Todos quieren guerra. ¿Vendrá? (y II)

El ser humano no aprende hasta que es golpeado. Y los golpes ya son alarmantemente múltiples y multilaterales.

guerra Soberbia

Vengo advirtiendo a diestro y siniestro hace años, y el asunto se complica de día en día. Hasta lo he dejado escrito en varios de mis artículos, como Esto es la guerra (I y II), Para evitar la guerra (I y II) y ¡Que el terrorismo viene de nosotros! ¿Por qué buscan guerra? ¿Por qué aprietan y siguen apretando, saliéndose de su sitio, del lugar que les corresponde, si saben que están engañándose, domeñando la verdad con su posverdad de turno? Por soberbia. El primero de los pecados capitales según el Catecismo, que a menudo trae de la mano a su emparentado el autoengaño voluntario. Así se pone de manifiesto una vez más la inherencia del pecado en la vida del hombre sobre la Tierra. Sólo hay pecado cuando es consciente y voluntario, dice el Catecismo. Por eso sin duda hay pecado en su comportamiento, en tantos casos, porque incluso se jactan de ello. A esas hemos llegado. De manera que es la misma soberbia que la de aquella madre que va andando por la acera de una calle abarrotada llevando de la mano a su hija de tres años, que está hasta dispuesta a no apartarse de su trayectoria ni aminorar su paso, aun sabiendo que si ella sigue por ahí y tú que vienes por ahí también directo con la cartera pendulando, está dispuesta a arriesgar a que su hija pierda un ojo por la colisión que resulta por lo demás evidente. Espera que te apartes tú, y si no, se tranquiliza pensando que ya te denunciará y te arruinará la vida. ¿Significa eso que la madre prefiere ver a su hija ciega antes que ceder ante otra persona, conocida o no? Pues sí, es así. Con esas estamos. Se le llama soberbia. Ellos tienen su verdad, la cual están dispuestos a defender, por lo que parece, hasta consumar la paranoia. Son sepulcros encalados y capaces de cualquier cosa para justificar su inmundicia aplastando tu dignidad hasta arrasarla, de manera que solo permanezcan ellos sobre su autoesculpido pedestal. Es el pecado consumado. Y ese pecado viene creciendo a propulsión creciente en el interior de nuestras familias, porque muchas familias de las que nadie lo diría vienen deformando más que formar. Ya lo denuncian con insistencia e intensidad crecientes los profesores y educadores de niños, adolescentes y jóvenes: “¡Hay que empezar por educar a los padres!”, “¡y no se dejan!”. La labor es ingente. Es la crisis de la familia. El ser humano no aprende hasta que es golpeado. Y los golpes ya son alarmantemente múltiples y multilaterales. Faltan la coordinación y la chispa. De ahí surgen las guerras mundiales: de muchas guerras convertidas en una. ¿Vendrá?

Artículo anterior: Todos quieren guerra. ¿Vendrá? (I)

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