Un mal que desangra a la Iglesia

Cada vez más nos enfrentamos a la marginación de la tradición cristiana Cada vez más nos enfrentamos a la marginación de la tradición cristiana

Uno de los males mayores que desangra a la Iglesia es la marginación de lo que MacIntyre llama acuerdos fundamentales de una tradición, que se expresan en las virtudes que se reconocen en ella y que proporcionan bienes internos

Como explica Margarita Mauri en “Conocimiento, Vida y Virtud Moral”, los acuerdos fundamentales constituyen la esencia que define una tradición ante otras tradiciones, que rivalizan cuando se trata de explicar el sentido de la vida humana. Estos acuerdos fundamentales van siendo elaborados a lo largo del tiempo por los integrantes de la tradición, ya sea porque, internamente, son sometidos a crítica y a redefinición. Sentirse dentro de una tradición quiere decir aceptar los acuerdos fundamentales que la identifican, sin que esto tenga que entenderse como una aceptación ciega e indiscutible de estos acuerdos. Ahora bien, los que se reclaman herederos e integrantes de una tradición han de compartir algún techo de referencia común que, a pesar de sus discrepancias, les permita sentirse dentro de la misma tradición. Si la discrepancia de un miembro afecta a los acuerdos fundamentales, se pone en entredicho su pertenencia a la tradición, por cuanto se cuestiona lo que constituye la identidad de la tradición.

Mauri explica que hay una virtud del yo, según MacIntyre, por la que una persona tiene un sentido adecuado de la tradición a la que pertenece y de las tradiciones a las que se enfrenta. La tradición ofrece el contexto necesario para que el individuo entienda de dónde deriva su identidad y dónde encajan las aspiraciones morales de su vida. Las virtudes que hacen posible el reconocimiento y logro de los bienes internos a las prácticas, y sostienen la búsqueda del bien en la vida humana, son las que también mantienen la tradición. El ejercicio de las virtudes fortalece la tradición de la misma manera que su ausencia la debilita y la destruye.

Virtud y bienes internos

Unas palabras para centrar la idea de virtud (MacIntyre “Tras la virtud”). Una virtud es una cualidad humana adquirida cuya posesión y ejercicio tiende a hacemos capaces de lograr aquellos bienes que son internos a las prácticas y cuya carencia nos impide efectivamente el lograr cualquiera de tales bienes”

Y aquí, otra pausa para situar el concepto necesario de bienes internos:

Son aquellos que poseen valor en sí mismos, un valor intrínseco, debido a su excelencia y están relacionados directamente con los fines que perseguimos. La salud es un bien interno, pero no el dinero, (que forma parte de lo que MacIntyre define como bienes externos, cuya característica es que solo poseen valor de cambio)

Cuando una tradición, la fe católica en este caso, ve disipados sus acuerdos fundamentales, cuando la tradición no es capaz de trasmitirlos sin desvirtuarlos, o lo hace solo en parte, entonces quedan solo actos aislados, rituales, frases, que desconectados del corpus que les aportaba sentido, acaban por perderlo, quedando reducidos al final a meras decoraciones de lo secular. Esto sucede cuando por ejemplo se sustituye la enseñanza de la fe por valores seculares, pero también cuando la fe es básicamente un conjunto de ritos, cuyo cumplimiento no es tanto un camino de perfección en Jesucristo, como una rutina, un estilo de vida externo o una especie de superstición, que se hace para que la vida no te castigue, pero que no implica compromiso hacia los demás.

Cuando se diluye la fe en Jesucristo en unos valores seculares, el resultado es doblemente pobre. No hay opción a que conozcan la fe, y los valores seculares por sí mismos guían muy poco en un marco de razón instrumental, como el de nuestra sociedad. Enseñar que hay que ser bueno (¿pero qué es el bien, y que se requiere para realizarlo?), decir la verdad (¿en qué consiste la verdad y como se reconoce?), ser solidario (algo imposible si previamente no hay justicia; Soros, el especulador, es “solidario” y a la vez brutalmente injusto), todo este tipo de cosas enseñadas sin más, como abstractos universales, sirven de poco, y disuelven el testimonio cristiano.
Pero hay otro tipo de enseñanza muy distinta que también disuelve la fe por otra vía: En este caso sé hay una fuerte educación religiosa, una abundancia de prácticas rituales, basadas en el más total individualismo. Comulgan pero que no tienen nada claro el significado de la comunión con relación a la comunidad de fe. Creen en la Comunión de los Santos, pero no entienden que conlleva una comunión con sus hermanos, de ahora, del pasado y del futuro; es decir, que piensan que la salvación es un acto individual, sin deberes colectivos más allá de las cuatro paredes de su grupo, de su institución, de su parroquia.

Estos otros cristianos también adolecen de carencias importantes. No conocen bien los fundamentos del cristianismo, porque los confunden con el ritual y el seguimiento del grupo, ignoran la doctrina social de la Iglesia, y niegan con su práctica, toda necesidad de ser sal en el mundo, levadura de la masa. De la minoría creativa de Benedicto XVI solo retienen, con la primera parte, lo de ser minoría. Desprecian toda obligación de actuar en la vida pública y rechazan de plano la política. Son incapaces de comprometerse con otros hermanos para conseguir una presencia cristiana en la vida pública; es más, lo consideran innecesario. Prescinden del hecho de que en nuestra sociedad las leyes se han convertido en dictados morales; el bien es lo que es legal. Al abandonar las instituciones permiten la exclusión de toda influencia cristiana en las normas que regulan la convivencia.

Piensan también que lo importante es ser bueno, y esta es una coincidencia con aquellos otros aplicados a la ausencia del testimonio cristiano, sustituido por valores seculares. Al pensar y actuar en estos términos, reducen el hecho único, excepcional, de Jesucristo a una cuestión prescindible, porque Él, su vida, palabra, sacrificio, muerte y resurrección, no son necesarios si de lo que se trata es de ser “bueno”; es decir, lo que en un momento determinado la sociedad conviene en qué es lo bueno. Y eso es tremendo, porque sin Jesucristo como acto necesario, ¿qué queda del cristianismo? ¿Qué sentido excepcional posee la Revelación, la Encarnación? Ya no es un momento único que marca la historia humana, porque de lo único que se trata es de procurar, individualmente además, sin compromiso colectivo, “la bondad” sin revelación. Y esto, todo esto, también desangra a la Iglesia.

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3 Comments

  1. 1

    No es solo que mucha gentes de parroquias despues sean incapaces de defender sus posiciones ideológicas mas alla de las paredes de su iglesia, la auténtica hipocresia la protagonizan algunos políticos como pasa en Tordera. En Tordera tanto el alcade el primer vicealcalde cuando llega semana santa no dudan en salir por el pueblo tras el santo sepulcro a mi juicio queriendo dar apariencia de que algo tienen de cristianos de cara a sus vecinos cuando se sabe bajo luz y taquígrafos que en la única mocion referente al tema del aborto que se ha planteado en Tordera estos dos políticos votaron a favor del aborto libre de los nasciturus y en contra de la reforma Gallardon. El cinismo y la falsedad de muchos políticos no tiene límites y es autenticamente obscena.

  2. 2

    Hay muchos males que desangran a la Iglesia. Algunos internos y otros externos. Con relación a la virtud no habría diferencias. Es decir, se es virtuoso o no, Lo interno y lo externo aquí se fusionan. No se puede ser virtuoso en la vida privada y eludir o no vivir o no defender la virtud en la vida pública. Lo concreto es que nuestra fe se apoya en tres pilares: las Dagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Si alguno de estos pilares se desvirtúan, ocurrirá lo mismo con los demás . Quizás sea la Tradición el aspecto más problemático de los tres, ya sea por desconocimiento o por un mero afán de “estar a la moda”. Por ejemplo, es el caso de la Patrística, que presenta una riqueza insondable para el hombre de hoy y, no obstante, suele relegársela hasta prácticamente subestimarla. En la medida que el pueblo de Dios vaya separándose de la verdadera Tradición y sus virtudes en pos del pragamtismo relativista y global, se pierde la identidad y las raíces cristianas, Lo mismo ocurre con los otros dos pilares de nuestra fe.

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