Tarjetas pornográficas

En el maremágnum de casos de corrupción que un día sí y otro también van sacudiendo España y que mantienen i…

En el maremágnum de casos de corrupción que un día sí y otro también van sacudiendo España y que mantienen irritada a la opinión pública, el caso de las tarjetas “negras” de Bankia-Caja Madrid se lleva la palma.

Una persona con quien comentamos la situación señalaba que es tremendo e impensable el volumen de la corrupción que corroe las instituciones, pero ningún caso alcanza el nivel de lo sucedido con aquellas tarjetas. No sólo por las cantidades económicas sustraídas. “Es pornográfico”, aseguraba. Porque, argumentaba, “otras muestras de corrupción conocidas son deleznables, pero aun así hay en muchos casos una creación o desarrollo de empresas, y de alguna forma puestos de trabajo. Normalmente, además, quienes protagonizaban tales acciones corruptas no solían hacer ostentación e incluso en algunos casos su vida era austera. En el caso del uso de las citadas tarjetas es el extremo de despilfarro, de la banalidad, del egoísmo”.

Cuando el empobrecimiento del país es patente llegando a la extrema penuria para muchas familias, cuando se han producido recortes importantes en servicios básicos, los funcionarios han perdido pagas, la clase media ha visto erosionados sus ingresos y muchos pueden legítimamente cuestionarse que continúen formando parte de la clase “media”, cuando las arcas de las administraciones públicas están vacías y desde ellas no pueden realizarse inversiones importantes cara a relanzar la economía… resulta que algunos se permiten gastos sin límite en botellas de vino de cientos de euros o en lencería vaya a saberse para regalar a quien.

El uso de las tarjetas opacas citadas ha sido, de otro lado, una muestra de administración desleal. Que los directivos o altos cargos dispongan de una tarjeta de su empresa es razonable. Es, en primer lugar, una muestra de confianza en ellos. Pero, además, una persona que está al frente de una empresa, un banco, una institución, de manera lógica puede tener a menudo unos gastos que deban ir a cargo de la empresa. Si invita a comer a un cliente, si tiene que hacer llegar un regalo o unas flores a alguien, si debe recurrir a una urgencia de un viaje imprevisto o llenar el depósito de gasolina del coche para un desplazamiento de trabajo, es perfectamente lógico que pueda hacerlo con una tarjeta de empresa en lugar de la personal. Pero ello debe ir acompañado de la presentación de las correspondientes facturas. Habrá, ciertamente, el pequeño desfase de algunos gastos de bolsillo sobre el que no se tengan recibos, como la propina en el restaurante o los cafés invitando a un par de empleados, pero son detalles tan menores que no hacen cambiar el volumen básico ni nadie pone en cuestión. Lo sucedido en Caja Madrid demuestra que no sólo las personas fallaron con su despilfarro sino que tampoco había control alguno en la entidad. Si se tiene en cuenta, además, la crisis de la institución que ha llevado a tener que rescatarla aportando el Estado una ingente cantidad de dinero a cargo de todos los ciudadanos aún hace más alevosos tales dispendios.

Además, es sabido que no lo declaraban a Hacienda como ingresos, si es que ellos lo consideraban un “incentivo”.

Gastar “como si pagara yo”

Paradójicamente, quizá hoy resulten miras muy elevadas recordar la importancia de la templanza, virtud cardinal que no es exclusiva de los cristianos sino patrimonio de cualquier persona sólida. En realidad es una simple cuestión de lógica, de prudencia, de sentido común en el uso de las cosas, incluidos comer, beber, vestir, viajar.

Mucho más chocante resulta hablar de pobreza, virtud, esta sí cristiana, pero que no significa miseria ni suciedad. En la vida ordinaria de un profesional basta con no gastar más allá de lo necesario para sí mismo aunque manteniendo lo normal respecto a personas de similar nivel social o profesional. En los dispendios de empresa y los gastos de representación se debe estar a la altura del prestigio de aquélla pero sabiendo adónde se puede llegar sin ostentación ni extremos innecesarios.

Sobre todo, uno puede incidir en los gastos personales. Es una aberración aquello de tomarse el whisky más caro o el hotel más lujoso porque “paga la empresa”.

Una fórmula sencilla en viajes, en relaciones de trabajo, que puede resultar muy útil sería ésta: “¿Qué gastaría ahora si pagara yo y no la empresa?” Y aplicarlo.

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