Toros y aborto

En este caso, es obligado que empiece con una referencia personal para situar la perspectiva desde la que escribo. Siendo consejero de la Generalitat …

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En este caso, es obligado que empiece con una referencia personal para situar la perspectiva desde la que escribo.

Siendo consejero de la Generalitat impulsé la primera ley de protección de los animales que hubo en España. Fue en el año 1987. En realidad hice bastante más que promoverla, sus bases, que no su texto articulado, las redacté personalmente durante el mes de agosto del año anterior. Es evidente que estuve muy implicado en impulsar una ley que, como todas las primeras en un tema, encontró serias dificultades e incomprensiones en el propio gobierno. En 1987 lo de la protección de los animales a muchos les sonaba a extraño. Finalmente, el presidente Pujol me dio la luz verde y así la ley pudo entrar en el Parlamento y ser aprobada por una mayoría abrumadora.
Durante el periodo de debate de la ley surgía un argumento que he escuchado en otras ocasiones “menos ocuparse de los animales y más de las personas”. Siempre me ha parecido un tipo de razonamiento falaz porque una cosa no excluye a la otra. En mi caso concreto -también aquí la referencia personal es conveniente- por las mismas fechas fui el presidente fundador del primer banco de alimentos que existió en España, el de Barcelona. Interesarse por los animales no puede significar olvidarse de las personas. Esto es una evidencia.
Aquella ley, que fue fuente para que surgieran otras muchas en el resto de España, tenía dos avances simbólicos desde mi personal punto de vista muy importantes. Uno, la supresión del tiro de pichón. Otro, la prohibición de las corridas de toros en plazas que no fueran instalaciones estables. Esto ponía fin a su explotación turística que durante el verano se practicaba en la costa de Cataluña. También hubo tres barreras que no conseguí superar y que la ley por consiguiente no abordó:
Una, relativa a la caza de pájaros con visco; otra, los “correbous”; y la tercera, las corridas de toros con carácter general. Aquella primera ley estuvo en vigor hasta el año 2003, cuando se desarrolló una de nueva quemejoraba distintos aspectos, pero estas tres barreras continuaron intocables. Básicamente, creo, que por razones electorales.
Ahora, en el Parlamento de Cataluña se está debatiendo una iniciativa legislativa popular para prohibir las corridas de toros. Algunos ven en esta iniciativa un tema de los llamados identitarios. Hay gente indiscutiblemente que lo ve desde este punto de vista, a favor y en contra, a mi me parece un error considerable porque creo que pertenece a un orden distinto, universal, de cosas: el de la justificación o no de infligir dolor a un animal como espectáculo.
Este debate a favor y en contra ha generado un importante estado de opinión. Ante el interés creado, no puedo dejar de preguntarme cómo es posible que exista tanto forofo a favor y en contra de prohibir la fiesta de los toros, unos en nombre de eliminar la crueldad y dolor de un animal, y otros en defensa de la tradición, y almismo tiempo, se acepte con tanta pasividad una ley del aborto, que además tiene unas características tan radicales como la que caracterizan a la española.
Cuando se habla de aborto se habla de la muerte de un ser humano. Es decir, de un animal racional –esta es la connotación de su humanidad- dependiente, en el caso del no nacido. También, a partir de una fecha determinada, se puede hablar con absoluto rigor científico de muerte infringiéndole un gran dolor, algo que nunca ha aflorado en los debates de la ley y la generosidad con que se contempla la posibilidad de abortar. Es gravemente peligroso para una sociedad que asuma que una persona puede decidir el aborto a los siete meses, causar la muerte y un gran sufrimiento a un ser humano que ya tendría vida autónoma y que este hecho no comporte ningún tipo de sanción penal. Me parece que es una brutalidad y, por eso, me preocupa tanto la baja sensibilidad de la sociedad y sobretodo de los medios de comunicación, ahora enfrascados en el tema de los toros.
No se trata de anteponer aborto a toros, ni de equipararlo, porque no tiene equiparación, lo que se trata es de denunciar que en un caso la propia sociedad, los políticos, los medios de comunicación, sean capaces de promover un gran debate, y en el otro, el juego sea más bien todo lo contrario, de encubrirlo con cuatro banalidades.
Y es que ni tan solo hemos debatido la pregunta inicial: ¿Por qué pueden matar al no nacido? ¿Por qué pueden matar al animal racional dependiente que todos hemos sido? Pues por esta última causa, porque es un ser dependiente. Porque depende de su madre. Y en esto es obligada una cita bibliográfica, el libro de Adaslair MacIntyre, “Animales racionales dependientes”. El filósofo plantea que todo el pensar sobre el ser humano se ha venido realizando desde un punto de vista que no lo contempla en toda su complejidad. Se piensa al ser humano en lo que es solo un estadio de su vida, el de la completa autonomía, pero MacIntyre recuerda que todos hemos sido y probablemente seremos dependientes. Lo fuimos en el vientre de nuestra madre, lo hemos sido en períodos de enfermedad y es muy posible que antes de terminar nuestros días volvamos a serlo, algunos durante muchos años como consecuencia de la vejez y los problemas a ella asociados.

Pensar al ser humano en su dependencia implica saber que su dignidad permanece inalterable, y esto no excluye ninguna fase de la vida. Una sociedad que es capaz de valorar el sufrimiento del toro pero que al mismo tiempo es autista ante la muerte del ser humano dependiente, que su madre considera propiedad suya hasta un extremo que nos retrotrae al derecho romano de usar y abusar, es una contradicción insostenible que si no resolvemos acabará teniendo, ya los tiene, unos costes extraordinarios, porque los dependientes hemos sido somos y seremos todos. Se prepara una mentalidad que permitirá justificar la liquidación del débil, el que estorba, en definitiva, el que depende de otro: los infrahumanos.

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