Theodor W. Adorno en la mente de Ratzinger (IV)

Uno de los filósofos frankfurtianos más citado por Benedicto XVI en la última encíclica es el pensador judío Theodo…

Uno de los filósofos frankfurtianos más citado por Benedicto XVI en la última encíclica es el pensador judío Theodor W. Adorno (1903-1969), autor de la Dialéctica negativa y miembro destacado de la primera generación de la Escuela crítica, junto a Max Horkheimer, Walter Benjamín y otros marxistas heterodoxos, como Erich Fromm y Herbert Marcuse, críticos de la Aufklärung y de la colonización tecnológica del mundo de la vida.

Esta generación de pensadores critica con vehemencia el proceso de la Ilustración y todos denuncian la metamorfosis de la razón moderna en razón instrumental. Dicho llanamente, consideran que el destino final del proceso de emancipación moderno y de los ideales ilustrados son los campos de exterminio nazis. En definitiva, constatan, con gravedad, el fracaso la razón humana y de la ciencia en particular para liberar el corazón del ser humano de las tinieblas. Se muestran escépticos, radicalmente pesimistas respecto al futuro y muy negativos desde un punto de vista antropológico.

No deja de ser curioso que Ratzinger utilice los textos y las ideas de estos filósofos marxistas heterodoxos para argumentar sus tesis. Cita la Dialéctica negativa de Adorno, pero podría también haber hecho alusión a la Crítica de la razón instrumental que publicó Max Horkheimer o a la Dialéctica de la Ilustración que publicaron ambos pensadores conjuntamente.

Los frankfurtianos critican con ahínco la supuesta fe en el progreso de los pensadores modernos por ingenua y expresan, con preocupación, la capacidad destructiva del ser humano en el siglo XX y su incapacidad para evitar Auschwitz. Perseguidos, exiliados y humillados por el totalitarismo nazi, los pensadores de Frankfurt constatan que el desarrollo de la ciencia, de la educación y de la tecnología no sólo no ha evitado la caída en el mal radical, sino que, además, la ha hecho posible.

“En el siglo XX, -afirma Ratzinger- Theodor W. Adorno expresó de manera drástica la incertidumbre de la fe en el progreso: el progreso, visto de cerca, sería el progreso que va de la honda a la bomba atómica. Ahora bien, éste es de hecho un aspecto del progreso que no se debe disimular. Dicho de otro modo: la ambigüedad del progreso resulta evidente. Indudablemente, ofrece nuevas posibilidades para el bien, pero también abre posibilidades abismales para el mal, posibilidades que antes no existían” (& 22).

Ratzinger es más cauteloso que los frankfurtianos. No afirma que Auschwitz sea la consecuencia directa de la fe en progreso, ni mucho menos el resultado del sueño ilustrado, pero muestra como el progreso humano es esencialmente ambiguo y como el desarrollo de la ciencia ha propiciado grandes bienes para la humanidad, pero también ha hecho posible las más grandes devastaciones. La bomba atómica no es una casualidad de la historia, sino el producto del desarrollo de la razón instrumental.

Adorno no ofrece una solución alternativa. Jürgen Habermas, miembro de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, propone la transformación de la razón instrumental en razón comunicativa, defiende el diálogo transparente y abierto como fundamento de una sociedad libre y democrática y advierte del peligro del fundamentalismo y de los fanatismos. Ratzinger dialogó abiertamente con el autor de la Teoría de la acción comunicativa (1981) y mostraron sus puntos de convergencia en Munich en enero del 2004, pero Ratzinger considera que, además de la razón, la fe jugará papel decisivo en la construcción de un mundo más fraternal y pacífico.

“Adorno -dice Ratzinger- se ha ceñido decididamente a esta renuncia a toda imagen y, por tanto, excluye también la ‘imagen’ del Dios que ama. No obstante, siempre ha subrayado también esta dialéctica ‘negativa’ y ha afirmado que la justicia, una verdadera justicia, requeriría un mundo ‘en el cual no sólo fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado lo que es irrevocablemente pasado’. Pero esto significaría -expresado en símbolos positivos y, por tanto, para él inapropiados- que no puede haber justicia sin resurrección de los muertos. Pero una tal perspectiva comportaría la resurrección de la carne, algo que es totalmente ajeno al idealismo, al reino del espíritu absoluto” (& 42).

No creo que Adorno llegara a tal consecuencia lógica, ni que afirmara la necesidad de la resurrección de la carne, pero es verdad que apunta hacia una esperanza última. Adorno cree firmemente que, al final de la historia, habrá una justicia y que el verdugo será condenado y la víctima salvada.

Esta justicia, esta memoria redimida del sufrimiento anónimo está formulada a modo de desideratum, pero conecta íntimamente con la esperanza cristiana de Benito XVI en un Dios trascendente que, desde el amor infinito, llena de sentido la lucha por el bien desarrollada a lo largo de la historia.

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