El turismo y la cultura del encuentro

Lo razonable (y lo más enriquecedor humanamente) es pasar por los sitios como un aventurero de los mejores tiempos: no consumiendo un producto, si no consumando un fruto de la vida humana. No sólo recibiendo servicios, si no haciendo amigos entre quienes nos acogen.

Turismo

Hace pocos días se celebró, como cada año, la Jornada Mundial del Turismo. La organización mundial del turismo (OMT) ha convocado este año la jornada bajo el lema “El turismo sostenible como instrumento de desarrollo”. Hay que tener en cuenta que 2017 ha sido elegido por la ONU como “Año internacional del turismo sostenible para el desarrollo”.

En 1987, la ONU introducía el concepto de desarrollo sostenible como aquel “que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”. Dando trascendencia a estos conceptos a la luz del Evangelio, el mensaje la Iglesia al respecto (emitido por el nuevo “Dicasterio para el Servicio al Desarrollo Humano integral”) dice que “El ser humano no actúa, por tanto, como dueño, sino como “administrador responsable”. Al reconocernos como hermanos, comprenderemos “el principio de gratuidad y la lógica del don”, y nuestros deberes de solidaridad, justicia y caridad universal”.

Por otra parte, debemos recordar la importancia del turismo para la paz. En el año 2001 la jornada se celebró, dentro del año para el diálogo entre las civilizaciones, bajo el lema “El turismo: instrumento al servicio de la paz y del diálogo entre las civilizaciones”. Con ocasión del mismo, San Juan Pablo II dijo que “en algunos lugares, sin embargo, el turismo de masa ha producido una forma de subcultura que degrada tanto al turista como a la comunidad que lo acoge: se tiende a instrumentalizar, con fines comerciales, los vestigios de “civilizaciones primitivas” y los “ritos de iniciación que aún perduran” en algunas sociedades tradicionales…”exotismo superficial”… que llega a veces a aberraciones humillantes como la explotación de mujeres y niños en un comercio sexual sin escrúpulos, que constituye un escándalo intolerable. Es preciso hacer todo lo posible para que el turismo no llegue a ser, en ningún caso, una forma moderna de explotación, sino que sea la ocasión de un útil intercambio de experiencias y de un diálogo fructífero entre distintas civilizaciones”.

El Papa Francisco, ha denunciado “por activa y por pasiva” (que diría García) la “cultura del descarte” propia del consumismo. Esta cultura tiene su aplicación en el turismo: se toma de una persona o de un lugar que se visita, lo que se quiere, y se descarta lo demás. Frente a esa actitud, el Papa propone “la cultura del encuentro”, la cual en el turismo sería procurar el encuentro verdadero entre visitantes y visitados, evitando el descarte de unos por otros. Encuentro que podríamos definir con López Quintás “entreveramiento de dos realidades que se enriquecen mutuamente”. Quien visita un lugar, no consume un servicio, sino que consuma una actividad humana llamada a la plenitud.

El pasado verano, comentando estos aspectos con un ávido estudiante por las riberas de la ría de Pontevedra, le comenté lo lamentable que me parecía el modo de viajar de hoy: sólo importa un lugar mientras allí ocurre el evento de masas. Luego, si te he visto, no me acuerdo ni me importa. Me dijo que tenía razón, pero objetó: la gente pasa sin desarrollar vínculos, si, pero ¿por qué habrían de desarrollarlos? La pregunta es comprensible si valoramos que todo invita únicamente al consumo, y si solo miramos al plano contingente (satisfacer deseos, procurar beneficios, etc.). Pero si nos planteamos el plano trascendente, resulta que todos somos hijos de un mismo Dios, y hay un deber de amor mutuo. A luz de esa filiación y esa fraternidad lo razonable (y lo más enriquecedor humanamente) es pasar por los sitios como un aventurero de los mejores tiempos: no consumiendo un producto, si no consumando un fruto de la vida humana. No sólo recibiendo servicios, si no haciendo amigos entre quienes nos acogen.

El turismo es hoy una actividad que ocupa una parte muy importante en el obrar humano. La cultura del encuentro se ha de sembrar también en el turismo. Los cristianos podemos viajar cultivando ese encuentro por doquiera. En el mensaje vaticano mencionado se propone la “lógica del don, la gratuidad y la solidaridad en nuestra participación en el turismo”. Al respecto del don, dejó enseñado Papa Benedicto que “cuando la lógica del mercado y la lógica del Estado se ponen de acuerdo para mantener el monopolio de sus respectivos ámbitos de influencia, se debilita a la larga la solidaridad en las relaciones entre los ciudadanos” (Caritas in veritate, 39). Para recuperar estas, hace falta una lógica del don: “el mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco” (Loc. Cit). Un turismo pleno, de encuentro, y no destructivo o de descarte, requiere, además de la acción de las administraciones o los servicios, una actitud abierta, acogedora y dispuesta a compartir, por parte de visitantes y visitados.

Repasando estos aspectos del magisterio de los últimos Papas, podemos celebrar la Jornada Mundial del Turismo proponiendo un cauce de sostenibilidad para el desarrollo (que pide la OMT en el lema de la Jornada) bien claro: un turismo en la cultura del encuentro.

 

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