“¡Tú puedes! ¡Ten fe!”

Podemos andar sobre el agua! si somos capaces de creérnoslo Podemos andar sobre el agua! si somos capaces de creérnoslo

“¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31). Es lo que el Señor le dice a Pedro (cabeza de los Doce) cuando este, por haber desconfiado de Él, la Palabra con mayúscula, se hunde en el lago. Es especialmente sorprendente que dude después de haber conseguido en verdad andar sobre el agua, como dice el Evangelio dos versículos antes. Y es que es así. Tenemos que creer que es así. ¡Podemos andar sobre el agua! Podemos hacer muchas cosas, ¡maravillas!… si somos capaces de creérnoslo, de hacer caso a la Palabra, siguiéndola. Eso sí, siguiéndola; es decir, cumpliendo su mandato, que eso son los mandamientos y el Evangelio entero. “Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: Quítate de ahí y échate al mar, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá” (Mc 11,22-23). A continuación da dos condiciones: creer con antelación que ya hemos recibido lo que rogamos y pedimos (v.24) y perdonar al prójimo antes de rogar y pedir (v.25). Lo dice también la Palabra, el Señor: “Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible” (Mt 17,20). Es una aseveración que nos hace a todos después de haber curado a un endemoniado epiléptico que los apóstoles no han podido curar. Y tres versículos antes, dice: “¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?” (Mt 17,17; Lc 9,41). Esta reacción nos indica la gravedad de no tener fe para hacer milagros. Debía de ser un demonio especialmente malo, para cuya expulsión se precisaba una pureza inmaculada, teniendo en cuenta que ya Jesús había dado a los apóstoles poder para echar demonios (Lc 9,1). Y más aun teniendo en cuenta que los setenta y dos discípulos enviados más adelante son capaces en verdad de expulsar demonios (“¡Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”, Lc 10,17).

Así que no tengamos miedo de convertirnos del pecado, por grande y enmarañado que esté; no nos avergoncemos de rectificar incluso públicamente; no temamos “perder” otras “oportunidades” que nos ofrece el mundo a cambio de dejar de cumplir nuestro deber: la verdadera oportunidad es la fiel conversión, y luego todo se andará tarde o temprano, de acuerdo con los planes del Padre. Siendo Él el Creador, sus planes son por lógica el mejor camino a seguir, La Luz que nos guía hacia la Patria eterna, donde la Paz y el Amor lo serán todo junto con la Verdad, y descansaremos en el seno de tan gran Padre, arropados por sus brazos paternales. Es palabra de Dios. “¡Tú puedes! ¡Ten fe!”.

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