Tolerancia selectiva

¿Qué sucede cuando quien discrepa de los estándares establecidos se declara cristiano?

El escenario mediático alberga un elenco de debates públicos, entre ellos los de corte ético y moral, donde la tolerancia, en principio, admite posturas opuestas a las quizá convencionalmente asentidas. Pero, ¿qué sucede cuando quien discrepa de los estándares establecidos se declara cristiano? Entonces surge un problema inevitable donde esa “tolerancia” liberal de la que presume la sociedad, paradójicamente, rechaza aquello que choca con su dogmatismo vanguardista.

La multiculturalidad en el mundo occidental es ya una realidad tangible, es la carta de naturaleza que inunda, cómo no, el ideario político de nuestras instituciones locales, autonómicas y nacionales. No obstante, la caza de brujas repunta cuando quienes opinan conforme a sus propias convicciones, amparadas constitucionalmente, hunden sus raíces en el humanismo cristiano. Hay un hartazgo considerable hacia ellos lleno de discusiones, donde el acoso incesante de preguntas capciosas y de interrupciones jocosas dificulta la exposición lógica de sus legítimos argumentos.

Esto es así porque junto con esa sobrevalorada “tolerancia”, camina un acrisolado laicismo intransigente causante, en su caso, de que las Administraciones Públicas se adueñen del mercado libre de las ideas. Enarbolan un patrimonio moral tan absoluto como dúctil para adaptarse a cada situación según convenga. De esta forma se establece un orden ético propio, basado en criterios indiscutibles y categóricos, erigiendo como oficial el confesionalismo de lo políticamente correcto.

Más allá de los debates, la contextualizada, palmaria y flagrante hostilidad anticristiana, incide en sus adversarios en tres áreas vitales: la social, con burlas y agresiones a símbolos religiosos cuya justificación se basa mayormente en la libertad de expresión (unidireccional); la legal, con restricciones de derechos fundamentales y libertades públicas; y la política, con marginaciones improcedentes.

Los partidarios del confesionalismo establecido aborrecen la diversidad efectiva, pues no admiten más verdades que las suyas, evitando con ello que se quiebre su mentalidad de tribu. Solamente aceptan a quienes piensan como ellos, relegando a los que por sus diferentes creencias religiosas, principios activos y/o valores morales, no opinan igual que la mayoría consensuada o la minoría revestida de lobby.

Los prejuicios que alimentan la intolerancia de los tolerantes restrictivos, es decir el patronaje progresista, son los que de alguna manera van regularizando la indicada hostilidad cristianofóbica. Bastaría, por ejemplo, con que los medios fueran sencillamente respetuosos con las opiniones de los cristianos, que el discurso del debate en cuestión fuera ciertamente tolerante y no reiterativamente hiriente.

Coartar a quienes no piensan igual, a quienes no practican el adoctrinamiento de Estado, o pretender poner en cuarentena opiniones diferentes al “laissez faire” imperante, denota una grave crisis en las sociedades modernas. Los términos intolerancia y discriminación no han sido totalmente proscritos de las entrañas regeneracionistas, al ser aplicados con arrebato a quienes son tildados, inicuamente, como “enemigos de las conciencias”. Con todo,  es responsabilidad gubernamental remover los obstáculos que impidan la plenitud de la igualdad. Que tomen nota los responsables y que no pongan precio a la libertad.

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