pequeño, también la historia de la familia y entre él y su paciente se establecía un juego de complicidades.

El principio fundamental de la ética hipocrática se resume en una prescripción: “Primero, no hacer daño”. Según esta lex artis, el deber elemental del terapeuta consiste, pues, en no causar un mal al paciente y ello está expresado en lo que contemporáneamente se ha venido a llamar el principio de no maleficencia. Así está también expuesto nítidamente en el conocido juramento hipocrático, del siglo V antes de Cristo, y éste el fundamento de comprensiones de la medicina como la de Pedro Laín Entralgo o la de Edmund Pellegrino en los Estados Unidos de América.

Muchos sociólogos de la medicina consideran que este modelo de medicina interpersonal y erigida sobre la mutua confianza entre médico y paciente, el paradigma hipocrático-cristiano, experimenta una grave crisis en el sistema sanitario vigente. Esta hipótesis es, en parte, muy certera. El médico ha perdido, en pocas décadas, su autoridad y también la respetabilidad que le dispensaba el paciente, para convertirse en una de las figuras sociales que más suspicacias levanta a su alrededor. Lo que, sin lugar a dudas, hace imposible el acto médico, pues el paciente sólo se pone literalmente en las manos del médico si se fía de sus palabras, de su habilidad, de su ciencias y honradez. Si falla este pacto fiduciario fundamental, resulta imposible el ejercicio de la medicina.

El médico es, de un modo creciente, observado y fiscalizado meticulosamente por el paciente. Antes de llegar a la consulta, el enfermo se asesora por Internet, busca información del mal que padece en fuentes bibliográficas dudosas y visita a otros facultativos. Cuando el médico se expresa y aporta su visión sobre la cuestión, el paciente pone en tela de juicio sus palabras y trata de indagar qué intereses ocultos tendrá el facultativo para hacer tal diagnóstico y tal pronóstico. El médico también tiene temor del paciente y de su capacidad para arruinar su carrera profesional con la ayuda de un abogado.

Los abogados cada día están más presentes en las instituciones sanitarias. En este punto, seguimos a pies juntillas la tendencia norteamericana. Se está imponiendo, lo que se ha venido a llamar técnicamente la judicialización de la vida sanitaria. Nadie se fía ni de su sombra. Como consecuencia de ello, el consentimiento informado se convierte en moneda corriente en los centros asistenciales y hospitales, pues el médico antes de intervenir o llevar a cabo cualquier proceso terapéutico se cura en salud y exige la firma del paciente para evitar, en caso de problemas, la querella y la demanda judicial. Antes, este consentimiento era puramente oral. En la actualidad se articula por escrito y se extiende a muchas intervenciones que, hasta hace poco, no requerían de este consentimiento.

El consentimiento informado que, en sentido estricto, era un documento que servía para expresar la autonomía del paciente, su capacidad para tomar decisiones libres y responsables, se ha convertido en un documento clave para ejercer la medicina defensiva, en un salvavidas para la práctica médica. Lo que tenía que ser una patente manifestación del principio ético de la autonomía del paciente, se ha convertido, en muchos casos, en un mecanismo estratégico de pura defensa personal. Todo ello tiene como consecuencia un aumento de la burocracia, de los trámites y del papeleo.

No cabe duda que esta suspicacia no puede desvincularse del resto de suspicacias postmodernas que hemos analizado, pero, ello no exime al estamento médico de reflexionar en torno a las razones de esta pérdida de autoridad y de esta crisis de credibilidad que sufre este gremio en el conjunto de la sociedad.

La sensación de frustración y de decepción que la medicina moderna genera en muchos ciudadanos, tiene como consecuencia la emergencia en el mercado de medicinas alternativas que proponen métodos de curación y de relación médico y paciente personalizados y erigidos sobre la confianza mutua.

Sin embargo, es necesario señalar que algunas de estas medicinas alternativas que aparentemente salvan a la persona del anonimato y de la despersonalización constituyen un auténtico engaño y no resuelven satisfactoriamente los males del paciente.

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