Torras i Bages, hoy

Una interpretación actualizada de su pensamiento, ¿qué nos dice a los catalanes de nuestro tiempo?

Centenario de la muerte de Josep Torras i Bages, obispo de Vic y máximo exponente del catalanismo cristiano. Centenario de la muerte de Josep Torras i Bages, obispo de Vic y máximo exponente del catalanismo cristiano.

Acabamos de celebrar el centenario de la muerte del obispo de Vic, el venerable Josep Torras i Bages († 07.02.1916). En las presentes horas tan desmemoriadas, hay que decir que la conmemoración ha transcurrido sin mucho eco. A muchos, seguramente, este nombre y estos apellidos no les dirán nada.

torrasibages2O tempora, o mores! Todo ello nos estimula, y es que si sabemos de donde venimos, sabremos a donde ir y como es debido ir. Ciertamente, la figura y la obra del Dr. Torras, para quien esté interesado, resultan fácilmente accesibles. Gracias a Dios, disponemos de buenos y numerosos estudios y biografías sobre el obispo de Vic. Sus Obras Completas han logrado no hace mucho la tercera edición. Tenemos que añadir la edición de su Epistolario. Asimismo, La tradición catalana es un clásico de nuestra literatura, reeditado muchas veces.

En cuanto a la significación de Josep Torras i Bages, quiero remarcar ante todo el hecho que estamos hablando de un venerable sirviente de Dios, cuyo proceso de canonización permanece abierto, en espera del milagro definitivo que lo selle. Es decir, muchos estamos convencidos de que Torras i Bages disfruta de la visión beatífica. He aquí un santo de piedra-picada. Lo que hace todavía más universal su persona. Como tal, su influencia, su papel mediador entre el Cielo y la Tierra, especialmente hacia la tierra catalana, toma gran actualidad. Hay que explotarlo: privadamente, bien y sujetándonos al juicio definitivo de la Santa Madre Iglesia. Hay que rogarle, encomendarle cosas. Pedirle que nos obtenga la gracia divina. Y, sobre todo, podemos y debemos ingresar en su escuela. Una escuela de sabiduría.

Los títulos y calificativos laudatoris que ha recibido Torras i Bages quieren describir algunos aspectos de su relevo biográfico. Quedémonos con los de Patriarca de Cataluña y Santo Padre de los tiempos modernos.

Justo es decir que el obispo Torras fue un hombre de Iglesia. A esta realidad sobrenatural le dedicó lo mejor de lo mejor de sus fuerzas. Desde su circunstancia más concreta, se dejó querer por Jesucristo y correspondió fielmente a una llamada que fructificó en una empresa de servicio apostólico. No en balde, como obispo, eligió el lema paulino pro Christo legatione fungimur. Recordemos pues la tarea pastoral que se imponía Sant Pablo en la segunda carta a los Corintios y que se ha leído en la liturgia eucarística del Miércoles de Ceniza:

“nosotros estiércol de embajadores de Cristo, y es cómo si Dios mismo os exhortara a través nuestro. Os lo pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. Dios trató como pecador a aquel que no había experimentado el pecado, porque en él nosotros pudiéramos ser justos según la justicia de Dios. Os exhortamos, como colaboradores de Dios: No malverséis la gracia que habéis recibido. Recordad que él ha dicho: «Te he escuchado en la hora favorable, te he ayudado el día de la salvación». Ahora es la hora favorable, ahora es el día de la salvación”.

De esta misión, de sus reflexiones, de la acción de su ministerio, del amigo, del confesor, del conciliar, del literato, del obispo, se aprovecharon nuestros antepasados y todavía muchos de nosotros podemos encontrar testigos de referencia más o menos cercanos.

Aun así, el legado del Dr. Torras, principalmente, lo encontramos en su magisterio escrito. Si hay una escuela torrasiana, él es el maestro. Creo que no me excedo si oso afirmar que los católicos, sobre todo los catalanes, tenemos la obligación moral de formarnos con el prelado de Vic. Se trata de una educación intelectual, pero que se dirige a construir moralmente a la persona. En su última pastoral, La ciencia del sufrir, recordaba que el objeto del cristianismo era hacer hombres virtuosos y no intelectuales. Por esta razón, siendo conveniente a la vez que indispensable, leer y releer La tradición catalana, tenemos que recorrer a menudo a sus pastorales y exhortaciones episcopales. Han ultrapasado el marco de su tiempo y de su espacio. Sólo podemos apenarnos de que no se hayan traducido a otras lenguas -salvo la edición castellana que promovió, en vida del autor, el cardenal Vives y Tutó– lo que habría universalizado su obra. En todo caso, de su pluma salieron autorizadas y inspiradísimas lecciones que abarcan toda la vida eclesial, la cual obviamente incluye la comunidad política. Vida o espíritu que refleja el pulso del ejercicio de las virtudes teologales que los cristianos reciben infundidas por el bautismo. Una Iglesia, además, que como él enseñaba en la primera pastoral de ingreso al obispado de Vic, De la Ciudad de Dios y del Evangelio de la Paz, es el mundo o la sociedad sobrenaturalizada. Presupone, por lo tanto, el orden natural, la misma vida social y política, pero que se proyecta hacia la Patria celestial.
Desde una afectividad concordada con los latidos de la Iglesia, en Torras i Bages encontramos una sintonía ajustada en las directrices de los Vicarios de Cristo, concretamente los papas que coincidieron temporalmente con su existencia: beato Pío IX, León XIII, San Pío X y Benedicto XV. Fue un fiel altavoz en nuestra casa. Rehuyendo modernismos pedantes, el Dr. Torras acudía a las fuentes de la filosofía y teología perenne, primero a Santo Tomás, pero también a las nuevas corrientes teológicas de la vida espiritual, como son ahora las devociones al Sagrado Corazón o a San José. Véase sino su afinidad con el pensamiento del jesuita francés Henri Ramière.

Esto permitió que Torras i Bages desarrollara un instinto eclesial muy maduro, de gran finura, por el cual indagaba profundamente las diversas situaciones y dificultades con las que se topó a lo largo de su sacerdocio. Era capaz de ofrecer orientaciones muy congruentes a las necesidades sociales que le eran contemporáneas. Buena parte de sus juicios, a pesar de los tiempos, son muy actuales y su ejemplo personal nos es un estímulo para guiar las propias actitudes.

Por lo tanto, ¿qué nos dice la memoria y la tradición torrasiana? ¿Ha sido superada, digámoslo así, a la luz del progreso de los tiempos o, particularmente, en la esfera eclesiástica del Concilio Vaticano II? De ninguna manera. La pastoralidad del obispo Torras i Bages tiene que ser vindicada por todos. Su maestría es patrimonio de la Iglesia entera y, por lo tanto, de todos los cristianos que quieren sentir con ella. El obispo de Vic es un hombre que une y no divide. Es uno de los nuestros. Obviamente, un hombre de tantos matices se presta a plurales interpretaciones, algunas divergentes y otras complementarias. Esto, sin embargo, no debería ser un problema. Es desde el corazón de su pensamiento, fruto de un mismo bautismo y empujado por el mismo Espíritu, donde lo podemos seguir. Por eso, quiero reclamar el sueño de Torras i Bages, especialmente en cuanto a Cataluña. Este año, cuando nuestros campanarios enmudecen para no despertarnos de nuestros sueños, el Dr. Torras resuena sin complejos. Clama, ne cesses. En una sociedad apóstata en tantas facetas, la invocación de una Cataluña cristiana adquiere un nuevo valor, que supone a la vez una enorme responsabilidad para los cristianos de Cataluña: ser testigos fieles y esperanzados; sembradores conscientes del honor y del coste que esto implica – el martirio de cada día.

La nueva evangelización de la patria terrenal debe arrancar de un juicio realista del estado de decadencia de nuestras instituciones políticas y sociales, en particular, de la familia. Esta desvalorización aun así no puede caer en un pesimismo deprimente. Al contrario, el providencialismo de Torras i Bages (la capacidad de juzgar la historia desde la fe) está pleno de optimismo, porque la gracia que se nos da se renueva constantemente. De aquí la necesidad de mantener una plegaria confiada. Está claro que este ideal, para no caer en voluntarismos estériles, ha de reconocer que todos, nosotros los primeros, estamos necesitados de la misericordia divina. Solo Cristo nos redimió a la Cruz, y esta Cruz tiene que continuar presidiendo Cataluña. Y cuando menos, conscientemente, a nosotros.

Política y sociológicamente, los cristianos actualmente hemos sido irrelevantes. Nos han reducido a unas catacumbas existenciales y, lo que es peor, en gran medida, hemos bajado nosotros mismos, en lo que ha sido una claudicación anticipada y vergonzosa. La lucha por las ideas y por la cultura, en nuestra casa, ni siquiera la hemos planteado. El combate por los valores no negociables -que compendió Benedicto XVI (respeto y defensa de la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural; la familia fundamentada en el matrimonio entre el hombre y la mujer; libertad educativa para los hijos y promoción del bien común) Torras i Bages lo llevó a cabo decidida y sabiamente, ante el reto de una modernidad que pretendía diseñar una sociedad sin Dios. He aquí la urgencia de recrear una cultura cristiana en Cataluña, pero que no se podrá procurar sin tener ámbitos familiares o sociales –también educativos- donde se respire una atmósfera cristiana. No queramos recluirnos en un gueto, pero sí que hay que preservar espacios de aire limpio. Que el Decálogo presida nuestras relaciones. Es decir, conseguir una vivencia efectiva de nuestra filiación divina y de una fraterna comunión en la caridad, de investigación y defensa de la verdad y de la belleza, porque con más vigor e ilusión podamos salir en nombre de Cristo a las periferias existenciales de nuestros hermanos.

El obispo-maestro basaba toda su pastoral apostólica en una evangelización “tradicional” del pueblo cristiano, movido por un celo por las almas, que se traducía al hacerse cercano, por ejemplo, a través de las visitas pastorales. Siempre, él insistía en la necesidad de promover una vida basada en las fuentes ordinarias de la gracia: los sacramentos, la predicación y la plegaria, concretamente expresada en el Santo Rosario. De esta fuente brotó una genuina tradición. Una tradición torrasiana de santidad, que resplandeció en nuestros mártires de la Guerra Civil –nuestras glorias- pero también en maravillas como la persona del beato Pere Tarrés. Un patrimonio que, a pesar de las apariencias, todavía no se ha roto.

Vistas estas consideraciones, no podríamos acabar sin un último apunte dedicado al catalanismo o regionalismo debidamente practicado de Torras i Bages, tal y como lo presenta en La tradición catalana. Creo que este año tampoco ha perdido su actualidad y empieza nuevas perspectivas para conciliar las inquietudes hodiernas.

La Tradició CatalanaLa filosofía política del regionalismo de nuestro obispo se erige en una doctrina moral dimanante del cuarto mandamiento: una expresión del patriotismo o de amor social, que él denominaba caridad de patria. El Dr. Torras asumía la concepción clásica de la política aristotélico-tomista, pero no olvidásemos que también quedaba marcado por ciertas categorías románticas ambientales –no necesariamente de origen tradicional- que impregnaban la cultura oficial del momento. En todo caso, la patria o región, en su pensamiento representaba como tierra de los padres, una concreción de la comunidad política (la civitas). A su vez, Torras i Bages impugnaba ferozmente los presupuestos del Estado moderno, obra del despotismo centralista y del parlamentarismo liberal, cada vez más orientados hacia el socialismo totalitario y opresor de la libertad, todo disfrazado de democratismo (el Estado de los hegelianos). De aquí que Torras i Bages rechazara igualmente el regionalismo inspirado en los mismos principios liberales o utilitarios sobre los que reponía el centralismo: lo que él denomina regionalismo revolucionario.

Pues bien, para el regionalismo torrasiano, siendo la patria regional una federación de familias –y una familia enraizada preferiblemente en una casa- esta realidad inmediatamente perceptible representa nuestra madre social, causa de nuestro ser. Por eso la reconstrucción de la patria, singularmente la catalana, tiene que partir de la regeneración de la familia y de las costumbres públicas. Y es que las costumbres catalanas –sobre las que se apoyaba el derecho catalán- eran costumbres cristianas. Históricamente, la práctica política del pactismo había sido posible gracias a que los representantes de los estamentos sociales reconocían la objetividad de unos fundamentos religiosos y principios morales de unidad social (el derecho natural, en realidad, que se positivizaba en el ius commune europeo), lo que les permitía aunar los diferentes intereses en juego, a menudo contrapuestos. Cristo, Nuestro Señor, era el que unificaba y armonizaba la variedad social. Este, para nuestro autor, tiene que ser el espíritu del pueblo, que dinamiza y orienta la propia vida social, asegurando la cohesión y la unidad de pensamiento en las cuestiones fundamentales. Espíritu identificado por Torras i Bages con la tradición cristiana de Cataluña. Por esta razón, ante el riesgo de que el espíritu catalán perdiera su carácter cristiano, que lo degeneraría y crearía una Cataluña de papel –una transubstanciación de la patria- Torras i Bages sentía la necesidad de educar el espíritu de la patria en la fidelidad a la obra de Dios. Cristo, restaurador de la naturaleza, es el corazón de la nación catalana, llega a decir. Hay que guardar, por lo tanto, nuestra tradición auténticamente cristiana y catalana. El Dr. Torras es, indudablemente, un catalanista por el cristianismo (y no a la inversa).

La práctica del regionalismo, el gobierno del país por el país, al fin y al cabo, es una plasmación del derecho y deber de la participación de todo el pueblo en la cosa pública. En cualquier caso, la doctrina política del Dr. Torras renunciaba a apostar por una forma política determinada, lo que, de hecho, le distanciaba de la propia tradición política monárquica más inmediata (encarnada en el carlismo tan arraigado en Cataluña). Pero tampoco encontraremos en él una afirmación de la soberanía nacional. Su regionalismo –una vindicación de la identidad catalana- no implicaba ningún reconocimiento del principio de las nacionalidades o de una autodeterminación voluntarista, que menospreciara o deshiciera la vinculación con el resto de la comunidad política española. No hay separatismo en Torras i Bages. Y es que la libertad para él es un medio y no un fin indeterminado. Al contrario, el regionalismo torrasiano se basa en la unidad verdadera y no artificiosa o forzada. Se entiende entonces el sentido profundo de su admirable definición de España como conjunto de pueblos unidos por la Providencia.

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