¿Te sabes ya el Castán de memoria?

“Se ha dicho hartas veces que el problema de España es un problema de cultura. Urge, en efecto, si queremos incorporarnos a los pueblos civilizados, cultivar intensamente los yermos de nuestra tierra y de nuestro cerebro, salvando para la prosperidad y enaltecimiento patrios todos los ríos que se pierden en el mar y todos los talentos que se pierden en la ignorancia” (Santiago Ramón y Cajal)

Castán

Después de un intento fallido en 2015, el Ayuntamiento de Valencia ha iniciado en Mayo de 2017 los trámites para cambiar el nombre de cincuenta y una calles que homenajean, según sus representantes, a la dictadura franquista. Entre estos nombres está el de José Castán Tobeñas, doctor en Derecho, catedrático de Derecho Civil y autor de la conocidísima obra “Derecho Civil español, común y foral”. Hay dentro de esta operación de maquillaje urbanístico casos más sangrantes todavía que el de Castán, pero este jurista español resulta un buen ejemplo para analizar qué consideran determinados políticos franquismo y por qué lo persiguen.

Resulta harto interesante, en este sentido, la película de Mick Jackson, “Negación” (2.016), basada en hechos reales, que cuenta cómo la conocida historiadora estadounidense Deborah E. Lipstadt, en su libro “La Negación del Holocausto”, acusó a ciertos periodistas e historiadores de ser negacionistas del mismo y, por ello, se tuvo que enfrentar en 1996 a la querella por difamación presentada por el inglés David Irving, otro conocido periodista y admirador del Führer. Lipstadt se propuso derrotar a Irving y al resto de negacionistas británicos únicamente con expertos en el ámbito académico, basando en ellos su defensa, sin siquiera llamar a declarar a un solo superviviente de los campos de concentración.

Vamos a intentar un experimento similar. No voy a traer a colación ninguna de las magníficas obras de Castán ni tampoco ninguno de los actos que adornaron a lo largo de su vida su bonhomía personal, sino que voy a partir de la huella dejada en la literatura, científica o de otra clase, y de este modo poder comprobar si la calle en Valencia la tiene por su supuesto franquismo o por la importancia de sus méritos jurídicos y personales, cosa que percibió el pueblo valenciano en su momento y con independencia de su filiación política.

Siempre hay un intelectual que pone la diana y un político que ejecuta. Podemos afirmar que quien ha puesto la diana ha sido Antonio Serrano González, autor de “Un día en la vida de José Castán Tobeñas”. Javier Pradera lo cita así en su artículo “El ‘Castán’ y la desmemoria”. De aquí parte la idea. Ya se sabe que determinados políticos sólo leen a sus correligionarios ideológicos, a quienes normalmente ellos han puesto en lugar de privilegio para escribir sus obras. Así que luego no hay que sorprenderse de cómo se transforma la Historia, si quienes tienen determinada ideología nombran y subvencionan a quienes tienen la misma ideología, para que escriban sobre lo que pretende dicha ideología. Y luego cada ideología acusa de esto mismo a la contraria.

Guillermo Herrezuelo Conde, conocido autor jurídico y Doctor en Derecho con la calificación de sobresaliente “cum laude” (en el año 1999, Franco no tuvo nada que ver, lo siento), señala en la Revista de Estudios Jurídicos que “esta monografía de Serrano, atípica como lo es el propio autor, hace un análisis de esta figura emblemática y fundamental en el Derecho civil en lengua castellana. Su vida estuvo envuelta por las turbulencias políticas del momento, pero finalmente se han consagrado y reconocido sus aportaciones en el ámbito jurídico, incluso considerándolo como jurista español de talla internacional en la obra Juristas universales coordinada por Rafael Domingo Oslés, encargándosele la redacción no a Serrano sino a Gabriel García Cantero, persona de indudable mayor talla intelectual que Serrano. García Cantero es civilista ya consagrado y catedrático muy reconocido en España. En esta misma línea, añadiríamos que Castán fue una figura importante. No me atrevería a asegurar que la persona llamada a escribir su biografía, Serrano González, haya sido la más adecuada”.

El famoso “Castán”, como manifiesta José Castán Vázquez en su edición revisada, fue concebido originalmente como un texto para las oposiciones de aspirante al ingreso en la Judicatura, convirtiéndose en uno de los tratados fundamentales del Derecho Civil en España y en todos los países de habla hispana. Y no lo es tanto por las propias opiniones de su autor, que las tiene y comenta las de los demás, como por su capacidad de sistematización de toda la doctrina existente y de las distintas corrientes en boga en las distintas épocas. Fue una obra crucial para el estudio del Derecho y de ahí su profunda influencia en los juristas, no sólo patrios. Así lo afirmó Legaz, el cual fue el primer autor de habla hispana que profundizó seriamente en la Teoría pura del Derecho, y como tal ha sido reconocido internacionalmente.

Llegados a este punto bien puede acusárseme de citar autores que bien son familiares o bien más o menos partidarios ideológicos, por eso quiero comentar a continuación la obrita “Límites y rémoras en la obra de Castán Tobeñas” de José Ignacio Lacasta-Zabalza, que comenta a su vez el libro de Serrano. Aunque pretende ensalzar a este último y criticar a Castán, al final acaba señalando abiertamente cuál es la raíz del problema y por qué Castán despierta las iras de los políticos de determinada ideología, con independencia de su mayor o menor cercanía al franquismo.

Lacasta-Zabalza no es un apologeta, sino que afirma que “poca cultura, enteca historiografía, débil metodología, asoman sus inconvenientes rasgos en el legado de Castán Tobeñas”. Aunque inmediatamente desvincula su crítica de la ideología política o jurídica del criticado: “Ya en los años sesenta, Castán era tan aformalista (que no es lo mismo que antiformalista) que causaba problemas por su exageración en su propio bando nacionalcatólico”. El problema, para el crítico izquierdista, era que Castán acaba participando en el bando vencedor a causa de sus ideas religiosas: “Todo debido a una causa antes delimitada en estas reflexiones como el origen moral de casi todo lo jurídico, y precisada por el propio Castán” como “la fortísima tradición religiosa española”.

A Castán hay que quitarle la calle que le han dedicado en València no porque no fuese un gran jurista o una gran persona, que lo era en ambos casos, pero tampoco porque fuera un colaborador del régimen franquista. De hecho, el antiguo Secretario Nacional del Movimiento y primer Presidente de la democracia, Adolfo Suárez, tiene calles en distintos municipios valencianos y, además, en 2014, el Partido Unión, Progreso y Democracia solicitó el cambio de nombre de una calle en València, dedicada al falangista Marco Merenciano, por el del citado ex-presidente y antiguo colaborador de la dictadura.

No, la razón por la que hay que borrar a Castán de la Historia y del Derecho según estos señores es porque era católico, por sus creencias religiosas, en un nuevo ejemplo de que los totalitarismos, no importa de qué color sean, son absolutamente irrespetuosos con el diferente y con las creencias libres de los invididuos. Es decir, aquello en que muestra principalmente su individualidad y libertad como jurista es lo que lo hace inhábil para tener una calle en València a su nombre.

Castán puede desaparecer de las calles por orden de la autoridad (in)competente, en otra manifestación de su permanente falta de cultura y ejercicio sin límite de mezclar churras con merinas, pero queda para siempre su inmortal presencia e importancia en la obra escrita, no sólo jurídica, sino también literaria. Y por eso termino con la conocida cita de “La colmena”, de Camilo José Cela, novela que, al paso que vamos, será también considerada en breve uno de los baluartes literarios del franquismo, a pesar de que su publicación fue prohibida en España por la censura y se editó de forma incompleta en Buenos Aires en 1951, no pudiendo ser editada en nuestro país en su integridad hasta el año 1955. En la novela, un padre interroga a su hijo, eterno opositor a Notarías, sobre la marcha de sus estudios:

“—¿Te sabes ya el Castán de memoria?

—No, de memoria, no; es de mal efecto”.

Un jurista que se precie de tal debe tener en su casa el “Castán”, encuadernado y en un lugar de privilegio de su biblioteca, como Dios manda. Sin embargo y por desgracia, las desagradables noticias sobre el callejero continuarán en esta y otras ciudades. Y dale molino. En fin, como reza el refrán toledano, “allá van leyes, do quieran reyes”.

 

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